Claro que todo eso no lo imaginaba aún el niño de nueve años que, sin razón precisa, decidió tocar la trompeta y abrir, entonces, un camino que sería definitivo. Aun sin familiares que se dedicaran al quehacer musical, pero influenciado por la melomanía de un abuelo que disfrutaba de la clásica y el jazz por igual, amplió pronto el horizonte y descubrió las posibilidades de los andamiajes armónicos, de las bases rítmicas, del mundo infinito que encierra el piano, al que, también, comenzó a estudiar. Trompeta y piano fueron entonces los ejes de su formación en el Conservatorio San Martín, en la provincia de Buenos Aires, donde tuvo sus primeras participaciones orquestales. El siguiente paso fue iniciar su formación en dirección.
“Era muy, muy joven, tenía 18 años. Y empecé a hacer mis primeras experiencias dirigiendo orquestas juveniles. Así empecé a profesionalizarme, siempre fue mi vocación. Aunque queda un poco romántico decirlo, digamos que era la razón de mi existencia, lo que me impulsó a que se convirtiera también en mi profesión”, sintetiza Mas, que a lo largo de su intenso recorrido artístico se formó en dirección orquestal con Guillermo Zalcman y en dirección coral con Carlos Vilo. Además, amplió sus estudios junto a Pedro Ignacio Calderón, Glenn Block, Yoav Talmi, Thüring Bräm, Arturo Diemecke, Jooyong Ahn, Anton Soler Biljensky, Mónica Cosachov, Fernando Ciancio y Costanza Davil, entre otras maestras y maestros. En 2013 fue noticia al asumir la dirección de la orquesta de Tres de Febrero, con menos de 30 años. El título de prodigio estaba apuntado.
¿Qué te lleva a la dirección orquestal? Porque también era posible el camino como intérprete, ya fuera en trompeta o piano.
Un poco tiene que ver con las cualidades que tienen esos dos instrumentos que yo ejecutaba. La trompeta siempre está presente en el mundo orquestal, que me encantaba, y el piano lo que tiene es esa cuestión de autosuficiencia, de poder hacer un discurso completo: es posible hacer una melodía y un acompañamiento, una armonía. El piano puede valerse por sí mismo, como una orquesta, que es una cosa global. Pero fue decisiva la experiencia de vivir la orquesta de adentro, tocando la trompeta. Con 24 años entré como músico interino a la Filarmónica de Buenos Aires. Me encantaba formar parte de la orquesta. Porque a la vez la orquesta no sólo es una orquesta, sino que está presente todo el mundo que implica estar inmerso en un colectivo tan grande. Siempre es una experiencia muy particular, muy difícil de describir. Después de un tiempo, por diferentes circunstancias no continué allí, además ya estaba dirigiendo una orquesta pequeña en Buenos Aires. Y luego me nombraron director de la orquesta de Mar del Plata. A partir de entonces mi vida volcó, pasé de estar tocando a dedicarme a dirigir. Porque siempre fue como un ida y vuelta. Eso sí, el piano siempre fue una constante. En este momento soy director y toco mucho el piano. Son mis ramas principales, quizás la trompeta en este momento está un poco más relegada porque, bueno, el tiempo y la energía son limitadas. Y cuanto más pasa el tiempo la energía es más limitada.
Generalmente es posible hablar de la voz de un compositor o de un intérprete. Pero los directores también tienen una voz propia.
Hay que moldear un sonido. Por ejemplo, en mi cabeza tengo un sonido de violín y por más que tenga tres violines siempre voy a querer sacar el mismo sonido que tengo en la cabeza. Cuando dirijo, ya sea acá en Rosario, en otra orquesta en el país, o donde sea, tengo mi idea de sonido. Entonces es un instrumento que uno moldea hacia una idea.
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Celina Mutti Lovera / La Capital
El tema es que esa voz ya no requiere puramente de tu dedicación, tiempo y concentración, sino múltiples tiempos y concentraciones, de múltiples personas. ¿Cómo se lleva eso adelante?
Es interesante, ese es el trabajo: concertar. Somos todos músicos, entonces tenemos nuestra música aprendida, pero hay que aunar, hay que hacer de cada voz individual una sola voz colectiva. Ese es el trabajo de la orquesta. Por eso también son tan potentes las obras escritas para orquesta. Y el mensaje, más allá de las notas que dejaron los grandes compositores, los grandes sinfonistas. Por eso cuando alguien va a ver un concierto de una orquesta nunca puede quedar indiferente, porque es muy contundente. Y, a la vez, hay una subjetividad muy grande. O sea, el mensaje es unívoco, pero a la vez a cada persona que escucha una obra de orquesta ejecutada en vivo (y esto es muy importante, porque hay que ir a escuchar una orquesta en vivo, hay que ir a los conciertos) la afecta de diferente manera, pero nadie queda indiferente. Esa es la misión que tenemos como músicos, porque somos servidores públicos. Todas las cuestiones que hacen al desarrollo humano son importantes, ya sea la educación, la salud y la cultura también, porque la cultura hace al desarrollo intelectual, al crecimiento de una población, al desenvolvimiento social.
Lo que referís respecto a la cultura es central. Es algo que vas transitando en tu paso por organismos públicos.
Los organismos públicos tienen esta labor, es fundamental como responsabilidad del Estado sostenerlo, como lo hace, para el desarrollo de la sociedad. Porque a veces está un poco el estigma de que quizás la música es una cuestión elevada, para elegidos o entendidos, para una élite básicamente. Y es todo lo contrario: todos los compositores le escribieron a la humanidad, al amor, a la naturaleza. Son los conceptos que tenemos ahora con los conciertos didácticos: lo que estamos haciendo es un poco la interrelación entre la naturaleza, el medioambiente y la música como una cuestión de concientización. Tenemos que cuidar el lugar donde vivimos, cuidarnos y cultivarnos. Si somos más amplios, eso repercute en todo. Una sociedad más desarrollada va a cuidar mejor del lugar donde vive, y también de la sociedad en sí misma, del tejido social.
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Celina Mutti Lovera / La Capital
Correrse del concepto de élite se amplía con esta idea de que la orquesta tiene algo para decir. Incluso a través de obras que en muchos casos no tienen una lírica, que es la que bajaría un mensaje. Eso es algo que se construye y es, también, tu voz como director y la voz del organismo.
Claro, en los casos de las obras que tienen la voz humana como protagonista, donde hay una letra o una poesía, el mensaje es superclaro. Pero toda la música tiene una dramaturgia. Justamente nuestra labor es resaltar esa dramaturgia, que es lo que está atrás de las notas, más allá de una partitura y de lo que suena. Somos herramientas para transmitir aquello que alguien compuso. Nosotros somos como médiums entre el compositor, que escribió algo, y la gente, que tiene que recibir esas obras.
Y en estos casos, buscando devolverle el carácter popular, que se fue perdiendo.
Totalmente. La Sinfónica tiene todos los años su ciclo de ópera. La ópera en Italia siempre fue algo popular, hasta el pueblo más chiquito tenía su teatro. Era el momento de la vida en sociedad, de juntarse, de compartir. Eso vino con la inmigración a nuestro país, en Santa Fe, en la provincia de Buenos Aires, todas las localidades tienen su teatro. Eso no es casualidad. Pero se fue perdiendo, porque esa gente se fue muriendo, no se fueron transmitiendo esas tradiciones. Después podemos pensar en los medios de comunicación, en el etiquetamiento, en que hay una tinellización, todo barato, fácil, como anestesia. No digo que veamos todo el tiempo programas sobre historia del arte, pero se baja tanto el nivel de lo que se ve y de lo que se escucha en los medios de comunicación... Después pareciera que los periodistas no tuviesen formación, no saben a quién van a entrevistar. Es una cuestión de formación. Por eso todo el concepto de los didácticos: tenemos que formar a la generación que en 10 o 20 años van a ser adultos. Y también dejar un mensaje, como en este caso sobre el cuidado del medioambiente, más allá de aprender sobre la orquesta, sobre los instrumentos, sobre los compositores. Y escuchar música, porque seguramente la mayoría de los chicos nunca escucharon una orquesta en vivo. No está perdido, hay que apoyar todas estas cuestiones, por eso es tan importante que el Estado apoye, que siga apoyando, más que nada en este momento, donde todo está temblando. En este momento de conmoción hay que apoyar la labor de los servidores públicos de la cultura, de los músicos, de los actores, de todos, porque son bienes intangibles, necesarios para el desarrollo social. Tengo una experiencia muy interesante en ese sentido. Formé parte de lo que fue la primera camada de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil del Bicentenario, que a partir de 2003 sostuvo el Ministerio de Educación de la Nación, y que conformábamos chicos de todo el país. Nos juntábamos en una ciudad y hacíamos una gira por cada región. Ese año hubo cinco encuentros: con una orquesta de cien personas visitamos todas las capitales del país, donde chicos de todo el país escucharon música que podríamos tildar de difícil. Ese es un prejuicio que se puede romper, también, si ves cómo miran y escuchan los chicos que vienen a los conciertos didácticos. Que tienen la cuestión de la inmediatez, la pantalla. O son chicos en la edad de la adolescencia, enfervorizados, pero que se quedan escuchando música difícil, con toda la luz apagada, a oscuras. Y siempre algo les queda.
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Celina Mutti Lovera / La Capital
El interior provincial, uno de los objetivos
A pocos meses de haber asumido la dirección titular de la Orquesta Sinfónica Provincial de Rosario, Javier Mas tiene en claro algunos objetivos: “Cada director tiene un perfil con respecto al repertorio. Mi intención del año que viene es empezar a programar un repertorio de otra manera. Tiene que ver con mi impronta, como es lo lógico, como lo hizo antes que yo el maestro David del Pino Klinge. Que es algo fantástico, porque justamente se logra una variedad. Luego como primera tarea me gustaría también empezar a sacar a la orquesta y a sumar también algún ciclo. Nosotros tenemos la ópera, los conciertos y tengo en plan un ciclo más. Y quizás interactuar más con las localidades del interior de la provincia, porque este año sólo fuimos a Puerto San Martín. Me parece que es sano”.