Como una fruta madura, la renuncia de Manuel Adorni cayó por su propio peso. Después de casi cuatro meses de escándalo, el fanático de los videojuegos ya no podía seguir siendo vocero, y mucho menos jefe de Gabinete. Game over.

La partida del jefe de Gabinete abre una nueva etapa para el proyecto Milei. Cambio de estilo, foco en la economía y una gestión que empieza a perfilar un macrismo sin Macri
Por Mariano D'Arrigo
La salida de Manuel Adorni sube las acciones de Diego Santilli para ser el nuevo jefe de Gabinete, un movimiento que va más allá de un cambio de nombres.
Como una fruta madura, la renuncia de Manuel Adorni cayó por su propio peso. Después de casi cuatro meses de escándalo, el fanático de los videojuegos ya no podía seguir siendo vocero, y mucho menos jefe de Gabinete. Game over.
Hace tiempo que Adorni era un activo tóxico para Javier Milei. Le hizo más daño al gobierno que buena parte de la oposición. Sobre todo porque erosionó una de las principales banderas con las que Milei llegó al poder: la promesa de que representaba algo distinto de la política tradicional.
La revolución del hombre común terminó manchada por una camada de arribistas que quiso hacer demasiado rápido —y mal— aquello que los profesionales de la política suelen aprender con los años: administrar poder, negocios y ambiciones sin dejar huellas demasiado visibles.
El caso dejó además una pregunta incómoda que todavía sobrevuela la Casa Rosada. ¿Por qué Milei lo protegió durante tanto tiempo? ¿Porque entregarlo alteraba el delicado equilibrio interno del poder? ¿Porque una caída prematura del ministro coordinador generaba un efecto dominó hacia una crisis mayor? ¿O porque Adorni sabía demasiado?
Lo cierto es que algo cambió cuando el propio Milei admitió esta semana que podía desplazarlo. Ese reconocimiento terminó de consumir el poco crédito político que le quedaba a quien las primeras juventudes libertarias conocían como “el profe Adorni”. Desde ese momento, el ahora exjefe de Gabinete dejó de ser un ministro respaldado para transformarse en un funcionario esperando la fecha de salida. Como un yogur solitario en la góndola.
Su permanencia ya no sólo implicaba un problema de credibilidad personal, algo ya grave para quien era la voz autorizada del presidente y el responsable de la administración. También se había convertido en un cepo político para el gobierno.
Durante meses, la agenda legislativa quedó condicionada por un caso judicial que obligaba a los aliados a defender lo indefendible. Cada sesión en el Congreso terminaba hablando más de Adorni que de las leyes del Ejecutivo.
Hasta ahora, Milei había vuelto a ganar con una estrategia que conoce mejor que nadie: el juego del gallina. Milei acelera y espera que el otro se corra. Buena parte de la oposición evitó empujar la caída de Adorni porque no quería aparecer votando junto al kirchnerismo. Esta semana, la jugada volvió a funcionar. Pero nada garantizaba lo hiciera para siempre.
El gobierno sí consiguió la media sanción para el Súper Rigi. Fue una señal importante. Más allá de los errores políticos no forzados de Milei, sigue existiendo una mayoría parlamentaria favorable a una agenda de reformas promercado. Esa coalición continúa viva aunque el presidente llegue golpeado. Se maneja con reglas propias, tanto como las condiciones especiales que muestra el gobierno como carnada para atraer a los gigantes tecnológicos de Silicon Valley.
La salida de Adorni marca algo más profundo que el reemplazo de un funcionario. Marca el final de una etapa del mileísmo. Los incendiarios —e incendiados— dejan paso a los bomberos.
El desembarco de Adrián Ravier en la vocería es una primera señal. Economista, académico e integrante de Fundación Faro, representa un perfil opuesto al que dominó la primera etapa del gobierno. Menos confrontación permanente, menos provocación en redes y más disciplina para sostener un único relato: la economía. La hora pide menos ataque y más defensa.
Con la agenda cultural que ya encontró un techo, la Casa Rosada vuelve a concentrar casi toda su narrativa en la estabilización económica. La tarea ahora será recrear expectativas en momentos en que el veranito financiero empieza a mostrar algunas señales de agotamiento y el dólar vuelve lentamente a ocupar el centro de la escena.
También queda atrás el estilo canchero y sobrador que convirtió a Adorni en uno de los símbolos del primer mileísmo. Ese revanchismo de los humillados —con el que muchos votantes se sintieron representados durante la campaña— empieza a resultar hoy más costoso que rentable para un gobierno que necesita ampliar apoyos y recuperar credibilidad.
El otro movimiento es todavía más significativo. La casi segura llegada de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete marca el ascenso de un dirigente formado en la vieja política al vértice del gobierno libertario. Peronista en sus orígenes, macrista después y larretista más tarde, reúne dos atributos que Milei necesita con urgencia: experiencia en comunicación y entrenamiento para administrar el Estado.
Aparece una situación curiosa. Mientras en el círculo rojo algunos fantasean con un mileísmo sin Milei, el presidente construye un esquema diferente: un macrismo sin Macri.
Patricia Bullrich conduce el bloque oficialista en el Senado. Luis Caputo concentra el manejo económico. Santilli tendría en sus manos buena parte de la botonera del Estado. Son dirigentes formados fuera de La Libertad Avanza que terminan ocupando lugares centrales en un gobierno que nació prometiendo jubilar a toda esa generación política y que tuvo que apelar a su expertise. Lo viejo funciona, Javier.
Eso no significa que el tridente del PRO tenga las manos libres. Milei sigue siendo, en los hechos, un superministro de Economía con poder de veto sobre las principales decisiones. Karina Milei intervino el bloque del Senado y quiere controlarlo vía Lule y Martín Menem. Si es confirmado, tal como creen tanto en La Libertad Avanza como en el mundo PRO, Santilli administrará, pero no tomará decisiones sin consultar.
El movimiento también mantendría la tensa tregua entre las principales facciones libertarias. Ravier aparece más cercano al universo de Caputo. Santilli, en cambio, orbita en el karinismo. Sin embargo, ninguno tiene el veto del campamento rival. Eso ayuda a descomprimir una interna que amenazaba con agravarse.
Paradójicamente, Santiago Caputo —el principal impulsor del Milei outsider y antisistema— terminó siendo el dirigente más pragmático para construir acuerdos políticos. Karina Milei, en cambio, se rodeó de varios herederos del peronismo, aunque mantiene una lógica mucho más purista para administrar el poder.
Con Adorni fuera del tablero, Santilli también tendría margen para reconstruir puentes con gobernadores y aliados parlamentarios. En Santa Fe esperan precisamente eso. Desde hace meses, Maximiliano Pullaro seguía con preocupación el desgaste del entonces jefe de Gabinete porque entendía que debilitaba la autoridad presidencial y repercutía sobre la economía. Si la crisis crecía podía derramar en el territorio.
Santilli tiene línea directa con Pullaro desde hace tiempo. En los últimos meses fue uno de los interlocutores durante la negociación por la deuda previsional y conoce de primera mano las demandas santafesinas. También ayuda que Gisela Scaglia conserve un vínculo aceitado con buena parte del viejo universo PRO, un capital político valioso en esta etapa. “No tienen a nadie mejor”, dicen desde el oficialismo santafesino
La salida de Adorni obliga al peronismo a recalcular. Durante meses, Unión por la Patria apostó a que el funcionario siguiera acumulando desgaste hasta 2027. Ahora pierde un blanco privilegiado mientras continúa atrapado en su propia interna entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof.
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También deja en un lugar incómodo a Macri. Durante meses, el titular del PRO jugó a hablarle al viejo electorado amarillo que acompañó a los libertarios en 2023 y 2025 y está desencantado con los zafarranchos contables de Adorni. A ese público le habla Macri, ya sea para negociar en mejores términos con Milei como para impulsar un Juntos por el Cambio 2.0.
Si el gobierno consigue dejar atrás el caso Adorni y encadena algunos meses de alivio para el bolsillo, el oficialismo puede levantar y el camino para las terceras vías vuelve a convertirse en un desfiladero todavía más estrecho.
Nada de esto significa que el gobierno haya despejado sus problemas. La investigación judicial sobre Adorni seguirá su curso. Pero además, la Corte Suprema de Justicia de la Nación tomó una decisión fuerte al rechazar la apelación del Ejecutivo por el financiamiento universitario. El fallo no sólo compromete el equilibrio fiscal que Milei convirtió en su principal bandera. También rompe una tradición reciente del máximo tribunal de evitar intervenir en decisiones con fuerte impacto político.
Esa decisión excede el caso universitario. También llega a los tribunales inferiores. La Corte acaba de mandarles un mensaje: si encuentran fundamentos jurídicos, no tienen por qué evitar fallos adversos para el gobierno.



Por Javier Felcaro
