No sé si tenía once años o estaba por cumplir doce. En ese departamento los otros tenían poco más de treinta. Y la muerte nos rondaba desde hacía unos años. Para ese niño, ese fin de semana se trataba de un muerto que sumaba un cuerpo ausente a esa familia contaminada por enfermedades terminales. Pero yo no veía a la parca de la misma manera que la veo hoy, quizás porque en aquel momento era algo lejano, porque los que se morían eran los grandes y los niños todavía gozábamos de la plenitud de la vida. Pero el que se había ido también era joven, treinta y tres como Cristo y con el tiempo casi todos los treintañeros que allí estaban dejaron de estar, se fueron más temprano que tarde y hoy yo los recuerdo en la ausencia a sabiendas de que soy más viejo que todos los que partieron. El tiempo es más que veloz y la vida se vive a razón de veinticuatro horas por día, pero esas veinticuatro horas no son suficientes para acumular los deseos y los proyectos que la vida nos propone o que nosotros le proponemos a la vida. La velocidad de las cosas y de los sentimientos, la velocidad en la que crece un pequeño y se hace adulto, la velocidad en que una obra deja su marca en esa línea temporal que se diluye en lo colectivo. La razón de ser a veces deja de ser una razón para ser solamente el resultado del movimiento, porque estamos constituidos de movimientos. Ir de un punto a otro, de una cuadra a otra, de una palabra a otra que construya una oración, de un año a otro, de un amor a otro. Moverse nos da la sensación de que hay vida incluso cuando le tememos al fin de todas las cosas. Como ese chico que deambulaba por velorios y veía a los mayores llorar la ausencia y se conmovía con el dolor de los demás, porque su propio dolor lo iría a conocer cuando los años le enseñaran de qué se trataba esa sensación.
Su deseo era ser detective privado y quería hacer esos cursos que figuraban en las revistas de Editorial Columba, es decir D’Artagnan, El Tony o Nippur. Intervalo no contaba porque tenía historias para chicas, pero también al inolvidable Pepe Sánchez. En aquellos años setenta él solo sabía de historietas y de música. La música era su descubrimiento antes de llegar a la adolescencia. Los Beatles que entraron como tromba luego de haber visto cinco veces Help cuando apenas terminó quinto grado. Las fotos de Los Beatles que coleccionaba en un cuaderno y en un dibujo hecho en el delantal de séptimo grado, ese guardapolvo que todos dibujábamos porque pasaría al estante de los recuerdos eternos. Pero también descubrió otros sonidos, como la voz de Mick Jagger o esa imagen de un televisor en blanco y negro donde Rodolfo Mederos y su Generación 0 tocaban un tango piazzolleado en tiempo de rock. Era septiembre de 1975 y un amigo de la cuadra en esa calle de Villa Urquiza me propuso que fuéramos a ver a Sui Generis en su despedida en el Luna Park, pero yo con casi doce años me quedé con las ganas y no supe que podría haber sido partícipe de un momento histórico.
Esos años me encontraban entre descubrir el amor y sentir que la realidad no era otra que mi propio entorno, aunque leer ese entorno podía decirme lo que tiempo después entendería con la precisión de la que carecía en mi adolescencia. Quizás por eso mismo no reparé en el significado de esa pistola en la cintura de uno de los chicos del barrio, un chico que estaba más cercano a los diecisiete que a mis doce, pero en la cuadra todo se mezclaba. Mientras yo jugaba con los autitos a los que llenaba de plastilina para que se aferraran al piso e impulsarlos con más precisión en las carreras de la vereda ese otro muchacho estaba armado. ¿De qué se trataba esa arma en 1974 o 1975? ¿Ostentación peligrosa en tiempos turbulentos? ¿Un precoz militante de la derecha o servicio de inteligencia? ¿O un joven que abrazaba la lucha revolucionaria y se descuidó mostrando lo que no tenía que mostrar? Por mi mente de casi doce años no pasó nada de esto, solo recuerdo hoy a la distancia ese momento. Pero tampoco puedo aseverar que haya sucedido de esa manera o si es la suma de fragmentos de una memoria deformada por la realidad, por las series de televisión y los cómics.
Partimos de Buenos Aires en 1976, cuando el país dejaba de ser para ser otra cosa tan oscura que solo con el correr de los años podría entender en su verdadera dimensión. Rosario me abrazó sin saber que yo necesitaba ese abrazo y los recorridos y caminatas solitarios de ese entonces me hicieron aprender de memoria el nombre de las calles de una ciudad que hoy corre por mis venas como la propia sangre.
Me escribía con mis amigos en la lejanía. Las cartas y las estampillas recorrían trescientos kilómetros y hoy veo a ese niño en la solitaria habitación que aceptó, en ese solitario verano que aceptó, en esos nuevos amigos del club de rugby que aceptó aunque no le parecía lo mejor que le podía suceder. La fantasía y la ficción fueron su refugio, libros e historietas, más libros que historietas. Las cartas y los amigos quedaron en la distancia que internet treinta años más tarde volvería a recuperar. Desde el director de cámaras de Telefé hasta el eximio guitarrista discípulo de Frank Zappa. Como si sus amigos de la infancia hubieran seguido parte de su propio recorrido sin saberlo, sin suponerlo, pero allí estaba o está la historia que con la velocidad del dormir y el despertar nos encuentra con menos pelos, más recuerdos y con más vida vivida que por vivir.
Elipsis, me encontré con una nota que daba cuenta de las tres décadas de Goodfellas, película contemporánea pero que ya es un clásico. Los relatos de Scorsese siempre son familiares, cercanos, aunque la mafia o las calles salvajes no hayan formado parte de mi cotidianidad. Hay algo que me acerca, como a esa familia de los setenta que poco a poco fue desapareciendo, como este país en donde el “desaparecer” ha sido la manera de resolver los problemas histórico-sociales-culturales. Desaparecer físicamente o desaparecer de la memoria.
Me duermo, el tevé queda encendido, sueño o creo que Scorsese me habla, desde las calles de Nueva York con sus buenos muchachos, sus comediantes, sus boxeadores, sus choferes de taxis o ambulancias, sus policías corruptos, sus yuppies después de hora, sus músicos eternamente satánicos tocando en un teatro de Manhattan. Su universo universal, barrial, es casi rosarino. Y en medio de esa charla entiendo que el devenir de los años, de los años en familia, de los años tratando de crear, de ordenar el desorden de la vida, puede medirse con una línea temporal scorseseana. La peste nos persigue aunque nos creamos a salvo y las memorias dislocadas surgen como resultado de que la cuenta no finaliza pero vuelve a comenzar. Lo antojadizo de los números, la relatividad de los números o de los años, como los años digitales o analógicos. Escribo o al menos lo intento. ¿Qué se puede escribir? ¿Sobre qué o quiénes? Nuevamente la ficción revelándonos que el futuro puede ser el pasado modificado y que el hoy se transforma en la contracara de un ayer inmediato o de un ayer lejano. Como el rostro de Robert De Niro en El irlandés, retocado digitalmente. Conocemos la cara de Bob a los 30 o 40 años, pero este otro Bob que reproduce una juventud digital nos lleva (permítanme la licencia y el error) a un pretérito imperfecto, a un pasado inexistente pero que a su vez tiene la realidad del cine, que transforma la ficción en un nuevo relato de la realidad pasada y por ende del futuro que hoy es el presente. Nacimos para ser pasado, soñando futuro. El chico de los doce años en 1975 hoy existe en el presente por venir y hace cuentas de cada año que sucedió, del flashback scorseseano, porque Scorsese es el director de los flashbacks y los raccontos, como también lo fueron Bertolucci o Scola. Pienso en Novecento, en Refugio para el amor, o en Los soñadores, en Un día muy particular, en La familia o Nos habíamos amado tanto. Son directores de la memoria, del recuerdo. Tal vez la sangre italiana que añora los años vividos. Tal vez por eso me siento parte, la parte italiana, la sangre que apela al recuerdo, a la nostalgia. La memoria profunda, la memoria ficcional para generar un flashback personal.
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Robert De Niro, víctima de la cirugía digital en "El irlandés", de Martin Scorsese.
Junto libros, de esos en que los autores utilizan su biografía como referencia literaria. Busco la manera de terminar o empezar una novela de la vida personal, de mirar el andar del eterno retorno, de ver pasar la muerte por delante de las historias, de ser testigo de las tormentas virales e intentar quedar inmune ante las guerras silenciosas, con la esperanza de que puede haber algo interesante en estas palabras que se pierden como los años en los que crecemos mirando las películas que nos indican la fugacidad del tiempo. El paso del calendario me invita a seguir, a crear con la certeza de que todavía quedan puertas por abrir y películas por hacer.