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El orador desencarnado

La biografía es un género paradojal. Intentar dar cuenta de la vida de un hombre implica, de alguna forma, relatar la vida de todos los hombres. Horacio González es conciente de ello, por lo que los ensayos que componen Perón.

Domingo 21 de Septiembre de 2008

La biografía es un género paradojal. Intentar dar cuenta de la vida de un hombre implica, de alguna forma, relatar la vida de todos los hombres. Horacio González es conciente de ello, por lo que los ensayos que componen Perón. Reflejos de una vida son aproximaciones fragmentarias, ecos de voces extintas que nos invitan a reflexionar sobre uno de los nombres cruciales de nuestra historia política.

González repasa algunos momentos de gran importancia pública y otros episodios más íntimos de la vida de Perón. Su escritura elegante y a veces oscura no soslaya el tema de toda biografía: el de la responsabilidad. El nombre de Perón aglutina enigmas y disputas; Perón es un nombre y una forma de nombrar. Sus innumerables escritos y documentos reflejan una constante preocupación por el acto de nombrar. Aquellos que reflexionaron y aún reflexionan sobre Perón han sido también encantados por ese sortilegio.

Horacio González lee apasionadamente el texto peronista prescindiendo tanto de los esquematismos academicistas como de los excesos de la alabanza y del escarnio. Sin embargo, se trata de un texto desproporcionado, ya que nos conduce hacia las zonas excedentes de nuestra lengua política. Por eso mismo no se trata de encerrar al lenguaje peronista en un laboratorio provisto de teorías del lenguaje que nos brinden un conjunto de ideas aptas para la profilaxis académica.

La figura de Perón es muy incómoda. Escapa en su astuta facticidad a las categorías de la razón. Escapa también al biografismo que lo condena a un maquiavelismo de sentido común. Esta incomodidad es sintomática. La retórica peronista, retórica del nombre, vuelve reversibles los significados que otros han producido. El jefe, lugar vacío de la enunciación, dice González, es un articulador desencarnado. He ahí la teoría de la conducción. Además de un astuto conductor de hombres Perón fue, sobre todo, un conductor de significados.

A aquel profesor de historia militar, conocedor de las batallas de la antigüedad así como de la literatura prusiana, poco le importaba la cita culta. Esto, lejos de responder al resentimiento del parvenu, funda uno de los núcleos de su retórica. La lengua peronista se constituyó como una lengua segunda respecto de los saberes clásicos. La omisión de las comillas es una forma estratégica de la apropiación. La biblioteca peronista se nutre de Clausewitz, del positivismo argentino, de Belisario Roldán, de Aristóteles, de Plutarco y, por supuesto, de Jauretche y de Scalabrini Ortiz, entre otros. La lengua peronista no cita porque es aforística, oracular. Habla en el intersticio de las oposiciones de los otros. La tercera posición se expresa nombrando a las otras dos, no necesita ser explícita. Por otro lado, la supresión de las comillas implica una inversión de las determinaciones: aquello que es enunciado pasa a formar parte del acervo peronista. El que nombra posee, caída de comillas mediante.

El lenguaje peronista logró convocar voces heterogéneas de un modo impensable. Supo hablar el lenguaje de la revolución pero también el de la organicidad. Fue guardián del orden estatal así como instigó al caos. Como centro vacío, se adueñó de esos significados y les imprimió otros destinos, casi siempre opuestos al que mentaban. Al denominar sustrayéndose, desencarnado, hizo de su nombre una potencia que parecía contener todos los significados de la historia política.

Pero he ahí también su paradoja. El nombre de Perón fue uno de los dramas de la segunda mitad del siglo XX argentino. El mismo Perón quizás lo intuyó cuando ya era tarde. Tal como dice González, "las palabras son destinos de espera que, a su favor, siempre tienen inscripto lo inconsumado de la realidad". Perón sufrió la pérdida de su nombre propio. Ya su nombre no le pertenecía. Ya no alcanzaron sus astutas fintas de orador desencarnado.

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