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El legado que llegó de Oriente

Buda en Rosario. El zazen es una práctica oriental transmitida dentro del marco de la tradición budista. En Rosario existe desde hace más de veinte años. Un camino espiritual.

Domingo 03 de Agosto de 2008

En la actualidad, el término zen suele ser utilizado para conformar un amplio abanico de disciplinas que van desde la gastronomía hasta la decoración. La imposición de las modas y un frenesí descarado por las reglas del marketing han derivado de un vocablo milenario una tendencia meramente comercial y publicitaria. Pero el zen es esencialmente una experiencia personal basada en la práctica de la meditación silenciosa: el zazen (za: sentarse, zen: meditación). En Rosario el primer dojo (sitio donde se practica la meditación zen) se instaló en 1987 y continúa hasta hoy, gracias a la comunidad que lo practica.

La luz del sol de media mañana de un sábado apacible se filtra entre los edificios y alcanza a iluminar de manera tenue el patio de la vivienda donde funciona el dojo de Rosario. En ese espacio singular, pintoresco e incomprensible para los transeúntes que observan curiosos y siguen raudamente su camino, la monja zen Cristina Lorente ultima los detalles para iniciar un nuevo día de la práctica de zazen, también conocido vulgarmente como "sentada".

Ataviada con el hábito típico que utilizan aquellas personas que se ordenaron de monjes, ella va y viene de un lado para otro cuidando que ningún detalle quede librado al azar. A esa vestimenta original de color oscuro se la denomina kesa, y es el símbolo de la transmisión de maestro a discípulo.

En el budismo zen propiamente japonés existen dos escuelas principales: rinzai y soto. Se distinguen por su especialización en distintas técnicas de meditación como el koan o el zazen. La comunidad local pertenece a la línea del soto zen.

La práctica

A medida que van llegando los discípulos, ya sean monjes, bodhisattvas (el grado de ordenación previa al de monje) o laicos, el ambiente se transforma y el murmullo de la ciudad parece apaciguarse. Antes de ingresar al recinto del dojo, una de las reglas es descalzarse y en la antesala es necesario realizar el gassho, un saludo característico que simboliza la unidad del espíritu y la existencia.

Los practicantes se acomodan buscando la postura correcta. Cruzan las piernas en la posición de loto y se sientan tranquilamente sobre un almohadón redondo, que en japonés se llama zafu. Este elemento ayuda a levantar un poco la postura para que las rodillas puedan tocar el suelo y de esa manera sea más fácil enderezar la columna vertebral, estirar la nuca y entrar el mentón.

Todos lo hacen de cara a la pared (ver aparte), en el más absoluto silencio, y también colocan la mano izquierda sobre la palma de la derecha uniendo los pulgares. Los cantos de ambas manos deben permanecer siempre en contacto con el abdomen. Detrás de ellos se sienta el que dirige la práctica, en este caso la monja zen, para que todo se realice de manera armónica y se pueda dar inicio al zazen.

Cuando se oye el tintineo de unas campanas todos quedan inmóviles, con los ojos entrecerrados, concentrados en la búsqueda de una respiración larga y profunda. Así permanecerán casi media hora, luego realizarán una caminata muy lenta —denominada kin-hin—, marcando cada ángulo del dojo para después volver a sentarse en la postura del Buda.

Durante la segunda parte de la práctica la persona que dirige lee un kussen (enseñanza impartida por el maestro a sus discípulos durante el zazen). Al concluir, giran sobre sí abandonando la postura y se arrodillan para realizar la ceremonia de cierre. Al ritmo sostenido de una especie de tambores y campanas todos recitan el sutra del Hannya Shingyo, un texto en el que se mezcla el idioma chino antiguo con algo de japonés y sánscrito. Luego se inclinan haciendo gassho nuevamente, dando por finalizada la práctica.

El descubrimiento

Tras dejar el recinto del dojo, los practicantes que deciden quedarse un rato más se reúnen en una habitación que hace las veces de vestuario y lugar de encuentro. Allí desayunan el guen mai, una sopa tradicional a base de arroz integral y verduras. En ese ámbito predomina un estado de tranquilidad, mucha camaradería y muy buen humor.

Cristina Lorente tiene los ojos oscuros, el pelo corto y un tono de voz profundo con el que relata cómo conoció este tipo de meditación. "Llego al zazen después de una búsqueda dispersa de disciplinas que estaban más ligadas al deporte. Una vez me encuentro con un vecino, le comento que lo veía muy bien y él me dice: «estoy practicando zazen», y mi respuesta fue: «¿za qué?». Después fui al odontólogo y mientras esperaba mi turno encontré en una revista un artículo sobre zazen y ahí me enganché. Me comuniqué con estas personas, fui y me senté; a partir de ahí nunca dejé de hacerlo".

Lorente hace una breve pausa y continúa: "Al mes viajé al campo de verano en Córdoba (reunión anual de todos los practicantes de zazen) y conocí a quien hoy es mi maestro; cuando lo escuché hablar percibí que él ponía en palabras todo lo que yo sentía. Me di cuenta que mi energía había encontrado un cauce, entonces le pedí la ordenación de bodhisattva".

Hace casi cinco años que Lorente tomó esa decisión y está segura que "si todo el mundo lo practicara sería otra la realidad, porque el zazen te da un cambio de punto de encaje y la posibilidad de ser mejor persona".

También la vida de Fernando Dentesano tuvo un antes y un después debido a la experiencia de haber conocido el zazen. "Yo estaba viviendo una crisis muy profunda y por un amigo me entero que había llegado un maestro de Francia a un templo en Córdoba. Lo raro fue que dos días antes de este llamado, por la angustia que estaba viviendo, terminé sin darme cuenta en la postura de loto y sentí una verdadera paz. Cuando recibí el llamado, me fui a esas sesiones que se denominan campos de verano sin saber absolutamente nada. Allí me encontré rodeado de gente de primera y fue como un renacimiento para mí".

Dentesano es muy expresivo, casi verborrágico y siempre tiene una sonrisa a mano que distiende aún más la charla. "Ahora siento que voy creciendo espiritualmente, porque en esto hay una permanente transformación evolutiva, es un descubrimiento constante de tu propio ser", asegura.

A su lado está el monje zen Luis Aguilar, quien tiene la mirada aguda y un rostro de facciones que parecen talladas por manos expertas. "En la práctica —afirma— confluyen dos cosas muy notorias: una es el cambio abrupto en la primera vez que se practica, y la otra es que vas sintiendo una renovación progresiva. Se produce un cambio radical pero a la vez hay que ir paso a paso".

La pregunta sobre si el zazen tiene algún sentido religioso es insoslayable y es Cristina la que se encarga de despejarla rápidamente: "Religión significa religar, religar almas. Nuestro maestro dice que el hombre ha perdido su liga, su unión como especie y eso es lo que nos hace estar como individuos egocéntricos, perdidos en una unidad. Cuando nos conectamos a partir del zazen con nosotros mismos, recuperamos esa condición natural de pertenecer y desde ese lugar se puede considerar que es una religión".

Las palabras quedan suspendidas en el aire durante un breve momento y Luis Aguilar, que practica zazen desde 2001, agrega: "Todo lo que son preceptos se considera que uno los va adquiriendo de adentro hacia fuera. Pero no se pone énfasis en el cumplimiento doctrinal, sino en el hecho que en la práctica vas descubriendo naturalmente que ello te lleva a una armonía de crecimiento".

El último que toma la palabra es Rodrigo Castillo, el más joven de todos. Con una barba profusa y una voz que retumba en el ambiente dice: "Llego a la postura de zazen a través del yoga y la meditación. Soy estudiante de filosofía y en un principio mi búsqueda era más del orden teórico. La primera vez que lo practiqué no entendí nada y me dolió mucho". Suelta una sonrisa y agrega: "Yo creo que mi camino fue inverso, porque hacía ayunos y tenía una vida más bien ascética y la práctica de zazen es como que fue mi cable a tierra".

Una cuestión importante en el zazen es conseguir el equilibrio entre la práctica y la vida normal como la de cualquier persona. Todos tienen sus trabajos o estudian, es una actividad que corta por un momento con el mundo, pero no se separa y por lo tanto existe una interdependencia permanente con lo social.

Ellos aseguran que el zazen no brinda ningún servicio sino que es una búsqueda espiritual. Fernando Dentesano lo aclara de esta manera: "El zazen no sirve para nada, no hay que venir a buscar nada. La gente está esperando un gran mercado en el cual desean obtener algo de los lugares adonde van. Y acá todo lo que hacemos es sin espíritu de provecho alguno".

La tarde ya se diseminó por la ciudad y los practicantes de zazen retoman sus rutinas habituales hasta el día siguiente, en el que volverán a sentarse para iniciar el ritual de esta meditación que les ha transformado la manera de encarar la vida.

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