Leyendo la nota que firmó Rubén Chababo en la edición del miércoles 21 de mayo
de 2008 en La Capital se me ocurrió establecer un paralelo con otro hecho político que se producirá
en la ciudad cuando se inaugure el monumento a Ernesto Che Guevara que conmemora los 80 años de su
nacimiento. Aunque en apariencia se trata de dos manifestaciones sin ningún tipo de conexión, en
ambos casos la confusión oculta realidades distorsionadas.
El director del Museo de la Memoria y docente en la Facultad de Humanidades y
Artes rescata en su nota palabras condenatorias de Pier Paolo Pasolini expresadas por el cineasta
italiano con motivo de las revueltas en Europa a raíz del Mayo Francés, época en la que se acuñaron
consignas como "La imaginación al poder", mientras los estudiantes amenazaban con quemar La Sorbona
por ser cuna del ideario de los burgueses.
Salvando las enormes distancias que separan una manifestación de la otra se
puede establecer un vínculo entre ambos hechos. Aquellos estudiantes progresistas amenazaban con
utilizar la violencia en nombre de un cambio que garantizara la igualdad, mientras que en pocos
días más funcionarios municipales y provinciales asistirán a un acto en el que se entronizará una
escultura dedicada al Che, se cantarán canciones que seguramente evocarán sus luchas y se
pronunciarán palabras de encomio para el revolucionario.
Pero no se dirá que su nacimiento en Rosario fue accidental, ya que sus padres
viajaban rumbo a Buenos Aires, donde estaba previsto que naciera el niño. Tampoco se aclarará que
la ciudad y su gente pueden haber influido poco y nada en la formación de quien sería un ejemplo de
coherencia política en la historia contemporánea. Sólo se intentará robarle un poco de la gloria
pagada con el alto precio de su vida.
Tampoco se escuchará a nadie decir que si Guevara viviera rechazaría los honores
que se le rinden porque a pocos metros seguramente habrá chicos con hambre, solos.
Es improbable que alguno de los oradores admita qué estaba haciendo cuando el
Che se movía penosamente por los montes bolivianos tratando de reunir su tropa, entusiasmar a los
campesinos y sumarlos a su lucha revolucionaria.
Lo más probable es que todos se monten en el fenómeno mediático que fabricó el
sistema con la imagen del Che, convirtiéndolo en un héroe de remeras.
Tampoco nadie se atreverá a decir que el lugar se convertirá en un sitio de
visita para todos aquellos que lleguen para sacarse una foto junto al Che. Lo mismo que hacen junto
a la estatua de Alberto Olmedo. También es probable, como sucedió con la estatua del cómico
rosarino, que un día el Che amanezca pintado de azul y amarillo y al siguiente, de rojo y
negro.
Las intenciones sugerirán algo y los hechos dirán lo contrario.
La hipocresía habrá ganado otra batalla: Rosario tendrá un monumento más para
tentar al turismo y la gesta guevarista sumará un recuerdo que no merece.
Así como sería mucho más saludable ver a los estudiantes de Humanidades
discutiendo cómo difundir el espíritu libertario que despiertan las artes en las personas, hubiera
sido mucho más coherente honrar al revolucionario fundando un centro de estudios sobre la realidad
de los aborígenes del territorio nacional; creando una base de datos sobre la creciente pobreza en
una Argentina exportadora de granos y alimentos. Un lugar donde se pueda hablar de los horrores de
la represión y de las responsabilidades que exige la vida democrática para garantizar que nunca más
se vivan los años de crimen impune y oscurantismo. Un espacio en el que la libertad nos permita
crecer como hombres conscientes de la realidad y responsables ante ella. Un sitio donde se cultive
el espíritu solidario.
Si esto se concretara, ningún Pasolini levantará su voz dolida; ningún Chababo
clamará por cordura para defender un claustro, ni ningún guevarista dará vuelta la cara sintiendo
vergüenza ajena.