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El Che y su monumento

Debates. La imagen de Ernesto Guevara se globalizó mucho más que la lucha que protagonizó. Ahora llega su estatua

Domingo 01 de Junio de 2008

Leyendo la nota que firmó Rubén Chababo en la edición del miércoles 21 de mayo de 2008 en La Capital se me ocurrió establecer un paralelo con otro hecho político que se producirá en la ciudad cuando se inaugure el monumento a Ernesto Che Guevara que conmemora los 80 años de su nacimiento. Aunque en apariencia se trata de dos manifestaciones sin ningún tipo de conexión, en ambos casos la confusión oculta realidades distorsionadas.

El director del Museo de la Memoria y docente en la Facultad de Humanidades y Artes rescata en su nota palabras condenatorias de Pier Paolo Pasolini expresadas por el cineasta italiano con motivo de las revueltas en Europa a raíz del Mayo Francés, época en la que se acuñaron consignas como "La imaginación al poder", mientras los estudiantes amenazaban con quemar La Sorbona por ser cuna del ideario de los burgueses.

Salvando las enormes distancias que separan una manifestación de la otra se puede establecer un vínculo entre ambos hechos. Aquellos estudiantes progresistas amenazaban con utilizar la violencia en nombre de un cambio que garantizara la igualdad, mientras que en pocos días más funcionarios municipales y provinciales asistirán a un acto en el que se entronizará una escultura dedicada al Che, se cantarán canciones que seguramente evocarán sus luchas y se pronunciarán palabras de encomio para el revolucionario.

Pero no se dirá que su nacimiento en Rosario fue accidental, ya que sus padres viajaban rumbo a Buenos Aires, donde estaba previsto que naciera el niño. Tampoco se aclarará que la ciudad y su gente pueden haber influido poco y nada en la formación de quien sería un ejemplo de coherencia política en la historia contemporánea. Sólo se intentará robarle un poco de la gloria pagada con el alto precio de su vida.

Tampoco se escuchará a nadie decir que si Guevara viviera rechazaría los honores que se le rinden porque a pocos metros seguramente habrá chicos con hambre, solos.

Es improbable que alguno de los oradores admita qué estaba haciendo cuando el Che se movía penosamente por los montes bolivianos tratando de reunir su tropa, entusiasmar a los campesinos y sumarlos a su lucha revolucionaria.

Lo más probable es que todos se monten en el fenómeno mediático que fabricó el sistema con la imagen del Che, convirtiéndolo en un héroe de remeras.

Tampoco nadie se atreverá a decir que el lugar se convertirá en un sitio de visita para todos aquellos que lleguen para sacarse una foto junto al Che. Lo mismo que hacen junto a la estatua de Alberto Olmedo. También es probable, como sucedió con la estatua del cómico rosarino, que un día el Che amanezca pintado de azul y amarillo y al siguiente, de rojo y negro.

Las intenciones sugerirán algo y los hechos dirán lo contrario.

La hipocresía habrá ganado otra batalla: Rosario tendrá un monumento más para tentar al turismo y la gesta guevarista sumará un recuerdo que no merece.

Así como sería mucho más saludable ver a los estudiantes de Humanidades discutiendo cómo difundir el espíritu libertario que despiertan las artes en las personas, hubiera sido mucho más coherente honrar al revolucionario fundando un centro de estudios sobre la realidad de los aborígenes del territorio nacional; creando una base de datos sobre la creciente pobreza en una Argentina exportadora de granos y alimentos. Un lugar donde se pueda hablar de los horrores de la represión y de las responsabilidades que exige la vida democrática para garantizar que nunca más se vivan los años de crimen impune y oscurantismo. Un espacio en el que la libertad nos permita crecer como hombres conscientes de la realidad y responsables ante ella. Un sitio donde se cultive el espíritu solidario.

Si esto se concretara, ningún Pasolini levantará su voz dolida; ningún Chababo clamará por cordura para defender un claustro, ni ningún guevarista dará vuelta la cara sintiendo vergüenza ajena.

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