Hay que advertir que muchas veces el gobierno no evidenció apartarse demasiado
de las fórmulas de retroceso más obvias luego de una ardua batalla de la que sale magullado. La
excepcionalidad se mantiene porque ni puede volver a los cauces del orden conocido –allí lo
repudian, esperan su caída–, ni debe dejar que naufraguen sus anteriores pasos adelantados en
los refugios que ofrece una clase política “normalizadora”, garante de una vuelta a la
“neutralización política”. Esto no ha ocurrido, pero las tensiones que alientan las más
variadas direcciones en que puede salirse de la crisis están a la orden del día.
No creemos equivocarnos si decimos que falta la elaboración, explicitación y
proyección de algo previo a ciertas medidas importantes. Lo es la estatización de Aerolíneas, pero
lo previo hubiese sido crear certezas mayores sobre su destino de empresa pública antes de enviar
el proyecto de ley al Parlamento; lo es el pago de la deuda al Club de París, pero lo previo
hubiera exigido mostrar esa medida en conexión a mejores argumentos sobre la economía pública y las
deudas sociales internas; lo es el proyecto de ley de jubilaciones, pero hubiera sido conveniente
que se dijera previamente que se evitarían alquimias matemáticas sobre esta vital cuestión.
En cuanto a los incidentes ferroviarios en el Ferrocarril Sarmiento, ahí lo
previo hubiera sido reconocer de inmediato las condiciones inaceptables en que viajan millones de
personas que son víctimas así de una grave injusticia social. Y a la par de repudiar la destrucción
de los bienes públicos, examinar los graves sucesos a la luz de criterios más amplios, en el
sentido de las orientaciones hacia el cambio general de las pésimas condiciones de vida en vastas
zonas del conurbano. Todo ello, antes de incurrir en un lenguaje de imputaciones que recuerdan
tramos oscuros de la historia inmediata, cualquiera sea la explicación ulterior de los condenables
acontecimientos de violencia contra el equipamiento ferroviario.
Falta algo previo, decimos. Es la elaboración de bases más permanentes de acción
y lenguaje en cuanto a las transformaciones que se le adeudan al pueblo argentino y a las
acechanzas que se ciernen. Por eso es necesario hablar del laberinto argentino, para que no se
reitere la sensación de que medidas justificables se lanzan en la cabal ausencia de recursos de
movilización cultural efectivos. Ante la reacción de las fuerzas siempre reconocibles de la
reacción conservadora –revestidas hoy de numerosos ropajes, incluso de los aparentemente
contrarios a los que opacamente representan–, hay que evitar la tentación de parecérseles,
aun si se piensa esto para tomar un respiro. La salida del laberinto exige temas, análisis y
decisiones que deben ser redescubiertos, sobre el fondo de una excepcionalidad que se mantiene. Y
que tiene sus deudas con un contexto regional signado por los triunfos electorales de fuerzas
progresistas y Estados con diálogos renovados con los movimientos populares. Si Argentina se mueve
con fluidez y premura en esta escena compartida, es también porque sabe que cuando las campanas
doblan su anuncio nos compete. La situación del pueblo boliviano sometido al ataque de formas
nuevas, de formas antepasadas o de las últimas invenciones del racismo, el imperialismo, el
golpismo y el separatismo –todo ello por partes o fusionado– obliga a la movilización
de todos los recursos políticos, culturales y reflexivos para acompañar al gobierno de Evo
Morales.
Los símbolos y las acciones
Nos cabe ahora una descripción sobre lo que ocurrió en estos últimos meses en
nuestro país. Las nuevas bases sociales de la neoderecha se movían en un doble sentido: en el goce
de sus reflejos desestabilizadores y en el pedido simultáneo de que se pusiera fin a tanta pasión
desatada, “que cesara tanto conflicto”. Sordamente, amenazaban. Pero cuando terminaban
de dejar su carga exonerativa, pasaban a empuñar la bandera de la armonía y del “hartazgo por
la disputa”. Era el gobierno el que aparecía como confrontativo y los realmente
confrontativos aparecían como moderados, partidarios de la “democracia gris”. Si el
conflicto es el centro de la política –esto es, si la democracia siempre agita colores
encendidos– se le podría cuestionar al gobierno la dificultad para anclar ese conflicto en
fuerzas sociales efectivamente reconocidas, esto es, no que existiese una comprensible
confrontación sino que ésta fuera meramente estridente, vocinglera e imprecisa. Vulnerados los
horizontes colectivos de creencias, un conservadurismo que no se molestaba en aparecer faccioso,
conseguía hablar en nombre de intereses genéricos y de los símbolos compartidos. Entrábamos al
laberinto argentino.
El ámbito popular movilizado en defensa del gobierno era acusado de encarnar al
“pueblo cautivo” al que había que rescatar con una “ética autonomista”.
Miles de personas cantaban frente al estanciero Luciano Miguens, en el Monumento de los Españoles,
“si éste no es el pueblo, el pueblo dónde está”. No se recordará con satisfacción este
momento de la historia nacional. Por otra parte, un personaje político exiguo, partiquino de
momentos menores de la política, quedaba de repente en posición de decidir sobre el empate de votos
en el Senado, desatando un nudo –la forma inicial del laberinto– de manera
imprevisible, agrietando severamente las máximas instancias institucionales, revelando la
fragilidad esencial de todos los andamiajes políticos conocidos y originando un pobre folklore que
podía expresarse en las fugaces y calculadas picarescas del minotauro Cleto.
Lo grave y lo trastocado corrían de la mano. El laberinto argentino, lo que en
el siglo XIX célebres autores denominaron la esfinge argentina, reaparece en la necesidad de
investigar el núcleo más íntimo de la vida popular, con muchas superficies y planos ocupados por el
desvío de los legados y por una gran captura moral que reactiva fantasmagorías conservadoras en los
sectores medios, para cuya crítica no alcanza el concepto de “zoncera” sino la pregunta
crucial sobre el entrecruzamiento del activismo mediático, la ocupación masiva de calles en las
zonas de la urbe socialmente más favorecidas y las épicas basadas en un reconstruido desprecio de
clase, revestido ahora de populismo de derecha, todo ello contra un gobierno popular. Un gobierno
que aun ensimismado en muchos obstáculos nacidos de sus propios laberintos, avanzó conceptos
fundamentales para rehacer el sentido de lo democrático, lo público y lo justo.
El laberinto argentino contiene así a las nuevas derechas con base
popular-mediática que juegan entre la admonición moralista y la promoción de una civilización del
miedo en los grandes centros urbanos. Y contiene asimismo a las propias marañas de las que las
fuerzas populares, sobreponiéndose, deben extraer nuevos argumentos y convicciones. Sin duda, no se
esperaba que un camino que era dificultoso, contradictorio e intuitivo, aunque sustentado en una
nueva discusión vigorosa sobre los destinos colectivos, quedara de repente tan expuesto y desnudo.
No se esperaba que el agrarismo y sus adyacentes perspectivas comunicacionales recrearan un
lenguaje movilizador en otros tiempos invocado por otros estilos y grupos sociales. Los activistas
agrarios se dejaron barnizar por lenguajes eventuales de izquierda que al sumarse al cobertizo
reaccionario hacían abandono de su propia historia para acrecentar lógicas de oportunidad y de
error histórico. Confundían la masividad de las movilizaciones agraristas con una política popular
y a las alianzas del nuevo poder conservador con una red social transformadora.
¿Sorprende este giro? Su explicación se encuentra en los variados déficit de
interpretación que ya son alarmantes en los laberintos de la sociedad argentina. Se ha hecho
abandono de los modos más rigurosos de análisis político, lo que incluso pudo notarse en los
propios descuidos con que se tomaron las medidas gubernamentales. Pero nada es más dramático que
las encrucijadas imperiosas que deben resolver los movimientos sociales, ellos sí obligados a
resolver una conocida disyuntiva. Ni deben estar cómodos siendo apéndices estatales –y
siempre existe la tentación de embargarlos por parte del Estado– o, en contrapartida,
convirtiéndose en desastrados agentes de acciones que favorecen intereses extrínsecos a los de las
causas populares –lo que también supone que sean expropiados por los lenguajes más vulgares
de la compleja espesura de la coalición entre ciertos medios de comunicación y determinados grupos
económicos–. Estos dilemas, cuando no consiguen ser resueltos, llegan al paroxismo con
personajes que desde el inicio ya fueron fundados como caricaturescos y que aprovecharon la
oportunidad para acentuar su bufonería, pidiéndole algunas vacas a la Sociedad Rural, o bailando en
torneos de televisión con pancartas que mostraban a Fuentealba, el maestro asesinado en Neuquén,
volviendo a vergonzosas épocas de paternalismo social saludadas por las “notas de
color” a cargo del movilero de turno. Son farsas fáciles de percibir en sus signos de
degradación. Pero contienen en germen un problema crucial, por el que la necesidad de arraigo y
difusión de los movimientos sociales, no debe ser canjeada por el alistamiento silvestre en las
retóricas televisivas.
El momento laberíntico que vive la sociedad argentina también se verificaba en
pensamientos que se revestían de argumentaciones populistas o antiimperialistas, aunque para
ofrecerse directamente como guardia de corps de la alianza de los agronegociantes. Véase la galería
de fotos correspondientes. No era una defección episódica. Era un trastocamiento general de los
significados. No se esperaba semejante inversión de los trazos habituales que unían las palabras
con las cosas. Acciones que con otra ambientación eran declaradas ilegales por los labradores
agromediáticos y los nuevos movilizados, ahora parecían el non plus ultra del republicanismo
ilustrado. En cambio, medidas de gobierno avaladas por la Constitución se presentaban como
ilegítimas o arbitrarias.
Un estallido interno de magnitud inesperada y difícil mensura recorre ahora la
vida política argentina. Pero un laberinto es también un jeroglífico en donde es menester encontrar
los nuevos hilos constitutivos de una verdad histórico-social. Estamos en un momento donde se lucha
por la verdad –la verdad en el lenguaje, en las cifras, en los significados, en las
biografías– pero se ha extraviado lo que aun en épocas tan convulsas como éstas era la
relación entre los signos y las cosas, las representaciones y las motivaciones básicas de la
sociedad. Se pelea por la verdad sin que importe la verdad. Vivimos un momento faccioso. ¿Cómo
tratar la dislocación ocurrida entre hechos y símbolos? ¿Cómo considerar la relación entre la serie
de la justicia frente a los hechos del pasado y la de los hechos inequitativos del presente? ¿Cómo
se ligan los lenguajes de la escisión y el conflicto social con composiciones heterogéneas de
fuerzas? En general, estas diferencias se tramitan con la velocidad de una vida social condicionada
por la acción de los medios comunicacionales y su fuerte capacidad de articular la escena y los
tiempos. Pero si el set y la agenda son constituidos por actores definidos de gran poder, eso no
exime al resto de los actores de pensar en otra temporalidad que necesariamente supone una crítica
a esa veloz adecuación de trincheras y paso por el guardarropas de las luchas pasadas.
Las neoderechas gozan de este estado de volatilidad de las creencias y no dudan
en “izquierdizar” sus embates cuando lo creen necesario para realmente decir otra cosa.
Es el laberinto argentino. Entretanto, la izquierda real, aunque no tenga generalmente ese nombre,
pues actúa en gran medida con sus claves nacional-populares y sus legados humanísticos y sociales
de pie, está en los filamentos realmente existentes del movimiento social democrático, expresado en
infinidad de variantes de lenguaje y militancia. Fue a las plazas históricas a defender la
democracia y con consignas propias, interpretó que el gobierno, aun moviéndose improvisadamente en
la tormenta, encarnaba los trazos fundamentales de una voz popular que a su vez le reclamaba más
afinación y claridad en los argumentos. Los hilos a veces tenues pero continuos de las memorias
populares van tejiendo, como también lo supieron hacer en otras jornadas del pasado, los ideales
emancipatorios y lo hacen en el interior de dificultades inéditas e, incluso, desprovistos, muchas
veces, de señales luminosas que no suelen partir de un gobierno que no ha sabido, no ha podido y
tal vez no ha querido profundizar en la creación de una genuina base de sustentación
popular.
Luego del vendaval, las instituciones públicas golpeadas intentan volver a los
hechos. El gobierno afirma que frente a las palabras y las opiniones triunfarán los hechos. Hechos
económicos, construcción de necesarias infraestructuras. Sin embargo, no puede olvidarse que los
terrenos comunicacionales le fueron generalmente adversos y que es menester ahora descifrar los
laberintos de la cultura. Como muchos dicen despreocupadamente, “los pueblos no comen
símbolos” pero los símbolos son parte esencial de las condiciones bajo las que se piensan los
pueblos. Ninguna sociedad que reclama niveles más precisos de debate se orienta tan solo por
realizaciones económicas, teniendo en cuenta que lo de Aerolíneas es a la vez un hecho de la
economía pública y también de fuerte simbolismo. Así, como lo demuestra el laberinto argentino, se
lucha especialmente por símbolos, cualquiera sea la explicación profunda que se les dé a estas
evidencias.
Asimismo, los condicionamientos y el cerco al que fue sometido el gobierno luego
de las votaciones parlamentarias pueden justificar nuevas prudencias en el tratamiento de diversos
temas pendientes, pero eso no debe ser el motivo por el cual se instituyan decisiones políticas y
económicas con concesiones a los sectores nacionales e internacionales que operan el sitio
precisamente al aspecto más progresista de aquellas decisiones. Entre el pago total de la deuda al
Club de París, la reestatización de Aerolíneas y la ley de jubilaciones móviles se desplaza, quizás
con movimientos espasmódicos, un gobierno que sabe que el terreno por el que transita está rodeado
de arenas movedizas y de seductores espejismos que no llevan, necesariamente, hacia políticas
populares, políticas que requieren audacias y voluntades no siempre disponibles. Pero aún resulta
más arduo ese avance si no se busca construir los puentes hacia las mayorías populares postergadas
y empobrecidas que son una base social de sustentación imprescindible junto con otros actores
sociales.
Por otro lado, prosiguen los juicios a los personajes de los gobiernos
dictatoriales y se halla firme la conciencia de que no debe cederse una noción económica que
excluye terminantemente el ajustismo neoliberal. No se ha entregado la creencia de que
simultáneamente debe afirmarse un ideal latinoamericanista, que aun con titubeos, también se ejerce
sabiendo que hoy más que nunca la suerte de nuestro país, de sus proyectos democráticos, está
fuertemente unida a lo que está aconteciendo en otras repúblicas hermanas, particularmente la
Bolivia de Evo, la Venezuela de Chávez, el Paraguay de Lugo, el Ecuador de Correa y, desde una
perspectiva algo más compleja, el Brasil de Lula. La provocación criminal de la derecha boliviana,
el uso de la violencia contra el pueblo que apoya decididamente a su presidente y al proyecto
democrático-popular que él encabeza, constituye una señal ominosa que no debe ser pasada por alto,
en especial allí donde nos ofrece, en espejo, lo que hoy amenaza en nuestro propio país. Todo esto
mantiene un horizonte a partir del cual sigue valiendo la pena pensar en que hay una diferencia;
que hay una diferencia conceptual que sigue rechazando la paridad que muchos creen percibir entre
el actual gobierno y los procesos económicos habituales de coacción y dominación. Efectivamente, no
vemos tal paridad. Vemos una diferencia que es necesario pensar cómo sostener y ahondar. Lo haremos
examinando más de cerca el laberinto argentino.
Crítica y conmemoración
Desde hace cierto tiempo se intenta horadar el cimiento básico de la época, que
es la promoción de actos jurídicos sobre los símbolos más significativos de un pasado de horror.
Esto no proviene solamente de los remanentes de las pasadas dictaduras. Se dice que el gobierno
trató de un modo inadecuado la cuestión de la memoria y los derechos humanos. Algunos llegan a
afirmar que el gobierno utiliza la política de derechos humanos –esto es, la política de la
justicia en la memoria–, como un recurso a la impostura, pues mientras haría una política por
lo menos descuidada en materia de derechos sociales y economía cabalmente distributiva, insiste en
hablar sistemáticamente de las condenables violencias y atentados a la vida ocurridos en el pasado.
Sólo una virulencia antes desconocida en el ataque a un gobierno democrático en el ciclo de este
último cuarto de siglo –aunque fuertes dosis de neutralización destituyente habían acompañado
el último tramo del gobierno de Alfonsín– permite el error al que lleva esta
interpretación.
No vamos a insistir una vez más sobre la manera en que esta política de derechos
humanos no es ni debe ser episódica, sino que constituye el nudo troncal de la época, su estructura
última de significados. Los desavisados que la atacan con sus catilinarias revelan hasta que punto
representan el último escalón refinado para que se vuelva al orden antiguo. Postulan que hay
impostura en la política de la memoria asumida; postulan entonces, inevitablemente, un gesto de
agravio gratuito que intenta desconectar el ciclo comenzado en el 2003 de sus más importantes bases
expresivas y sus más profundas raíces de legitimación.
Es necesario dejar de heredar el país de la dictadura y hay indicios, en las
políticas gubernamentales, de una efectiva búsqueda de modos más equitativos y dignos de la vida
social. En el laberinto argentino también se halla, como hilo de Ariadna, la política realizadora
regida por un manojo de nuevos derechos –en esencia, la articulación entre derechos humanos,
derechos sociales y derechos democráticos–, cuyo acoplamiento creativo es motivo central de
la crítica y la razón política.
Como todos sabemos, el gobierno ha tenido trazados convocantes y perdurables en
estos terrenos, aunque a veces realizados con muchos balbuceos e ingenuidades. Y cuando decimos
ingenuidad no es el modo del elogio moral que vería en el ingenuo lo contrario del astuto, sino que
lo decimos al modo de la crítica: la ingenuidad es ver menos de lo que es necesario, considerar
menos dimensiones que aquellas que la acción política debe tener en cuenta para no fracasar. Pasado
un tiempo del rechazo parlamentario de las retenciones móviles, el gobierno sigue ceñido por el
cerco de sus contrincantes avezados. Defienden sus intereses sectoriales y un tipo de articulación
entre las instituciones estatales y las lógicas de mercado de clara subordinación de las primeras a
las segundas. Y del lado del gobierno no se logra totalizar las dimensiones de esa confrontación,
para lo que se deben examinar nuevas y originales singularidades. Un diagnóstico preciso de los
modos en que funciona actualmente la economía y resignificaciones de los símbolos en juego supone
no perder de vista los grandes panoramas históricos, nacionales y latinoamericanos, a la vez que se
tiene la obligación de no dejar de observar los elementos menudos, precarios o marginales.
Estas relaciones entre lo general y lo particular tienen en la cultura –en
el vivir social más amplio y en el vivir cotidiano– su territorio si no definitivo, sí de
suma relevancia para forjar alternativas y lenguajes. Porque se trata de construir los conceptos,
las teorías y las locuciones con los cuales aprehenderlas a la vez que tratar las memorias sociales
en juego, recogerlas del olvido o entretejerlas novedosamente. No deja de haber en todo momento
histórico un cierto laberinto. Siempre hay una guarida del Minotauro. Pero este laberinto, aquí y
ahora en la Argentina, implica el peligro de paralizar las fuerzas activas de la sociedad, para lo
cual se comenzó a convencerlas de que había que reconstruir las formas coactivas de la autoridad,
salir de lo que llaman errático, volver al orden establecido, retomar lo que en el pasado muchos
ensayistas latinoamericanos llamaron la “patria boba”, esto es, el desmonte de
sentimientos colectivos en nombre de nuevas leyendas inertes, controladas por empresarios del
sofocamiento político y cultural. Así, sueñan en la Argentina con un retroceso que va desde una
política internacional comandada por los acreedores hasta el disciplinamiento de las escuelas en la
ciudad de Buenos Aires, metáfora ideal de la aldea global autoritaria que se desea construir. ¿No
actúa Macri en nombre de una indigente política del miedo con sus edictos ordenancistas, que tienen
grandes apoyos, silenciosos y timoratos en una ciudad de Buenos Aires en la que casi se precisarán
las fuerzas morales del Eternauta para rescatarla de su intensiva indiferencia?
Una ciudad activa, reconocida sede de experiencias populares significativas, de
grandes aventuras intelectuales y artísticas, de buena parte de la historia del movimiento obrero,
desde las huelgas de principio de siglo hasta –si queremos poner una fecha– los
acontecimientos vinculados a la defensa del Frigorífico Lisandro de la Torre en 1959, no puede
quedar en manos de pensamientos que apuestan a lo concreto –“la gente quiere
soluciones”– pero son lo más abstracto concebible. Para oponerle una crítica
imaginativa a estas visiones abstractas que pasan por ser lo concreto, es de lamentar la falta de
una reflexión colectiva en el mundo cultural –la universidad pública habla ocasionalmente
sobre estos temas– o la falta de incisivas críticas más inspiradas que desnuden esas frases
sobre “lo concreto”, que como diría el gran Philip Marlowe sobre un cartel aduanero en
una frontera del país del Norte, “nunca se vio condensar tantas mentiras en tan pocas
palabras”. Sólo la disuasión, el cloroformo masivo que logró impugnar la vitalidad de la
cultura nacional y decretó el reinado de la indiferencia o la inmunización ante lo grave que se
presenta a nuestros ojos, permitió llegar a esa fraseología vacía que sustituye la lengua política
por el marketing y la lavativa de las ideas. Que ha logrado calar hondo en los imaginarios sociales
allí donde cuestiona toda felicidad posible si no se la encarna en una felicidad sostenida sobre el
consumo y la materialidad de la riqueza; donde parecen quedar en el ostracismo existencial quienes
actúan fuera de las luces del shopping center o de la espectacularización amplificada por los
lenguajes massmediáticos. Es la felicidad asociada sólo y únicamente a la figura demandante del
ciudadano-consumidor, de aquel que vive con gusto el desmembramiento de lo público en nombre de lo
privado, de esas intimidades protegidas de contaminaciones insoportables.
La renovación y el horizonte contemporáneo de la cultura no puede ser el de una
actualidad con un único plano y un tiempo lineal, sin historicidad viva, entregándole a la
televisión el control de las pedagogías educacionales, y en el otro extremo, un funcionariado que
baja de las estanterías el festejo que corresponde una vez al año, sin valoración de las exigencias
del lenguaje, sin preguntarse por las prácticas de lectura sociales y sin considerar que se muere
la política si se muere el pensamiento creador en las artes y las ciencias. Peligra, incluso, la
lectura argentina, el lector argentino, a pesar del éxito ferial de las convocatorias específicas
en torno de esa práctica –la lectura– fundadora de sociedades y naciones. Se debe
liberar al arte del modo en que las formas más crudas del mercado lo intentan anexar, tanto para
generar nuevos fetichismos que de hecho han arriado “las banderas de la imaginación”
como, en cuanto a la ciencia, asociándola a jugadas empresariales que ni siquiera se intentaron en
el antepasado capítulo desarrollista de la historia de nuestro país.
No concebimos en el actual momento de la política nacional que estas cuestiones
deban postergarse en el debate, porque son cuestiones del laberinto argentino. Del laberinto hay
que salir con ideas estratégicas para este nuevo siglo. Parte del laberinto es una liviana
consideración de las llamadas “políticas de la memoria” que finalmente la concede al
conjunto de acciones permitidas por las centrales globalizadas de archivo de símbolos de los
pueblos y a los nuevos enciclopedismos desmanteladores. Todos los conocimientos pueden ahora ser
fijados, conservados y preservados, pero sin relaciones singulares entre ellos, sin relieves que
los articulen o que ponderen sus relaciones heterogéneas pero ligadas a la historia de cómo se han
producido. Los efectos de la globalización –más allá que este nombre apologético no es el
adecuado y hay que crear otro– permiten el singularismo desconectado de la historia, la
construcción de una red sin cuerpos ni herencias significativas de lenguaje.
Se hace urgente entonces trazar nuevos planes culturales públicos que no
resuelvan la relación entre la singularidad y los recursos de aprendizaje colectivo con proyectos
reduccionistas que sustituyan prácticas históricas por amuletos que muchas veces son versiones
degradadas de las necesarias innovaciones tecnológicas. Estas nunca ocurren al margen de grandes
módulos de reflexión popular, cultural, intelectual, tanto espontánea como experta. No se trata ni
de burocratizar el pasado festejando a los insurgentes pretéritos como si los reencontráramos en un
mercado de ideas despegado de la vida, no se trata ni de vivir en sociedades regidas por la
desmemoria de los medios de comunicación más concentrados ni por el modo en que éstos reorganizan
el archivo social bajo impulsos del target, las audiencias fragmentadas, el estilo history channel
y el divulgacionismo que aplana el relato crítico de las sociedades. De la misma manera que reducir
las políticas culturales a operaciones de mercado, al glamour heredado de desfiles de moda o
convertirlas en escenificación espectacular y en sponsoreo de grandes empresas, suele ser el
discurso que fascina a aquellos que desde hace mucho rebajan la cultura a su exclusiva dimensión
mercantil articulada a la lógica de lo cuantitativo.
Sólo un nuevo humanismo de fundamentos críticos puede hacer pasar las culturas
colectivas por el estatuto más riguroso de los conocimientos, fusionado entonces con los horizontes
masivos genuinos. Están en nuestro pasado los muertos de muchas luchas que impulsaron la
reconstrucción simultánea del presente y del pasado, como un único gesto inescindible de
conocimiento político. Por eso, pensar la justicia respecto del pasado resulta indesligable,
finalmente, de los modos en que se imagina y materializan actos de justicia respecto del presente.
Los símbolos requieren un trato cuidadoso, porque su mera invocación en un contexto que no les
pertenece los deja al borde de la parodia o la indiferencia, y ésta no es una zona menor del
laberinto argentino.
La discusión actual respecto de los íconos nacionales muestra ese rasgo de su
conflictividad necesaria. Y que esa discusión suceda, exige que no sean tratados con premura ni con
consensos fáciles respecto de creencias sociales que están profundamente delineadas por las fuerzas
mediáticas. Es necesario situar los símbolos en su fragilidad. Ellos no siempre afirman lo mismo y
si se los arroja desligados de una materia experiencial profunda quedan a disposición de sus usos
reaccionarios. Esto es: como negación o como inversión de aquello para los que se los había
convocado.
No es sólo tarea de las instituciones estatales dar esa disputa, pero ellas
tienen mucha responsabilidad al respecto. Deben hacerlo con tanta autonomía de los poderes
culturales fosilizados –aunque se proclamen “independientes”– como con
sensibilidad democrática frente a las diversas expresiones sociales. Deben hacerlo con sus redes
cazadoras de mariposas de sentido, con ojos abiertos a lo que sucede, con perspicacia crítica
respecto de sus límites, con azoramiento hacia lo que desconocen. Instituciones estatales de esa
índole pueden librar la batalla cultural. La conmemoración del Bicentenario debe escapar del
celebracionismo trivial ni debe ser fachada de acciones de fuerzas económicas que la mejor
tradición democrática de nuestras revoluciones fundadoras hubiera rechazado. Debe también ser
festiva, pero sin privarse de movilizar el espíritu investigativo y la potencia crítica intelectual
que permita que el laberinto argentino –la histórica complejidad de las luchas
sociales– protagonice un nuevo capítulo nacional sin sentimiento de embotamiento, liberando y
emancipando las fuerzas de la justicia, de la economía y del arte.
Carta Abierta así lo propugna, porque su vida política es un conjunto de
decisiones simultáneas que surge de las asambleas abiertas, de la integración libre, del
sentimiento emancipado del sujeto público, del antagonismo creador sin cierre conceptual posible,
de la proliferación sin cartilla previa de la cultura crítica universal y nacional y del estado
contingente de interrogación permanente. Y especialmente de las escrituras y reescrituras, que
suponen que cada escritura es a la vez otra, que permite pensarse nuevamente.
Si esto fuera así por obra de una multitud de voluntades, tendrá el efecto, la
extrañeza y el valor que pudo tener la celebración de Castelli en las ruinas de Tiahuanacu el
primer aniversario del 25 de Mayo de 1810.