—Efectivamente, en el voto a Milei hay esperanzas. Diría que son los únicos esperanzados de esta elección. Esa esperanza tiene que ver con la defensa de la libertad, con retirar el peso del Estado que tiene para ellos en su experiencia y la posibilidad de emprender libremente en el mercado. Todo esto puede ser discutible, pero para ellos es algo valioso y afirmativo, no es puramente negativo. También es cierto que hay un elemento de rechazo al conjunto de la clase política y en particular al peronismo, y hay una esperanza de derrotarlo. Hay un uso bastante autocomplaciente de los rivales de Milei respecto de la cuestión del rechazo. Los partidos políticos derrotados tratan de minimizar e infantilizar el voto a Milei como si fuese portador exclusivamente de la bronca. Los partidos tradicionales no quieren hacerse cargo de que se votó contra ellos y necesitan inventar una conspiración o un votante monstruoso para desconocer que hay una parte de la voluntad popular que está en contra de ellos.
—Hablando de infantilizar, esta semana se usó mucho el verbo “explicar” para tratar de convencer al electorado.
—No debería resultar extraño para gente que ha vivido predicando la idea de que hacer política es antagonizar y hacer confluir en una única bandera reivindicaciones diferentes y hasta contradictorias. En la idea de explicar parece que al otro lo habita una confusión, que lo que les propone Milei es ilegítimo. En realidad, desde ese otro lado se ha propuesto la fusión como modo de construir política. Particularmente creo que es así, que hay emblemas que condensan cuestiones contradictorias. Pero no lo mediría con una doble vara y diría que cuando lo condensa Milei está mal y cuando lo condensa otro está bien.
—En una entrevista planteó que Milei levanta una bandera de libertad que estaba disponible desde hace mucho tiempo, incluso antes de los cacerolazos de 2012. ¿Podría profundizar sobre esa idea?
—Hay una corriente electoral y política que viene del fin de la convertibilidad de repudiar a Menem por la corrupción y el populismo, entre comillas, y, al mismo tiempo, rescatar las reformas liberales, la apertura al mundo. Entre 2003 y 2007 esa corriente quedó bastante diluida porque el fracaso de la convertibilidad los había manchado, pero vuelve a expresarse muy intensamente con el conflicto de la 125, donde el campo se pone del lado de la libertad. En 2009 De Narváez hace una reivindicación filmográfica de la libertad y el 8N de 2012 también pone en el centro a la libertad. En ese momento escribí que ante un fracaso de la estrategia del antagonismo todo lo que quedara afuera se iba a unificar en el polo de la libertad, porque ya había un sujeto político emergiendo. En 2015 eso aparece con Macri, se dan toda una serie de desplazamientos se va enfatizando una idea de libertad y finalmente Milei lo retoma con la presidencia de Alberto Fernández. La crisis del gobierno la habilita como reclamo y es un regalo simbólico del centroizquierda, de los nacional-popular democráticos o como quieras llamarlos. No se entiende por qué la tradición democrática popular dejó de invocar la libertad. Quizás por una cuestión disciplinadora táctica se veía a cualquier persona que difería con ellos como un librepensador, como si fueras la peor persona del mundo. El kirchnerismo podría haber ensayado su propia versión de ese valor, aunque no digo que podría haber conjurado la emergencia de este sujeto político. Además, el kirchnerismo en la práctica hizo una serie de reformas democráticas que podrían computarse como avances de la libertad, en un sentido muy diferente al que propone Milei. Por la gestión y los abandonos simbólicos sectores muy importantes del electorado se desplazaron a favor de una versión radical y sesgada del valor de la libertad económica, y al mismo tiempo una crítica de la política, del Estado, del estado del Estado, y del kirchnerismo.
—¿Con qué Milei cree que nos vamos a encontrar entre las Paso y las generales? ¿Va a cambiar de piel? ¿O va a sostener su guión hasta el final?
—Todavía no sé bien. Va depender de lo que hagan sus adversarios políticos. Creo que Milei fue un candidato que siempre crecía por su propia performance y está invirtiendo en su performance. No cambia su programa pero está tratando de ser más aceptable y va a tratar de mostrar la ejecutabilidad de su propuesta. Al mismo tiempo, es una persona principista, y no quiere dejar de decir lo que él considera su verdad. Cada tanto reflota el tema de la venta de órganos, no porque se equivoque sino porque puede perder votos pero no quiere renunciar a sus principios. También, creo yo, porque Milei quiere construir su posibilidad de gobierno sobre la base de sus principios. Igual, él sabe que sus principios generan aliados pero también miedos. No la venta de órganos, pero sí la violencia discursiva con la que plantea un programa de reformas que incluye exclusiones fuertes. Milei pretende legitimarlas bajo la idea de que no está antagonizando con los pobres sino con el kirchnerismo. Esa es otra novedad del discurso de Milei, que es reducir al kirchnerismo a todas las subjetividades que puedan disentir con el programa liberal y dejarlas a esas pegadas a esos electores con un emblema que, te guste o no, ha sido responsable de enlodar toda una serie de banderas que para mí tenías otros posibles destinos.
—Ha planteado que el kirchnerismo tiene un “complejo de secta grande”. ¿Este resultado de Milei puede funcionar como despertador? ¿O va a intensificar este complejo?
—La idea de secta grande aplica no solamente al kirchnerismo, sino a lo que llamo sociedad política ampliada, los dirigentes, los militantes, los científicos sociales, los periodistas, una serie de agentes vinculados a la política, que configuran un 20 por ciento de la población, entonces nadie se ve como minoritario. En este momento los que principalmente pagaron el precio de acomodarse en la secta grande fueron los de Cambiemos, que creían que a Milei lo tenían dimensionado, controlado y no iba a crecer. Nadie lo vio venir a Milei y no sé si todos van a sacar las mismas conclusiones de este fracaso perceptivo. Con ciertos impulsos que está teniendo el kirchnerismo siento que no entendieron nada: están con esta idea de medirle el aceite de las contradicciones a los otros, de enojarse con los electores y salir a decir “morimos con la nuestra”. Algo de eso ocurre en Cambiemos; tal vez sea un rasgo de reflexividad que no están saliendo a hablar tanto. Milei está con envión. Este es su piso, tiendo a creer que va a sacar más votos. No sé si más porcentaje, pero sí más votos.
—Una idea que está dando vueltas en estos días, seguramente por esta necesidad de la sociedad política ampliada de autoengañarse, que plantea que un sector electorado votó a Milei para mandarle un mensaje a la dirigencia política y ahora que llega el momento de la verdad podría retraerse. Por ejemplo, porque considera que no va a garantizar gobernabilidad. ¿Ve esa posibilidad?
—No sé si es tan estratégico para mandar un mensaje y después otro. Puede ser que alguno que lo votó se retraiga, que algunos que no fueron a votar salgan a votar en contra de Milei, y también puede ser que a algunos Milei les dé esperanza y vayan a votar. Puede ser que algunos se asusten con lo que trae Milei bajo el poncho y se asusten y que otros se sumen al entusiasmo. No sabemos cómo va a funcionar eso.
—¿Por qué dice que Milei es un populista?
—No soy un especialista en teoría del populismo, ni me interesa serlo. Además, es un término del que abusamos. En un sentido fácil de la palabra, es un demagogo, promete ilusiones con soluciones fáciles. Después es populista en el sentido del trabajo de María Esperanza Casullo, que define al populismo como un relato de héroes, víctimas y conspiraciones. Es la visión que tiene Milei sobre sí mismo: un caminante solitario que va sumando multitudes, un profeta exitoso, que tiene una misión, que es salvar a la sociedad del empobrecimiento y de los estatistas empobrecedores, y tiene un enemigo que es la casta, a la que se le echa la culpa de todo. También en un sentido más polémico, según el cual se ha identificado contemporáneamente la noción de populismo con gobiernos iliberales, que no respetan las instituciones liberales. Uno encuentra una especie de chavismo de derecha, que dice que no le importa la ley, que tiene la movilización popular, que los periodistas y los jueces son todos corruptos, que van a pasar por arriba de todo. Esa performance que hace con los ministerios que eliminaría, que parece el “exprópiese” de Chávez. No sé si lo hace muy consciente esa performance, pero es muy efectiva.
https://publish.twitter.com/oembed?url=https%3A%2F%2Ftwitter.com%2Frevistaanfibia%2Fstatus%2F1692950663645319600&partner=&hide_thread=false
—¿Qué similitudes y diferencias ve entre Milei y otras derechas radicales con las que él tiene relación, como Bolsonaro, Vox o Trump?
—Hay varias diferencias. La primera es que en Argentina, como en ninguno de los otros casos, la contradicción entre bandos políticos está muy articulada en torno del modelo productivo. El antifeminismo de Milei no es lo que más le suma, sino la promesa de derrotar a la inflación. No es tanto una propuesta de orden como la de Patricia Bullrich, sino una propuesta de economía y disciplina de mercado. Además, Milei en este momento está prometiendo, casi celebratoriamente, la exclusión, bajo la idea de que lo se van a excluir son kirchneristas, no trabajadores, masas empobrecidas. Otra diferencia con Europa, Estados Unidos y Brasil es que en esos lugares los topes institucionales son mucho más fuertes. Aldo Ferrer dijo en su momento que la crisis económica se combina con una altísima contingencia de las instituciones políticas. Eso lo vivimos en el menemismo y en el ascenso del kirchnerismo. Ciertas crisis políticas originan la posibilidad de barajar y dar de nuevo y eso condiciona el margen de posibilidad de Milei, que tiene mucha menos estructura política que la que tenían Trump y Bolsonaro, pero tiene a su favor que la situación es muy fluida. Otra diferencia, sobre todo con Europa, es que Argentina tiene una economía informal cada vez más grande y profunda, y esos electores conforman una caja de resonancia muy fuerte para este tipo de proyectos políticos. Tenés desde el punto de vista de Milei una combinación virtuosa, de hacer un llamado a las masas a la política en la calle, y al mismo tiempo la falta de límites institucionales.
—Milei avanzó sobre el terreno de los trabajadores informales, ¿hay un divorcio definitivo entre ese sector y el peronismo?
—Esta pregunta la voy a responder en dos partes. Veníamos identificando las oportunidades y posibilidades de crecimiento de Milei y veíamos ciertos mundos laborales muy favorables. Ahora uno puede quedarse dormido en esa interpretación porque el proceso político fue avanzando y la capacidad de convocatoria política de Milei fue un viento que arrasó los ranchitos sociodemográficos. Por eso se entiende que Milei tuvo una altísima votación en los sectores populares de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano, y todavía más alta en las provincias, donde convergieron todo tipo de electores. No es que sean exclusivamente trabajadores de Rappi, Uber y programadores, como era el principio cuando empezamos a ver esto con mis colegas Nicolás Welschinger y Ulises Ferro. En la última etapa del proceso político-electoral hubo un incremento de la capacidad de convocatoria de Milei, que se vuelve transversal a las clases y a las situaciones ocupacionales. Por otro lado, lo que le pasó al peronismo no es que no le habló a esos sectores, sino que los resultados de sus políticas económicas les hablaron de una manera que alejó a esos sujetos del kirchnerismo. Después está toda esta cosa machacona, insistente, que aumenta la distancia con el kirchnerismo, porque desconoce los problemas, los minimiza o se pone a hablar de otra cosa. No hay que olvidarse de que el peronismo hizo una de las peores elecciones de su historia. No digo la peor porque el registro de Paso es relativamente breve. En el medio de este año pensaba que el peronismo iba a tener una elección destituyente. Otro problema de una eventual derrota, que no es segura, pero es probable, es que el peronismo va a salir muy fragmentado. Primero tendrá que unificarse para recuperar la posibilidad de diálogo con los sujetos sociales. Una característica de todos los peronismos es que tuvo diálogo con los sujetos sociales actuales. A veces privilegió unos, a veces otros. Pero era consciente del tiempo en que vivía. El peronismo no estuvo siendo tan consciente del tiempo que vivía.