Política

Menem lo hizo

Su gestión generó una pérdida en el poder adquisitivo y un retroceso en los derechos de los trabajadores más el quebranto de la industria nacional, hasta casi su desaparición.

Domingo 14 de Febrero de 2021

Quién puede dudar que Carlos Menem marcó una época. Y en muchos sentidos: político, cultural, ético. Hábil, pícaro, empático y a la vez inescrupuloso, el riojano fue acaso el símbolo máximo de dos características denigrantes, que le bajaron la calidad a la política argentina: la mentira y la corrupción.

Si decía lo que iba a hacer no hubiera ganado las elecciones, comentó alguna vez en referencia a las consignas que lo llevaron al triunfo electoral que lo depositó en la Casa Rosada en 1989: salariazo y revolución productiva.

Muy por el contrario, su gestión generó una pérdida en el poder adquisitivo y un retroceso en los derechos de los trabajadores más el quebranto de la industria nacional, hasta casi su desaparición. Y eso desde el peronismo, al que con su golpe de timón llevó a navegar en las aguas del neoliberalismo. “Si Perón viviera...”, se quejaban los pocos críticos internos que, como el Grupo de los 8 con Chacho Alvarez a la cabeza, se animaron a sacar los pies del plato que el PJ pasó a compartir con la Ucedé de Alvaro y María Julia Alsogaray, los otrora odiados liberales argentinos.

El cinismo sin límites lo llevó incluso hasta a cambiar su principal marca estética: el patilludo que, imitando a Facundo Quiroga, se mezclaba con el pueblo durante los primeros años de la democracia se emprolijó, se puso trajes importados y así pasó a ser rubio y de ojos celestes a los ojos de Bernardo Neustadt y los sectores que se enriquecieron aún más con su política económica, que acentuó la desigualdad y destruyó el patrimonio nacional.

No hubo límites en la entrega que realizó el riojano, aplaudido por muchos que, tiempo después, con el kirchnerismo, aplaudieron todo lo contrario.

Nada importaba. Solo sostenerse en el poder. Disciplinando al peronismo, al sindicalismo y a la oposición que encarnaba un radicalismo absolutamente desprestigiado por el pésimo final del gobierno de Raúl Alfonsín. Ese final fue precipitado por el propio Menem y sus apóstoles, que con Cavallo en el plano externo y operadores berretas como el santafesino Antonio Vanrell en el interno, hicieron un aporte fundamental para que el infierno inflacionario derivara en el estallido social de los saqueos de 1989.

Así, el riojano anticipó su llegada al poder y de entrada dejó en claro, con la concesión del Ministerio de Economía a la multinacional Bunge y Born y las medidas en favor de la impunidad como los indultos, que el suyo era un plan de entrega que se ejecutaba sin obstáculos, mientras él disfrutaba de lo que realmente le gustaba: jugar al básquet y al fútbol con las selecciones argentinas de esos deportes, seducir mujeres famosas, pasear en Ferrari a 200 kilómetros por hora, recibir a celebridades en la residencia de Olivos. La pizza con champán. El peronismo como instrumento político que cosechaba votos en los dos extremos de la pirámide social para hundir definitivamente al que había sido el sujeto histórico que había dado motivo, medio siglo antes, a su creación: la clase trabajadora.

No hay herramienta que alcance para medir el daño que le hizo Menem a la sociedad argentina.

Sus diez años de destrucción de la industria, de los derechos de los trabajadores y de los jubilados, del patrimonio nacional, de la educación y de la ética públicas, sin dudas tienen una incidencia fundamental en los actuales padeceres del país. Incluido el de la violencia que, por caso, hoy azota a la provincia de Santa Fe.

¿Qué otro destino puede tener un país que, a partir de las políticas menemistas, se convirtió en una fábrica de desocupados y pobres que aniquiló la cultura del trabajo e hizo florecer las economías del delito?

Cómo decía su propio eslogan de campaña cuando intentó ser presidente por tercera vez y finalmente se bajó del balotaje ante la segura derrota frente a Néstor Kirchner: Menem lo hizo.

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