"¡Mirá lo que me hicieron!". Esa fue una de las últimas frases que pronunció
ante su familia el comerciante Alfredo Reunica, mientras trataba de taparse la herida de 15
centímetros de largo que le habían abierto en el abdomen. Un rato antes, tres muchachos lo habían
agredido con insultos, trompadas y patadas porque no quiso fiarles la enésima cerveza. El hombre
los persiguió por los pasillos de villa Banana y, en la oscuridad, uno de los agresores lo atacó
con una cuchilla de 30 centímetros de hoja y lo evisceró. Murió antes de llegar al hospital, el día
de su cumpleaños número 43.
Los agresores del comerciante fueron identificados inmediatamente por los
vecinos ya que viven en el barrio, a escasos cien metros del almacén de Reunica. Mientras la
víctima era socorrida por uno de sus amigos, varias decenas de vecinos peregrinaron hasta la casa
de uno de los agresores y la apedrearon.
En un descuido del gentío uno de los sindicados, apodado Negro escapó en un auto
y luego fue detenido por efectivos de la comisaría 13ª en barrio Santa Lucía. Ya en la madrugada
los vecinos le quemaron la casa y desmontaron la vivienda de uno de sus hermanos, también apuntado
como partícipe del homicidio de Reunica.
El entorno. En villa Banana el viernes por la noche una cerveza cotizó como una
vida humana. Ocurrió en una zona que no existe al observar el plano de Rosario, cien metros al sur
del Distrito Oeste de Presidente Perón al 4600. Un escenario de pobreza, con toques de realismo
mágico: para llegar al lugar donde se produjo el crimen hay que transitar ante casas humildes y
lugares como un templo llamado Clínica del Alma o un centro comunitario denominado Brotes de
Esperanza.
Así se arriba hasta la esquina de Gálvez, a esa altura un estrecho pasillo, y
Gutenberg, poco menos que una calle de tierra demarcada por zanjas. A metros de ese cruce se
levanta un pequeño almacén, autodefinido maxiquiosco, que hasta el viernes a la noche regenteaba
Alfredo Reunica, chaqueño, de Resistencia, e hincha fanático de Boca Juniors.
Alfredo vivía en una construcción contigua al local junto a Josefa, su pareja de
45 años, y cuatro hijastros. Uno de ellos, Angel Saravia, de 18 años, presenció la agresión que
terminó con la vida de Alfredo. Ayer al mediodía en el patio de esa casa los vecinos acondicionaban
el lugar para velarlo.
Un día especial.El viernes no era un día cualquiera para la familia: Alfredo
cumplía 43 años. Por la tarde sacó los parlantes a la vereda y se puso a escuchar música mientras
despachaba. A lo largo de la tarde tres muchachos —uno apodado Negro, otro Maco y un
menor— fueron más de una vez a comprar cerveza. "Vinieron varias veces y siempre tuvieron un
problema. O le pagaban con menos o lo jodían para les fiara las cervezas", relató Angel.
Así llegaron a las 22.30. Otra vez los tres llegaron a buscar cerveza al quiosco
de Alfredo. "Che, no seas forro y fiame la cerveza", le dijo uno del trío al comerciante. "Papá, no
te puedo fiar porque les tengo que pagar a los proveedores", le respondió Alfredo. Y entonces todo
se desmadró. El grupo de tres comenzó a tirarle piedras al comerciante y este trató de correrlos
del lugar.
"Lo agarraron entre los tres y lo golpearon. Lo tiraron al piso, le dieron
trompadas y patadas. Hasta que mi papá se pudo levantar", recordó Angel. "Agarró un chicote
(similar a un rebenque) y los empezó a correr a los tres", rememoró. En la oscuridad de la noche,
Alfredo corrió a sus agresores unos cien metros hacia el interior de la villa. Entró en un pasillo
a la altura de Riobamba. A los pocos segundos salió de ese lugar con un corte de 15 centímetros en
el abdomen. Eviscerado cayó en los brazos de Angel, Josefa y uno de sus amigos.
El hecho de sangre cortó al ras la calma del asentamiento. Ramón, un amigo de
Alfredo, lo cargó en un auto y lo llevó al Hospital Clemente Alvarez. Pero el hombre llegó muerto.
Mientras eso pasaba, los vecinos del comerciante fueron a buscar revancha hasta un grupo de casas
ubicadas a unos cien metros, en la esquina de una cancha de Pascual Rosas al 2700, donde residían
los agresores.
Bronca.Primero hubo cascotazos e insultos, pero luego se retiraron ante la
inminente presencia de la policía. El apodado Negro aprovechó el repliegue de los allegados a
Reunica para huir en un auto con un vecino. Eso, y la noticia de que Alfredo había muerto,
enardeció aún más a los vecinos, quienes volvieron a la canchita y quemaron la casa del Negro y
desmontaron la de uno de sus hermanos.
Luego fue capturado por efectivos de la 13ª, ya de madrugada, en barrio Santa
Lucía. Los otros agresores están prófugos. Ayer en villa Banana había voces encontradas sobre si
sería o no el autor material del crimen, aunque nadie dudaba que había participado. La policía
indicó que tiene dos antecedentes menores. El detenido quedó a disposición del juzgado de
Instrucción 4ª. Investigan la comisaría 13ª y la sección Homicidios.