"Queremos un empleado penitenciario cuya jerarquía no sólo esté dada por el
rango sino también por la capacidad. Sólo así podremos romper con la estructura verticalizada y
militarista que impera en el Servicio Penitenciario (SP) desde hace muchísimos años". La frase
corresponde a Gabriel Fajardo, un abogado que hace cuatro meses fue designado al frente de la
Dirección Provincial de Capacitación Penitenciaria.
Fajardo sabe que el trabajo que tiene por delante es
sumamente arduo pero —en plural— admite: "No queremos renunciar al sueño que nos hemos
propuesto". Es que como en tantas otras áreas del novel gobierno santafesino, el acento está puesto
en un cambio profundo de saberes y haceres, en una casi utópica reforma cultural de las
estructuras.
Cambio profundo. Para encarar esta empresa, Fajardo plantea que es necesario
cambiar "la cultura institucional, las modalidades de trabajo, las concepciones sobre la función de
los agentes y otras cosas que van a llevar mucho tiempo". Pero la tarea, dice, "ya está en marcha a
través de cursos tendientes a romper los viejos esquemas".
En ese orden, el jueves quedó inaugurado en Santa Fe el
ciclo lectivo 2008-2009 para la capacitación de nuevos agentes. El profesional dijo a
La Capital que se trata de un programa de dos años que responde a los estándares de las
Naciones Unidas para la formación del personal penitenciario y que tiene por objetivo "un
aprendizaje dirigido a la profesionalización y jerarquización". El proceso, como el que se da en la
policía, tiende a una transición entre la "antigua" escuela y el recientemente creado Instituto
Superior de Capacitación Penitenciaria que otorgará títulos terciarios.
"Queremos que el empleado pueda armar su propio itinerario
y no como ocurre ahora, que está sujeto a las necesidades aleatorias de cada unidad. Hoy los
destinos pueden ser cambiados de un día para otro y eso es riesgoso para el sistema y para el
agente", dice Fajardo.
A partir de ese diagnóstico, el director apunta a
establecer cursos electivos dentro de la carrera. Y ejemplifica: "Si un agente prefiere la
seguridad penitenciaria tendrá cursos sobre condiciones, traslados, seguridad perimetral, requisas.
Si opta por lo administrativo será formado en contabilidad, logística, licitaciones. Si su opción
es la asistencia recibirá formación en comunicación, psicología, sociología, resolución de
conflictos, mediación. Cada curso sostenido en un bloque teórico jurídico que contemple el
conocimiento de los derechos humanos, el derecho constitucional y el derecho penal".
Lo que hay. "La situación es compleja. Hoy el personal penitenciario tiene que
viajar varios kilómetros a su lugar de trabajo, hacer una tarea delicada y en un ámbito que por
naturaleza es violento. Con un régimen de 24 horas de trabajo por 48 de descanso pero con extremas
dificultades de acceso a las licencias y sobrecarga de servicios por la falta de personal. Todo eso
conforma una tradición institucional que atenta contra el trabajo".
En ese sentido, Fajardo dijo que "el encierro lleva a que
los agentes sean tan presos como los presos", lo que impone "liberar ciertas cuestiones de la
cultura institucional". Para lograr ese objetivo, echa mano al pedagogo brasileño Paulo Freire:
"Solo es capaz de liberación un oprimido, los opresores no son capaces de liberar ni de liberarse",
repite. "La mejor manera de asegurar los derechos humanos de los internos es comenzar asegurando
los del personal", agrega, aunque remarca que "esto es política de mediano y largo plazo, no un
parche".
Asimismo, reconoce que el encierro del personal lo lleva
muchas veces a una mimetización con los internos. "Debe haber conciencia de la diferencia, pero
también de lo que hay de igual entre ellos. Hay que hacerle entender a ambas partes que el otro
siempre es un otro pero también es uno mismo. Que el preso se comporte como preso es lo esperable,
pero preocupa que el personal penitenciario se comporte como preso. Allí hay que robustecer la
ética del empleo público y tratar de que estos hombres se sientan orgullosos de su función".
Los unos y los otros. En esa lógica, Fajardo remarcó que "los agentes suelen
ser víctimas de agresiones, pero sobre todo de las invitaciones de los internos a comportarse
erróneamente". Cree que "si es posible integrar un personal con capacidad para no engancharse con
esas invitaciones, habrá un empleado autónomo y con posibilidad de pensarse a futuro".
Siguiendo ese discurso, Fajardo reconoce que "muchas veces
los agentes dicen «los presos tienen derechos y nosotros no». Lo cierto es que no hay canales por
los que puedan elevar planteos. Desde hace tiempo hay mesas de diálogo con los presos, pero recién
ahora se están estableciendo con los agentes. Es allí donde deben poner la palabra para
democratizar el espacio ante la imposibilidad jurídica de agremiarse. No queremos que estos hombres
crean que los derechos humanos protegen a los internos y que ellos sólo lesionan esos derechos.
Ellos también tienen sus derechos".
Finalmente, Fajardo afirma que entre esos derechos está
"participar en la recuperación de su carrera penitenciaria. Cada empleado debe construir su propio
futuro al interior del SP, Sólo así podremos romper con la lógica vertical y militarista que impera
en la institución".