Policiales

El encuentro de dos hermanas que se interrumpió por un femicidio

Daiana Armanino tenía 23 años cuando Walter Santos Gómez la mató de un balazo. El joven espera preso el juicio y la hermana de la víctima pide justicia.

Domingo 07 de Octubre de 2018

Le avisaron por teléfono al día siguiente. Walter le había pegado un tiro a Daiana y estaba preso. Alejandra se subió a un remís, le pidió al chofer que la llevara hasta villa Itatí y llamó de nuevo. Quería saber dónde estaba la hermana que había conocido hacía menos de dos meses, porque no le quedaba claro, no había entendido o no había querido entender. "En la morgue mami, dónde va a estar", le dijeron. Era el 13 de septiembre de 2016 y la noche anterior el nombre de Daiana quedó escrito entre los 290 femicidios que ese año se registraron en Argentina. Daiana Armanino tenía 23 años, estaba embarazada y tenía tres hijos chiquitos. La más grande tenía seis años y desde atrás de una puerta vio cuando Walter Santos Gómez, la pareja de su mamá, le pegaba un tiro en el pecho. Su relato es una de las pruebas más fuertes en el juicio que debía comenzar este mes.

Alejandra Ferreño tiene dos nombres, uno que usó toda la vida, el que le pusieron su papá y su mamá adoptivos, y otro que conoció cuando tenía 12 años y la llevaron a donar juguetes al hogar de huérfanos en el que había estado cuando era bebé: Antonela Romero. La primera vez que respondió a ese nombre fue en 2016. Tenía ya 20 años y llegó a villa Itatí en la camioneta de su novio. Buscaba la dirección que le había pasado el detective privado que había contactado por internet. "Se vende gelatina", anunciaba un cartel en la casa de Garibaldi al 2000 que ya había visto por Google Maps. "Soy Alejandra, la hija de Verónica", le dijo a una mujer que, flanqueada por dos perros, la miró extrañada antes de abrazarla y llamarla Antonela. Era su bisabuela. Verónica, su mamá biológica, había muerto en 2007.

Una relación intensa

"La relación que tuve con Daiana duró poco tiempo, pero fue muy intensa". En el relato de Alejandra sus dos nombres se entremezclan. También se cruzan la vida que tuvo como hija única en una familia de clase media, como alumna de un colegio católico céntirico y socia de Gimnasia y Esgrima; con esa que pudo pasar en villa Itatí, un barrio postergado al que fue a buscar a su familia biológica con sólo una dirección y dos nombres: el de una tía y el de Daiana, su hermana mayor.

A Daiana la conoció media hora más tarde de encontrar a su bisabuela y a los vecinos que la recordaban de cuando era bebé. "Antonela volvió". El mensaje pasó de una casa a la otra. "En un momento escucho «ahí viene la hermana». Pero al primero que vi fue a un nene igual a mi hijo. Era el hijo de Dai". Alejandra no se reconoce en los rasgos de su hermana pero todos dicen que son iguales. Y también los hijos de ambas, que tuvieron a los 17 años.

Recaudos

"Ella sabía de mí. Me decía que era increíble, que había soñado con encontrarme un montón de veces pero nunca se lo había imaginado de esa manera. Me pasó el teléfono de Walter". Daiana no tenía celular. Todas las comunicaciones que mantenía eran filtradas por su pareja.

"Yo para querer tengo recaudos. Al principio me daba miedo relacionarme con Daiana porque no la conocía y habíamos tenido vidas distintas. Siempre me costó aferrarme a las personas, no me gusta perderlas", recuerda Alejandra, quien también a los 17 años perdió a su mamá "del corazón". Y a lo mejor por el impacto que le generó el encuentro con sus nuevos viejos amores es que a los 15 días de conocer a su familia de sangre se distanció. "Yo estaba pasando una mala época y no quería ver a nadie". Pero Daiana insistió.

"Nuestros momentos más intensos fueron en esa época". Alejandra recuerda una de las visitas. Salieron a caminar y cruzaron a unas personas que les ofrecieron chipacitos. Les preguntaron de dónde se conocían. "Les contamos la historia y me acuerdo que ella me miró y casi llorando les dijo que era su hermanita menor y que no me iba a perder nunca más. Fue tan fuerte que no pude ni abrazarla. Sentí amor incondicional".

Alejandra escribió una vez: "¿Quién era Daiana? Era una piba de barrio que iba por la vida haciendo cagadas, pero siempre con mucha luz. Su sonrisa brillaba tanto que iluminaba hasta el pasillo más oscuro de la villa. Su amor por sus tres hijos era tan grande que podía arreglar el corazón roto de la persona más fría que haya conocido alguna vez. Su mirada tan triste que nunca la pude descifrar, porque su risa me opacaba todo lo que tenía adelante. Me llenaba el corazón. Daiana era mi hermana. La conocí y me sentí completa por primera vez, no necesitaba más nada si ella estaba cerca". Alejandra quiere escribir la historia de Antonela y Daiana, pero dice que antes necesita ponerle fin a la otra historia que le tocó vivir junto a su hermana, esa que la tuvo como víctima de un femicidio.

Un crimen, una testigo

Walter Santos Gómez, de 35 años, está preso desde el 12 de septiembre de 2016, día en que, según la acusación del fiscal Luis Schiappa Pietra asesinó con un revólver calibre 38 a su pareja, Daiana Armanino, de 23 años, en la casa que compartían en Rouillón y Bielsa.

Gómez tenía una coartada: dijo que Daiana se había suicidado. Pero la hija mayor de la joven, de 6 años, le dijo al fiscal lo que había visto escondida detrás de una puerta: "Walter hizo pum, pum. Y ahora mamá está en el cielo". La conversación entre la nena y el fiscal fue grabada como prueba del expediente. Poco después, la niña ratificó su relato en Cámara Gesell y es una de las principales pruebas en el juicio contra Gómez, que lleva más de dos años preso.

El 6 de setiembre el juez Hernán Postma le extendió la prisión preventiva hasta que se realice el juicio en su contra, en el que podría recibir la pena de prisión perpetua. La fecha de inicio del debate estaba "sobreagendada" para este mes, pero la sobrecarga del sistema penal en Rosario hizo que se postergara con fecha incierta. La defensa de Gómez apeló la resolución judicial que lo hace permanecer preso y mañana, a las 9, el asunto se debatirá en la Cámara de Apelaciones.

Alejandra asistió a cada una de las audiencias que tuvieron a Gómez en el banquillo. Una vez escribió sobre él: "Walter es de esas personas que necesitan demostrar todo el tiempo que lo suyo es mejor que lo de los demás. Que todo objeto que él posee es increíble. Aunque no sea así, aunque ni él se la crea y aunque ni a él le guste la mierda de la que tanto alardea. Ya sea su auto, su casa, su celular o hasta su «amor por Dios» (sí señores, un asesino que ama a Dios). En pocas palabras, él siempre es mejor que cualquiera. El personaje éste alardeaba de casi cualquier cosa de la que era dueño. Hasta de Daiana, de su relación con ella y de cuánto la amaba. Aunque de las puertas para adentro la corriera con una picana eléctrica para dársela en la panza, aunque la maltratara física y mentalmente de todas las formas que se les ocurran. Eso no importaba, él quería que el mundo pensara que la amaba. Para él y para muchos otros, las mujeres somos objetos desechables que cuando ya no nos quieren, cuando tienen miedo de que arruinemos su estatus de hombre perfecto, o simplemente queramos irnos de su lado. Cuando se ven expuestos y necesitan desechar el «objeto», nos pegan un tiro en las costillas dejando que nos desangremos, mientras que el resto que nos queda de sangre se mete en nuestros pulmones dejándonos sin aire".

Pedido de justicia

Una noche de esos casi dos meses que compartió con su hermana, Alejandra estaba en casa de Daiana y tuvieron que ir de urgencia a una farmacia. Las llevó Walter en su auto. "Se va a asustar tu hermanita si le muestro ésto", dijo él, y le mostró un arma que después guardó en la guantera. Alejandra se lo reprochó pero no lo entendió como una muestra manifiesta de poder sobre ellas.

Otro día, Daiana le dijo que, si alguna vez aparecía muerta, lo fueran a buscar a Walter. Alejandra creyó que era parte del humor negro que ella y Daiana compartían. Después del 12 de septiembre de 2016, esos momentos cobraron un nuevo sentido.

Para Alejandra conocer a su otra familia y vivir el femicidio de Daiana la obligó a desprenderse, en un par de meses, de muchos prejuicios que la atravesaban. Prejuicios de clase, ideológicos y también de género. Porque sólo cuando fue también Antonela debió aferrarse a la consigna de #NiUnaMenos y exigir, desde hace dos años, justicia por Daiana Armanino.

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