La camioneta fundida a tiros, los cuerpos tumbados en el pavimento y la acción de los médicos acaparaban la escena a diez minutos de ocurrido el atentado frente al Distrito Sudoeste. Pero a Leonardo U., un cabo de la policía que vive en esa esquina y volvía de trabajar, otra cosa le captó la atención. "Al llegar a la puerta de mi casa vi a dos chicos de 7 u 8 años que estaban llorando en la vereda por Acevedo. Al lado estaba la camioneta negra y muchos móviles policiales. Se podía ver a una mujer al lado de ellos tendida en el piso y a un hombre que tenía la cara llena de sangre. No me interioricé mucho por lo que estaba pasando porque había policías pero sí me preocupé por esos niños que estaban llorando junto a la señora herida. Ante esta situación me llevé a los nenes a mi casa y les comenté lo que pasó a dos policías de la seccional 18ª, que me pidieron que llevara a los niños a esa comisaría".





























