Policiales

De películas, series y protagonistas que inspiran a las bandas delictivas locales

Personajes como Tony Montana y Pablo Escobar o un filme como Ciudad de Dios impactan en la construcción de identidad de jóvenes tiratiros rosarinos

Lunes 21 de Junio de 2021

En la última semana se conoció el trasfondo de la imputación a la banda que Alejandro “Chuky Monedita” Núñez comandaba desde la cárcel de Piñero. En el celular de uno de los detenidos había conversaciones entre los jóvenes tiratiros del grupo y en una de ellas hablaban de cometer un “ataque soviético” contra otras personas. Se trata de un término utilizado en la película “Ciudad de Dios”, que narra la violencia narco en una favela de Río de Janeiro. No es la primera vez que de investigaciones sobre bandas delictivas de Rosario surgen menciones a películas o series televisivas con temática narco. Un fenómeno que habla de la construcción de identidad y cómo impactan en ese proceso, y también en el despliegue de la violencia, las producciones de la industria cultural.

“No pasa nada, quédense ahí boludo, llegan a hacerse los pillos vamos a ir y les vamos a dar un ataque soviético, bien piola”, fue el mensaje que uno de los imputados como parte de la banda de Chuky Monedita le mandó a otro en referencia a la bronca con una banda del barrio Tablada. El término “ataque soviético” surge de Ciudad de Dios, una película brasileña estrenada en el año 2002 que se transformó en una pieza de culto por su abordaje sobre la temática narco y la violencia desplegada en las favelas de Río de Janeiro. En la escena final un grupo de niños y adolescentes que había crecido en ese contexto y aspiraba a erigirse como grupo criminal emboscó a Ze Pequeño, el jefe de la favela, y lo acribilló al grito de “ataque soviético” portando armas de grueso calibre y de origen ruso.

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No es esta la primera mención a producciones culturales con temática narco que surgen de investigaciones judiciales sobre bandas de Rosario. Un caso reciente fue el de Lucas Espinoza, un joven de 19 años que se hacía llamar “Berraco” (derivado de “verraco”), término utilizado en Colombia pero que se popularizó con la serie “Pablo Escobar, el patrón del mal” sobre la vida del narcotraficante asesinado en 1993. Espinoza fue imputado a fines de abril de 2020 por el crimen de Felipe Schneider, un hombre de 65 años baleado en diciembre de 2019. También le achacaron varias balaceras en una causa que entre sus evidencias tiene escuchas en las que el chico dice tirar tiros desde los 13 años.

Culto al narco

El fiscal de la Agencia de Criminalidad Organizada y Delitos Complejos Matías Edery, quien imputó a Espinoza, cuenta que es muy frecuente encontrar en allanamientos o investigaciones referencias a películas y series televisivas con temática narco. Sin ir más lejos en sus archivos hay al menos cuatro personas que se hacen llamar “Berraco”.

Otro personaje que se ha convertido en una suerte de fetiche es “Tony Montana”, interpretado por Al Pacino en la película “Scarface”. El film, dirigido por Brian De Palma y estrenado en 1983, trata sobre un narcotraficante cubano hiperviolento que despliega su negocio en Miami. El nombre de Montana aparece en algunas investigaciones por transeros que se hacen llamar así, pero sobre todo hay un culto hacia su imagen, que no deja de ser la imagen de un actor, reflejada particularmente en las redes sociales de jóvenes investigados. El fiscal Edery dice que incluso en muchos allanamientos se ven cuadros de Tony Montana pegados en las habitaciones de los acusados.

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Al Pacino en su personaje de Tony Montana, el narco cubano de la película Scarface que hoy algunos jóvenes idolatran.

Al Pacino en su personaje de Tony Montana, el narco cubano de la película Scarface que hoy algunos jóvenes idolatran.

Los ejemplos sobre cómo estas producciones evidentemente influyen en el comportamiento de las bandas locales superan el plano simbólico y repercuten también en la calle. Desde hace unos años se popularizaron los carteles amenazantes con leyendas al estilo “plata o plomo”, otro derivado de las series sobre la vida de Pablo Escobar. Edery dice que hay otras modalidades, como las balas con nombres grabados a punta de cuchillo que suelen dejarse como amenazas. En otras ocasiones, cuando se lleva a cabo un secuestro por orden de un jefe que está preso, se realizan videollamadas que para el fiscal son “la última advertencia”.

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En relación a casos más extremos Edery cita como ejemplo la comunicación en la que Brandon Bay, cabeza de la banda de “Los gorditos”, habla de descuartizar a una persona. “Te mando un video con una motosierra fijate cómo lo voy a cortar en pedazos, bien a lo mexicano le voy a dar”, dice el mensaje. “La cultura de esos lugares está llegando a través de esas series”, analiza Edery, que además advierte que incluso en las cárceles se tiene acceso a ese tipo de producciones.

Vivir la vida como una película o una serie no convierte a la realidad en ficción. Espinoza, quien llevará el apodo de Berraco con orgullo, no solo cayó preso por sus delitos sino que meses después, en junio de 2020, sufrió el asesinato de su madre, baleada en el ingreso de un pasillo de barrio Tablada. Otro ejemplo es el final trágico de Diego Fabio Mujica, el trapero conocido como Mujikha que en junio de 2020 fue asesinado a balazos a los 24 años. En sus redes el músico no solo posaba con armas de fuego de todo tipo, sino que también publicaba montajes fotográficos en los que aparecía vestido como Tony Montana.

Jóvenes y violencia

Un trabajador del Centro Especializado de Responsabilidad Juvenil (Cerpj), el ex IRAR, cuenta que desde hace unos años entre los jóvenes en conflicto con la ley penal que pasan por la institución hubo un aumento en la afinidad por las series con temática narco. “Antes pedían ver «El polaquito», ahora piden ver las series de Pablo Escobar. Se las vieron todas. Después se empiezan a llamar así, a repetir frases”, cuenta.

Es claro que el consumo de este tipo de producciones es transversal a los sectores sociales, aunque para este trabajador “la clase media tiene otra forma de asimilarlo pero los pibes ven eso y después quieren hacerlo”. Eso se condice con lo que Edery manifiesta que surge de las investigaciones en Fiscalía: hay una relación entre lo que se consume y lo que se refleja en las calles.

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Hace unas semanas en el Cerpj se impidió el acceso de un cuadro que un familiar de un chico le había llevado un día de visita. Se trataba de un dibujo de Pablo Escobar apuntando con dos armas de fuego y una lluvia de dólares que caía sobre él. Ese caso grafica algo que este trabajador detecta como un proceso que se fue dando con el paso de los años: “Antes el que era transa o soldadito lo ocultaba porque era despectivo, era motivo de cargada. Hoy hay dos sectores que se asumen abiertamente como narcos”.

Una contracara

En mayo pasado Marcos Samuel Basavilbaso, un adolescente de 15 años, fue asesinado a balazos dentro de su casa de Lincoln al 2900, barrio Tablada. Según comentó un vecino a este diario el chico “andaba con mala junta” y él mismo le había avisado que se “había mandado una cagada”. A unos 200 metros de donde lo mataron, Marcos había participado de la organización social Rancho Aparte, en la cual integraba un taller de cine comunitario.

Lourdes, una de las talleristas de ese espacio, cuenta que la iniciativa surgió en 2017 y tuvo como disparador las producciones del cineasta César González, oriundo de la villa Carlos Gardel de Buenos Aires. “Los pibes se coparon porque había cierta identificación. Nos preguntamos de dónde venían estas historias y los chicos se entusiasmaron porque vieron que podían hacer algo así”, contó Lourdes.

Desde un principio hubo un desafío: poner el interés de los pibes en otras producciones más allá de El Marginal o las series de Netflix con temática narco. “Era inevitable que los pibes lleven ese tipo de historias, pero propusimos desentrañarlas. Nos preguntamos si realmente era así el tránsito de una persona por una unidad penitenciaria”, indicó la tallerista en relación a la serie El Marginal que aborda una trama ficticia dentro de una prisión.

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La dinámica del taller consistió en salir al barrio a filmar. “Eso no solo hizo que logremos un uso del espacio público, sino que los vecinos se coparan para que fuéramos a filmar”, contó Lourdes. Marcos Basavilbaso, por ejemplo, protagonizó el tráiler de una de esas producciones. “Eran historias ficticias pero había una identificación, porque no dejaban de contar cuestiones que a ellos los atravesaban, que eran sus propias historias de vida”, agrega la tallerista. En esa experiencia, destaca, los chicos encontraron el incentivo de “ser productores de cultura”.

Materia de estudio

Una investigación del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), dirigida por el académico argentino Esteban Mizrahi, se centra en las series “Narcos” y “Pablo Escobar, el patrón del mal”. Lo primero que advierte este estudio es que se trata de producciones que tuvieron un incuestionable éxito de audiencia, por lo cual desde un principio se destaca que ante todo la llamada “narcocultura” es una fuente de ingreso regida por las leyes del mercado.

La cuestión pasa por el efecto que generan estas producciones en las distintas audiencias. Para quienes no viven en carne propia la problemática de la violencia y el narcotráfico estas series son el canal a través de la cual se les explica un negocio clandestino internacional. Según el análisis de Clacso son “ficciones que permiten leer el modo en que la sociedad construye imaginarios acerca de este fenómeno tan clandestino como omnipresente”.

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La investigación advierte que estas producciones “intentan justificar las acciones de gobierno”. De Pablo Escobar, el patrón del mal, explican que presenta “a políticos colombianos, víctimas de Pablo Escobar, como personas honorables que lucharon contra el narcotráfico y dejaron su vida sin poder con instituciones corruptas sobornadas por los capos mafiosos”. Sobre Narcos, producción norteamericana, analizan: “Pretende justificar la intrusión de Estados Unidos en Latinoamérica valiéndose de la máscara de la lucha contra las drogas”.

Los autores también destacan la necesidad de evitar una “interpretación moralizante de estos fenómenos” para no atribuir los efectos de su consumo “a una sociedad enferma, amante del dinero fácil, proclive al sentir mafioso, capaz de encontrar inspiración en cualquier historia y personaje que muestre astucia y capacidad para enriquecerse en corto tiempo”. En ese sentido apuntan a “comprender las condiciones sociales de aparición de una figura tan convocante”. “Solo sobre la base del desamparo que sienten los sectores más vulnerables de la sociedad frente a la ausencia del Estado y sus instituciones puede un narcotraficante erigirse como figura protectora”, indican.

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