Policiales

"No toda la violencia que se ve en los barrios está ligada al narcotráfico"

Lo afirma Eugenia Cozzi, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Becaria postdoctoral del Conicet e integrante de la Multisectorial contra la Violencia Institucional de Rosario.

Domingo 24 de Marzo de 2019

"No toda la violencia que se genera en los barrios está ligada al narcotráfico. Son los propios pibes los que dicen esto". La afirmación corresponde a la doctora Eugenia Cozzi, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) que investigó la participación de jóvenes de sectores populares en situaciones de violencia en los barrios de la zona sur de ciudad analizando tres generaciones ligadas al delito y cuyas conclusiones se plasman en su tesis doctoral: "De ladrones a narcos. Violencia, delitos y búsqueda de reconocimiento. Tres generaciones de jóvenes en un barrio de Rosario". Allí se aportan elementos para complejizar la mirada respecto a esos pibes que transitan los arrabales del delito y los límites impuestos por las formas tradicionales de pensar la violencia juvenil. En un diálogo con este diario, Cozzi complejiza el debate para esquivar la chatura. Una charla donde los conceptos académicos se entremezclan con el vocabulario callejero.

Dos semanas atrás la exposición de la historia de Yair, un pibe de 18 años que vive en barrio Tablada y fue imputado por una serie de delitos violentos, puso sobre la mesa de debate la vida de una generación de jóvenes sub 20 dedicada a intimidar, muchas veces llegando al asesinato. Pibes que buscan consolidar su nombre a base de sangre, plomo y miedo. Una generación de chicos que parecen desechables. Y una de las preguntas que quedó flotando es si estos muchachos son producto del narcotráfico o si más allá de esa categoría buscan hacerse "cartel" a partir de la violencia armada.

—¿La violencia en Rosario sólo puede explicarse por el narcotráfico?

—Tenemos que desarmar la categoría narcotráfico, porque bajo esa marca se agrupan actividades muy diversas que involucran diferentes niveles de poder y de ganancias. ¿Vamos a llamar de la misma manera al que vende un porro en la esquina que al que está en transacciones internacionales? Hay un problema con la categoría narcotráfico que oscurece más que iluminar. Al mismo tiempo es una categoría autoexplicativa de un montón de fenómenos, por ejemplo el aumento de la violencia en Rosario. Eso no implica que no haya algún vinculo entre la expansión de un mercado ilegal de drogas y el aumento de la conflictividad y que eso se vea reflejado en la cantidad de homicidios. Entonces aparece el narcotráfico ligado a los sectores populares cuando es un mercado que involucra a distintos sectores de modo diferente.

—¿Los pibes en los barrios ven que no todo es narco?

—Quienes dicen «no todo es narcotráfico» son los propios pibes. Ellos rechazan esa explicación externa, hegemónica, que homogeniza todos los conflictos y la violencia entre los pibes. No hay una guerra narco.

—¿Qué otros elementos se pueden valorar?

—Lo que rechazan los pibes es que haya una violencia instrumental por la disputa de un territorio. Esa violencia en la que están inmersos tiene mucho de instrumental pero también de expresivo y de productivo en términos de construir prestigio, honor, muy ligado a formas hegemónicas de masculinidad. De la forma que la sociedad construye masculinidad hegemónica.

—En ese contexto la circulación de armas se presenta como lo más peligroso.

—Totalmente. Ahora un punto de venta de drogas en un barrio genera conflicto. Y eso puede derivar en conflictos que terminen en muerte. Pero es mucho más complejo. Los pibes nos decían: «Acá no hay una guerra narco, los pibes se quieren hacer ver». ¿Cómo se puede interpretar eso? Los pibes lo que están construyendo es una imagen, honor o poder con los materiales socialmente disponibles para eso. ¿Cuáles son esos materiales para que un pibe sea alguien, aparezca en el diario y se hable de él?

—El prejuicio lleva a pensar que los tiratiros aman la violencia.

—La mayoría de los pibes no quieren atravesar ese mundo. Porque así como es muy atractivo, genera poder, prestigio y les permite acceder a bienes suntuosos; también saben que dura poco, los satura y es un camino plagado de sufrimiento. Es atractivo y adrenalínico pero el precio es el sufrimiento. Son pibes que tienen una experiencia con la muerte mucho más cotidiana que sus pares de otros sectores sociales. Tienen amigos muertos, hermanos muertos, padres muertos. Es una experiencia que esta a la vuelta de la esquina, cotidiana. Y no es que esa muerte está naturalizada porque los pibes la siguen sufriendo, homenajean a sus muertos, y eso se ve al caminar por los barrios de Rosario. En las zonas populares ves murales de los pibes muertos. Eso habla de una forma de construir memoria y de plantear que no son muertes que no les importan a nadie. No les importan a una mayoría de la sociedad pero no son muertos que no les importen a ellos.

—¿Se percibe desde los medios una visión elitista hacia esas muertes?

—Creo que desde los medios se busca una mirada hegemónica que tranquilice y construya una visión tajante entre «ellos y nosotros». Y «ellos» son los responsables de todos nuestros males. Además, hay un contexto de momento económico en el cual el gobierno nacional plantea políticas económicas de ajuste en muy poco tiempo, que son muy significativas y generan conflictos. Creo que los medios construyen miradas hegemónicas demasiado homogéneas. Construyen imágenes que no condicen con lo que sucede y esas imágenes generan efectos políticos. En Rosario hay muy buen periodismo policial y eso permite que se puedan colar otros tipos de narrativas e interpretaciones.

—¿Ser «soldadito» da prestigio?

—No es cierto que todo los pibes quieran ser soldaditos. Los chicos que entrevisté y que tenían 20 años te describían esa experiencia de manera muy similar a participar del mercado de trabajo informal. Muy opresivo. Te decían «todos quieren ser narcos pero terminan siendo las piernas de otros». Como ésto se volvió un supermercado, no se tiene un montón de gente dueña de su negocio sino que tenés jefes y empleados. Y eso genera mayor conflictividad. Hay que poder desarmar la idea de que no todo es narcotráfico y la circulación de la violencia en los barrios es mucho más compleja. Tiene que ver con el mercado de armas y qué materiales están socialmente disponibles para construir ese ser alguien o el cartel. Lo que quiere todo el mundo: ser reconocido.

—¿Y que pasa con las pibas?

—Es interesante lo que pasa con ellas en este contexto. Lo que aparece al analizar la tercera generación (según la tésis) es que las pibas comienzan a participar en estos circuitos a la par de los varones. No con su rol tradicional más ligado al mundo doméstico sino en la parada de la esquina. Y eso también genera conflictos. Hay que producir información sobre ese punto.

—Históricamente la mujer es la que banca al hombre cuando está preso.

—La mujer no tiene la necesidad de construir una imagen a los tiros. Las feminidades hegemónicas no están construidas de ese modo.

—¿Y los «tiratiros»?

   —Tiratiros es una denominacion que nace de los propios pibes. Encarna esa violencia para hacer cartel. Yo entreviste personas de 50 años que me hacían relatos de sus años de juventud muy similares al de los pibes de 20 de hoy en relación al uso de la violencia.

—El «tiratiros», el «soldado», el ladrón, ¿son marcas de identidad?

—Creo que no hay que pensar al soldado, al ladrón o al tiratiros como construcciones identitarias. Son posiciones. Un mismo pibe puede en algún momento estar vinculado al mercado como soldadito, pero en otro momento puede salir a robar y construir un cartel ligado al «choro». Esas posiciones tienen lugares jerárquicos en el mundo del delito. Hay carteles que valen más que otros. Por ejemplo el soldadito o el bunkero (aquel que vendía droga dentro del búnker) son los que están abajo de todo. El bunkero era el peor visto porque ni siquiera tenía chance de mostrar su destreza con un arma defendiendo el lugar de venta. El narco es cabeza de la pirámide. Y es un lugar al que muchos aspiran. No es que nadie quiere ser narco. Pero la posición de narco exitoso no está disponible para todo el mundo.

—¿Hay un abuso al definir a los sicarios?

—Los pibes se apropian de una idea externa porque no hay alguien que se dedica exclusivamente a apretar gente. Son posiciones que van ocupando, más allá de que algunos construyan cartel. Muchas veces dicen de un pibe «este es sicario». Y el periodismo lo escucha y construye una imagen rígida y repite: «Tal persona es sicario». Y es mucho más complejo. Hay que examinar cómo se da el circuito, cómo se dan las redes de relaciones, cuáles son los lugares de rescate.

—¿Tienen registro del trabajo formal?

—El trabajo tiene mucha centralidad. «Yo me quiero rescatar, hacer las cosas bien y conseguir un buen trabajo». Aparece la idea de «no quiero ser esclavo» tanto en el mercado de lo legal como en lo ilegal.

—Pero difícilmente un empleador le pague a un «tiratiros» lo mismo que un narco.

—Y además (la propuesta del narco) resulta para ellos más divertida y menos denigrante pensando en el cartel. Por eso el bunkero era pensado como denigrante. Alguien que cumple horario y que no puede defender su posición.

—¿Y del choreo qué rescatan?

—Estos pibes recuperan la idea de laburar sin patrón. El vincularse al mercado de drogas ilegalizadas es una experiencia de opresión y de explotación económica.

—¿Cómo viven estos pibes?

—Hay mucha vitalidad en ellos. A pesar de que hay mucha muerte a su alrededor, hay procesos vitales extremadamente intensos. Y ésto, que en algunos casos hace que mueran muy jóvenes, los satura. Muchos te dicen «yo no sabía si iba a llegar vivo» a tal edad; «no puedo creer que todavía esté vivo». Un pibe de Santa Fe me dijo: «Yo a los 18 años buscaba la bala que me mate. No soportaba más. Era insoportable estar 24 horas todos los días alerta pensando que me podía saltar una bronca o cruzarme con la policía».

—¿Cómo juega la policía en este escenario?

—La policía es un actor que se relaciona desde un lugar de mayor ventaja porque su imagen esta revestida de estatalidad. Lo que los otros no tienen. Siempre te pueden meter preso. Podes acordar con ellos, pero ese acuerdo se puede romper. Eso puede verse bien plasmado en la serie británica Peaky Blinders. La policía no es un actor monolítico. Algunos tienen mayor poder para negociar que otros. No es lo mismo que el narco negocie con un comisario que un pibito que robó negocie con el comisario. Hay un sociólogo brasilero que analiza este tema bajo la categoría «mercancía política». ¿Qué negocia la policía en el marco del mercado de venta de drogas en Rio de Janeiro? Negocia la aplicación de la ley. Decide cuándo la aplica y cuándo no. Y son pactos que ubican a un sector con mayor poder que a otro. Claro está que esos pactos no duran para siempre. Se pueden romper o reformularse en cualquier momento.


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