El día que el cuerpo de María Eugenia Morlivo apareció con golpes y puñaladas en
la zona ribereña de Villa Gobernador Gálvez, una mujer de 52 años se presentó en la comisaría 25ª.
Dijo consternada que podía tratarse de su nuera, desaparecida 72 horas antes, y describió un
tatuaje que permitió identificarla. Al explorar la casa de la víctima la policía halló un acolchado
con sangre en el dormitorio de la suegra de la víctima, donde un olor nauseabundo contrastaba con
la pintura fresca en las paredes. Cercada, la mujer confesó haber asesinado a la madre de sus
nietos y ahora fue condenada a 10 años de prisión.
María Rosa Cardozo admitió que tras apuñalar a su nuera la
mantuvo tres días escondida en el ropero, hasta que el cadáver empezó a descomponerse y entonces lo
arrojó a la barranca. La jueza de Sentencia Carina Lurati consideró probada esa confesión y la
condenó por homicidio simple. La mujer había dicho que mató a la joven de 27 años al descubrir que
le era infiel a su hijo. Para la jueza, esa versión fue sólo un argumento para justificare.
Consideró, en cambio, que el crimen fue motivado por "problemas de dinero".
La suegra de la chica se presentó ese
mismo día en la seccional del barrio y dijo haberse enterado del hallazgo del cuerpo por
televisión. Sostuvo que como su nuera no había regresado a su casa desde el 22 de ese mes pensó que
podía tratarse de ella. Precisó que su hijo Fernando, con quien María Eugenia había tenido tres
chicos, había dejado ese día una constancia de "abandono de hogar". Y describió un tatuaje en forma
de corazón en base al cual la chica fue identificada.
En esa primera declaración
espontánea, María Rosa Cardozo sostuvo que su hijo y su nuera tenían una buena relación, pero ya
entonces dio pistas de que una cuestión económica rodeaba al crimen: "Ella tenía un dinero,
alrededor de 30 mil pesos, pero jamás mencionó dónde estaba". En la investigación, sin embargo, se
detectó que la joven sólo tenía una cuenta en la que cobraba un plan social.
La víctima vivía con su pareja y sus
hijos en una casa ubicada detrás de la de sus suegros, conectadas por un patio en común. Cuando la
policía fue esa tarde al lugar halló bolsas de consorcio, un acolchado, un pantalón, un buzo, un
short y una musculosa manchados con sangre y pintura amarilla. Los mismos restos de pintura estaban
en las bolsas que cubrían el cuerpo de la víctima.
La policía detuvo preventivamente al
esposo de la víctima, a su madre y a la pareja de ésta, pero sólo la mujer llegó a juicio. El
marido de la chica, Fernando A., siempre dijo que "no tuvo nada que ver" con el crimen. El
concubino de la imputada, en tanto, admitió que la noche anterior había sido forzado por ella a
trasladar el cuerpo a la barranca en una carretilla.
El cadáver de María Eugenia Morlivo fue hallado la mañana del 25 de
febrero de 2008 por vecinos del barrio Pueblo Nuevo, donde el final de la calle General López se
convierte en un sendero que desemboca en el río Paraná. El cuerpo estaba entre unos matorrales, en
avanzado estado de putrefacción y cubierto por bolsas de nailon. La joven llevaba unas 72 horas
fallecida. Tenía golpes en la cara y un corte profundo en el abdomen.
Cambio de versión.
La segunda vez despegó a su hijo y
admitió haber sido ella la autora del homicidio: "Esa mañana la seguí y la vi subir a un auto
bordó. Mi nuera se empezó a besar con el conductor y cuando me vio se bajó del auto. Empezamos a
forcejear hasta llegar a la casa. Observé sobre la mesa el cuchillo de las milanesas, estaba bien
afilado. La llevé a la pieza y se lo hundí en la panza con mucha fuerza", dijo la homicida.
Luego, contó, envolvió a la víctima
en un acolchado y la dejó tendida sobre la cama sin que nadie en la casa lo advirtiera, hasta que a
la noche decidió esconderla en el ropero. El domingo, cuando el olor era inocultable, le pidió
ayuda a su esposo y trasladaron juntos el cuerpo hasta la barranca.
Cuando tuvo que declarar en
Tribunales, la mujer volvió a dar marcha atrás. Adujo que había sido apremiada por la policía para
implicarse en el homicidio. Pero la jueza Lurati, al término del juicio, evaluó que todas las
evidencias respaldan esa confesión: se hallaron en su pieza prendas ensangrentadas, restos de
sangre en el ropero y también un colchón con trozos de goma espuma arrancados.
Estas pruebas "evidentemente la
llevaron a decir la verdad, adornándola de cuestiones que podrían llegar a justificarla". Así,
Lurati consideró acreditado que el 22 de febrero Cardozo mató a la chica de una puñalada en la casa
de la víctima, luego la trasladó hasta su dormitorio, se deshizo del cuerpo y finalmente pintó las
paredes para ocultar evidencias.
También planteó que si bien hubo
otros implicados, y la fiscalía "puso de manifiesto en reiteradas oportunidades la intención de
llevar a juicio al esposo de la víctima", sólo Cardozo fue procesada como única responsable del
delito.
En una primera versión ante la policía, Cardozo acusó a su hijo
de haber cometido el crimen. Confió que tras la muerte de la chica ambos rastrearon cuentas
bancarias para dar con el dinero que Morlivo supuestamente tenía ahorrado para comprar una casa ,
sin hallarlo.
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