Era el premio con dueño ya conocido de antemano. El mundo del fútbol, el europeo más que nada, sabía antes del lunes a la noche que Lionel Messi sería el ganador del Balón de Oro, distinción que hace más de medio siglo entrega la prestigiosa revista France Football al mejor jugador del año. Y fue un acontecimiento por varios motivos: porque es el primer argentino no nacionalizado en otro país que la gana, porque es el primero que obtiene un jugador de Barcelona surgido en la cantera, porque además jamás jugó al fútbol profesional en su país de origen y porque le duplicó los votos del segundo en discordia, Cristiano Ronaldo. Claro que Lío, el pibito aún tímido de barrio Grandoli, al que le diagnosticaron problemas de crecimiento y hoy mide 1,69 metro de alto con sus 22 años, lo tomó con humildad, hablando poco como acostumbra. Y en esas pocas palabras remarcó su orgullo a la pertenencia de su país, a la vez que marcó el insólito hecho de que ese halago no haya caído nunca en manos de Diego Armando Maradona, hoy su técnico en la selección argentina































