"Espectacular". Cada tanto el silencio era interrumpido por esa simple palabra del relator que sea, mientras la redacción estaba absorta viendo algún partido de fútbol de Central o Newell's por TV. E inexorablemente, si estábamos juntos Fito, Juan o yo, su recuerdo venía inmediatamente a la memoria y alguno la repetía sonriente, pero al estilo bien rosarigazino, marca registrada de ese hombre de voz inconfundible que marcaría a tantos en el periodismo de la ciudad. Sí, decididamente, Ernesto Del Pozzo los marcaría.
Esa palabra era un sello suyo en los comentarios inconfundibles de época, principios de los 90, cuando recién habían explotado las FM y ya hacer partidos de fútbol por radio no era una quimera solo circunscrita a las poderosas AM de la ciudad.
El espectro se abría y con él las posibilidades de una comunicación impensada. Y ahí apareció Ernesto. Pero no para hacer de entrada fútbol de primera o del ascenso de AFA, sino para incursionar en el fútbol de la Asociación Rosarina. Toda una novedad.
Aquellas inéditas transmisiones de la Rosarina
Así, se empezó a ver a Ernesto en el techo de alguno de los vestuarios de las canchas locales, en el lugar que se podía, con un aparato transmisor de los pesados, un relator y un borde de campo. Tremendo. Inédito.
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Pero había más. Ernesto empezó a pensar en una transmisión más grande y así fuimos apareciendo por FM Luna, en el 103.3, una camada de muchachos que empezaron a recorrer cada una de las canchas.
Ernesto hacía rato que se había especializado en el fútbol de las inferiores de los equipos grandes de la ciudad, de hecho su programa de toda la vida se llamó "Por el Deporte de divisiones inferiores" ("Muy largo el nombre", recuerdo me atrevía a decirle, porque siempre dio lugar a que le diéramos nuestro parecer) pero con estas transmisiones abrió un espacio impensado y rápidamente valorado. Un nombre inconfundible.
Al mejor estilo radio Rivadavia
Al principio, obviamente sin celulares y con modos de comunicación escasos que dependían de encontrar un teléfono fijo en algún lado cercano a la cancha (muchas veces el buffet salvaba las papas), todo convergía en el programa del domingo a la noche, dónde cada uno tenía su tiempo para comentar lo que vio e informar del resultado, claro si no había podido hacer uso del fijo durante la transmisión.
Pero en un momento, Ernesto sorprendió alquilando una flota de handies para poder salir en vivo desde cada cancha, empeñando todo por esa pasión inclaudicable por la radio y el fútbol de inferiores que contagiaba. "Vamos a ser más importantes que Radio Rivadavia", le decía.
Y ser más importantes que Radio Rivadavia era más que un elogio. Era situarse a la altura, en el fútbol de la Rosarina, de una transmisión líder en los sábados del ascenso del país. Creer o reventar, se pudo hacer, mientras se pudieron alquilar los handies. Y fue, como bien decía Ernesto con su latiguillo, "espectacular".
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Seguramente hoy muchos de los trabajadores de prensa, deportivos en general, de cincuenta y tantos que pudieron insertarse en otros medios, estarán tristes por la noticia de su partida. Ernesto marcó a muchos, con un entusiasmo desbordante, empujándolos a lo que parecía una verdadera quimera, pero que al fin cumplió, quizás sin saberlo entonces, con un inestimable y necesario periodo formativo para todos en el lugar de los hechos.
Y cada vez que volvíamos a encontrarnos, siempre en una cancha, por supuesto, era muy fácil ubicarlo si el oído estaba en guardia. Su voz era única, de un tono muy fácil de distinguir. Y entonces, siempre, pero siempre devolvía una sonrisa, un abrazo sentido y un, por ejemplo en mi caso, "siempre te leo en La Capital" que sonaba a satisfacción personal. Claro querido Ernesto, si vos nos mostraste el camino...