Geográficamente, entre Seúl y Tokio hay 1.164 kilómetros de diferencia que se pueden recorrer en 2 horas de avión. Deportivamente, entre Seúl y Tokio hay que trazar 33 años de espera y se pueden resumir en que generaciones y generaciones del vóley argentino crecieron con ese legado que es ni más ni menos que el último mayor logro de este deporte a nivel masculino, con aquella camada formidable que entre tantos tenía al legendario Hugo Conte, quien hoy le imprime toda la emoción a sus comentarios en las transmisiones de TyC Sports y está considerado como uno de los mejores ocho jugadores del mundo. Su hijo Facundo, por caso, fue el encargado de marcar el punto definitivo, el que le dio a Argentina la victoria ante la superpoderosa Italia por 3 a 2 y el pase a semifinales de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Con ello, la enorme ilusión de emular a aquella épica en Corea del Sur: conseguir una medalla.
El bronce olímpico de Seúl '88 y el bronce mundial de 1982, cuya copa se disputó en Argentina y tuvo al equipo nacional liderado por el coreano Young Wan Sohn, maestro de esa generación, son aún hoy los logros más trascendentales de este deporte en el país. No hay medalla panamericana o logro continental que pueda equipararse con ellas, aunque se hable de otros metales. Los Juegos Olímpicos, además, tienen la particularidad de tener ese plus de espíritu y de magia que no tiene ninguna otra competencia. Por eso, aquella semifinal, como ésta en Tokio 2020, y la inolvidable de Sidney 2000 vienen a irrumpir con la potencia del mejor saque o del mejor remate, pero vienen a irrumpir en los registros con toda la furia, vienen a irrumpir en la historia.
Sólo tres. Solo tres y con ésta. Esas son las veces en las que Argentina se pudo instalar entre los cuatro mejores equipos de la competencia más importante del deporte. En Seúl logró subirse al podio, en Sidney no, se tuvo que conformar con el cuarto puesto después de haber eliminado en cuartos de final a Brasil, a uno de los siempre superpoderosos equipos brasileños que llegan a estos sitiales con el objetivo claro: conseguir medallas. Esa victoria del 2000 (también con Hugo Conte y un Marcos Milinkovic encendidísimo) fue tan resonante como las que este equipo tuvo este martes ante Italia (plata en Río de Janeiro 2016), o como la que tuvo ante EEUU (bronce en 2016) en la última fecha de la fase de grupos y correlativa a una actuación formidable también ante Brasil (oro en 2016), en un partido en el que terminó cayendo ajustadamente por 3 a 2. Fue el momento de cimbronazo para este equipo en estos Juegos. No lo sabían, también era el de mayor aprendizaje. Porque desde allí todo fue crecimiento hasta concretar este histórico paso a semifinales.
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Seúl '88, aquel momento tan bisagra para el vóley argentino ocurrió hace 33 años. Y hay un dato que es demoledor pero ayuda a dimensionarlo: sólo dos jugadores del actual plantel tienen 33 años: Federico Pereyra y Luciano De Cecco. Es decir, ninguno de ellos vio aquella hazaña. Entonces, esto que estos pibes sueñas, eso con lo que se ilusionan, tiene que ver con el relato, como el de las historias fantásticas. Y tiene que ver, básicamente, con el legado. "33", "88", se filtraban este martes en la transmisión, entre zona mixta (zona de notas de jugadores), pupitre de relator y comentaritas, IBC de conductor. Los números resonaban allí y resonaban en voz baja en la memoria de los que siguen habitualmente este deporte y de manera especial. Es que, a la vez que resuenan arrastran algo raro, intangible, como si el tiempo se estuviera reconectando. Facundo Conte se hacía el sordo. Nadie más que él, que es hijo del inmenso Hugo, sabe de qué se trata esta historia, aunque entonces no hubiera nacido.
Esta camada de jugadores que dio el golpe en los Juegos Olímpicos de Tokio es una camada de talentos que se conocen desde hace más de una década, salvo por el caso de algunos que se sumaron en el último tiempo. O salvo aquellos que incluso vienen de más atrás, que se conocen de adolescentes, cuando integraban prometedores equipos juveniles. Esta camada de talentos, sin embargo, todavía no había podido dar un golpe semejante. Lo merecía pero le tocó esperar. Tuvo que madurar una y otra vez, aprender de los golpes y de los malos momentos. La conducción de Marcelo Méndez, clave, terminó ayudándola en ese salto de calidad.
Este jueves, a las 9 ante Francia, la generación argentina de los herederos de aquel legado volverá a salir a la cancha para emular la hazaña. Porque no sólo Facundo Conte puede responder a ese apodo que le pusieron. También lo son todos los jugadores que crecieron en el vóley en estos 33 años. Lo hecho en Tokio 2020 ya es histórico, pero algo más quedó claro: estos pibes no tienen ni un ápice de ganas de conformarse. Es que saben, para muchos de ellos, este también puede ser un corolario a tantos años de recorrido con la camiseta argentina, o el prólogo de un corolario no tan lejano. Van por más. Intentando unir las puntas del hilo entre Seúl y Tokio, los hilos de una historia larga, como de 1.164 kilómetros y 2 horas de avión.