La imagen del final es la más fuerte, la que se puede dar el lujo de echar por tierra con cualquier argumento contemplativo. El Central que se despidió de cancha de Platense derrotado, goleado, abatido física, futbolística y emocionalmente, no se condijo en absoluto con ese Central que llegó a esta última fecha con chances de clasificación y que cometió el peor de los pecados en instancias definitorias, la de no cumplir con su parte. Porque hubiese resultado un paliativo si el equipo del Kily hacía lo suyo, que era ganar, por más que hubiera quedado afuera porque el resultado en otra cancha no lo ayudaba, pero todo le salió al revés, por eso el enorme desencanto y decepción de aquellos que confiaron en que este Central, al que su fútbol y su cabeza le estaban tendiendo una mano, estaba en condiciones de dar ese último paso. Un último paso que requería rebeldía, audacia, ambición, pero que careció de atributos necesarios para una definición. Desde Avellaneda, Racing le hizo un guiño, pero en Vicente López el propio Central se encargó de tirar todo por la borda, obligándose a sí mismo a poner todas las energías en la Copa Sudamericana, ahora el único objetivo que tiene frente a sus narices.
Alguna vez Jorge Valdano dijo que el fútbol es un estado de ánimo. Ayer Central se encargó de triturar dicha aseveración. ¿Qué más le hacía falta al equipo del Kily González para alimentar la ilusión? Casi nada. La levantada que había iniciado contra San Lorenzo en Sudamericana, el tremendo triunfo que logró en el clásico y aquel empate con uno menos en Chile eran las bases más sólidas de este Central que sin dudas acusó el trajín de las últimas semanas, pero al que el saco de la definición le quedó enorme.
Puede resultar impiadoso el análisis que se haga por una derrota, pero no fue una más. Porque fue la derrota que dejó al equipo afuera de la pelea y frente a un equipo (Platense) que hasta aquí había perdido cinco de los seis partidos que había jugado en su estadio (el único punto que logró en Vicente López fue en el empate contra Sarmiento). Eso también debe ponerse en la balanza y ser analizado.
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Central se metió en partido con el gol de Gamba, pero no le alcanzó.
Héctor Rio / La Capital
La bronca hoy en Central sin dudas hay que buscarla por la consumación de la eliminación del torneo, pero la misma tiene argumentos para robustecerse si se tiene en cuenta que algunos errores propios, puntuales por cierto, colaboraron para que esa ilusión trocará en frustración. Es imposible no hacer referencia a ese pase fallido de Laso, mientras el partido estaba 1-1 y mantenía al canalla a tiro todavía (sólo le hacía falta pasar a ganarlo). Ahora, ¿un error puede provocar semejante descalabro emocional y futbolístico? En este Central, indudablemente sí. Es que de ahí en más el equipo fue una mueca, un puñado de buenas intenciones, pero al que las ideas lo dejaron huérfano, a la deriva.
Nunca Central tuvo las riendas durante una tarde en la que cada uno jugaba en la cancha que le tocaba, pero que se estaba pendiente de lo que ocurría en otros dos lugares. Eso también fue un golpe fuerte, un trazo grueso en la columna del debe.
El traqueteo físico (se insiste con que el miércoles jugó más de 80 minutos con uno menos), la ausencia del jugador con mayor lucidez como lo es Vecchio eran algunas de las cartas que estaban sobre la mesa, pero por muchas otras cosas no había un mejor escenario del que Central pudiera disponer. Porque amén de la obligación de ganar (algo lógico en una última fecha), el envión de las últimas semanas debió hacerlo pesar, pero ese efecto clásico brilló por su ausencia, al igual que la claridad en el juego. Estos últimos, ingredientes de un cóctel amargo.
Es un nuevo objetivo que a Central se le escurre entre los dedos. Aquella vez fue en Copa Argentina, contra un Boca Unidos claramente inferior, que provocó un cimbronazo importante y ahora esto, que sin dudas tiene un impacto mucho menor, pero que significa la resignación a uno de los varios objetivos planteados. Central tenía la carta de invitación a una cita para la que ya tenía comprada la mejor ropa, pero a la que a la hora de decir presente se quedó parado en la puerta, para volverse con las manos vacías.
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De Olivera le marcó el 3-1 a Central. Fue la sentencia.
Héctor Rio / La Capital
Nunca puso un pie adentro
La historia de la definición, que incluía tres canchas, Central siempre la corrió desde atrás y por eso no estuvo ni un minuto dentro de los cuatro primeros durante esta última jornada. El primer golpe fue en la mismísima cancha en Vicente López, con el gol de Pereyra Díaz a los 12’. Cuatro más tarde llegó el tanto de Montiel, de penal, para River, que tampoco ayudaba, y casi en simultáneo el primero de Chancalay para Racing, que sí era un buen indicador. Por eso, el instante en el que Central más cerca se sintió de la clasificación fue poquitos minutos después, a los 25’, con esa chilena de Gamba, que ponía al equipo del Kily a un gol del pasaje a cuartos. Desde ese momento al canalla sólo le hacía falta un gol, amén de que River volviera a inclinar la balanza en el final de ese primer tiempo (Borré). Al minuto del segundo, Chancalay estiró la diferencia en Racing-San Lorenzo, pero igual los planes canallas no se alteraban. Seguía necesitando apenas un gol. Pero llegó el error de Laso, el gol de Baldasarra y el descontrol de un Central que si hubiese logrado darlo vuelta se hubiera clasificado, pero que no sólo no lo logró, sino que empeoró y lo perdió por goleada.