Las películas que protagonizaba Luis Sandrini hacían reír y llorar. Fueron una marca registrada en la historia cinematográfica de nuestro país y todavía los canales de cable suelen darles pantalla. Lejos del celuloide, el fútbol es otra cosa. Pero la sensación que transmite la selección de Alfio Basile es idéntica a lo que generaban esos filmes costumbristas. Argentina es una caja de sorpresas a lo largo de los 90 minutos. Ayer ante Paraguay jugó un primer tiempo paupérrimo desde lo táctico, lo individual y lo colectivo. Los players del Coco se complicaron tanto la vida que incluso Gabriel Heinze metió de cabeza el gol guaraní y además el Gringo le pegó sin intención un golpe de aquellos al Pato Abbondanzieri (ver aparte). Acto seguido Carlos Tevez metió un planchazo típico de Fuerte Apache y vio la roja directa. Todo se derrumbaba. Sin embargo, Argentina jugó mejor con diez que con once y en el segundo tiempo generó acciones de riesgo como la que capitalizó Sergio Agüero para decretar el empate. Entonces renació la ilusión. Así es esta selección, va del amor al espanto en un mismo partido.


























