Opinión

Todos deberíamos ser feministas

Debates. En nuestro país todas las estadísticas corroboran que las mujeres son relegadas en distintos ámbitos. El precepto es luchar para modificar esta injusticia.

Miércoles 10 de Abril de 2019

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie comienza uno de sus más famosos ensayos contando que, cuando era adolescente, un amigo la insultó mientras discutían, llamándola feminista, y ella quedó desconcertada, simplemente, porque no sabía qué significaba esa palabra. Por suerte eso no afectó sus convicciones y, algunos años después, pudo plasmar esa anécdota en un contundente texto titulado "Todos deberíamos ser feministas".

En la actualidad, al menos en un amplio sector de la sociedad argentina, el feminismo ha logrado desprenderse de esa connotación peyorativa con la que cargó durante la mayor parte de su larga historia. Las ideas feministas han ido esparciéndose lenta y trabajosamente hasta llegar a todos los ámbitos públicos y privados, y hoy las señales de compromiso aparecen de forma masiva, desde pañuelos de colores colgando en las mochilas hasta pines en carteras y bolsos, pasando por frases tatuadas sobre la piel de las jóvenes, pulseras violetas en las muñecas, calcomanías pegadas a los autos o corazones verdes en los perfiles de las redes sociales.

Cada vez son menos los que se animan a decir que el feminismo es un capricho injustificado de mujeres histéricas que no tienen nada mejor que hacer, casi nadie las manda a lavar los platos o las acusa de odiadoras de hombres, destructoras de familias y demás variedades que antes solían proferirse sin ningún reparo. Todavía quedan algunos que piensan eso, seguro, pero hoy la resistencia adopta formas más sutiles. Sucede que, incluso dentro de los grupos más instruidos, hay quienes no pueden dejar de mirar al feminismo con cierta reprobación paternalista, como quien ya nada puede hacer para encaminar las conductas de un adolescente irracional. Esta suspicacia prolifera con mayor incidencia entre varones; como tal vez esto se deba a que algunos no terminan de entender qué implica ser feminista, especialmente para ellos van dirigidas las líneas que siguen.

La filósofa Diana Maffía sintetiza la noción de feminismo en tres preceptos. El primero consiste en reconocer que en todos los grupos sociales existe desigualdad entre hombres y mujeres. Ocurre en Argentina y en Nigeria, en Puerto Madero y en Villa Banana. Identificar esa desigualdad es bastante sencillo, pero requiere superar el sesgo de las experiencias personales que llevan a creer que el éxito o la superación de una mujer en particular es una constante para todas las demás. Basta con revisar cualquier estadística para corroborar que, en una sociedad tan avanzada en derechos humanos como la nuestra, las mujeres tienen menor representación en cargos políticos o padecen el techo de cristal que les impide ocupar los puestos de mayor jerarquía en las empresas, por nombrar sólo dos ejemplos evidentes.

El segundo paso es asumir que esas distinciones representan una verdadera injusticia. Desgraciadamente, algunos piensan que es razonable que las mujeres la pasen peor que los hombres. Creen que es aceptable que carguen con la responsabilidad exclusiva de las tareas domésticas. No los indigna que muchas se estanquen en el "suelo pegajoso" del trabajo informal y de peor calidad. Apenas los conmueve que haya comunidades en las que ellas no tengan derecho a votar, que no puedan disponer de su propiedad sin el consentimiento de sus maridos o que las sometan a mutilaciones genitales para que no sientan placer sexual. Tal vez haya quienes lo justifiquen en un orden natural o en un designio divino. Lógicamente, nadie que formule esas valoraciones puede ser feminista. Pero por suerte otros creen que no está bien que sea así. Muchos entienden que no es justo que existan esas desigualdades, y eso los acerca un paso más hacia el feminismo.

El último precepto es luchar para cambiar esa realidad injusta. Es decir, una vez reconocida la desigualdad, tras valorarla como una injusticia, hacer algo para cambiarla. No hay que reducir esto a determinado activismo. No necesariamente implica participar en marchas, pintar carteles o llevar pañuelos, sino que se trata de asumir el compromiso de hacer todo lo que uno tiene al alcance para poner un freno a esas desigualdades que las mujeres padecen sistemáticamente.

Consiste, naturalmente, en esforzarse por conseguir un cambio en casa, en la escuela, en la oficina, en la pareja, desde la política o en las universidades, en la familia o frente a una mesa de amigos. En todos los ámbitos donde uno pueda predicar esa transformación. Porque no alcanza con sancionar unas cuantas leyes y reformar algunas otras. La igualdad real es un ideal que exige modificar las prácticas cotidianas sobre las que se asienta la estructura machista de nuestra sociedad.

Claro que, desde esta perspectiva, los hombres pueden formar parte de este movimiento, independientemente de que se opte por llamarlos aliados o feministas propiamente dichos. No está de más recordar que el feminismo no se enfrenta a los varones, sino al sistema que permite la discriminación de más de la mitad de la humanidad en razón de su género.

Ya vendrán después los debates teóricos más específicos entre los distintos feminismos, pero, visto así, ser feminista es un imperativo de los derechos humanos, porque no significa otra cosa que reconocer que existe una injusta desigualdad que perjudica especialmente a las mujeres y, en consecuencia, asumir el compromiso de reaccionar para erradicarla.

Este es un llamado para que todos adoptemos esta forma de pararnos frente a la injusticia. No hace falta otra invitación. Sin empadronamiento ni bautismo, sin matrícula ni juramento, hoy podría ser un buen día para empezar a ser feministas. Chimamanda tiene razón, todos deberíamos serlo.


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