Opinión

Obra maestra argentina

En el cine. Una reciente película nacional está lejos del nivel de calidad esperable.

Lunes 27 de Agosto de 2018

No hace mucho tiempo tuve oportunidad de ver ―y como era de esperarse, lo hice más de una vez― un documental que el Museo del Prado le dedicó a la que constituye una de las piezas más singulares, complejas y desconcertantes de su patrimonio: "El jardín de las delicias", tríptico sobre tabla que El Bosco pintara hacia el año 1500, y que gracias a la retorcida religiosidad de Felipe II, a quien le fascinaban los delirios metafísicos del pintor de Brabante, hoy se exhibe en el más grande y prestigioso de los museos españoles.

La cámara no solo recorría plácidamente todos los pormenores de la pintura, sino que aportaba datos sobre sus posibles fuentes de inspiración, como los manuscritos miniados, por ejemplo, y además registraba la opinión de numerosos especialistas y celebridades del campo del arte y la cultura, entre los que se contaban, recuerdo, el pintor español Miquel Barceló, el escritor Salman Rushdie ―aquel novelista que, tras escribir "Los versos satánicos", a duras penas logró salvar su gaznate de la cimitarra del fundamentalismo islámico― y, por supuesto… el director del Museo del Prado.

Todo esto viene a cuento, porque saber que el guionista de la película argentina "Mi obra maestra", era nada menos que el actual director de nuestro Museo Nacional de Bellas Artes, quizá haya sido el único ingrediente que me movilizó para ir a verla.

Aclaro que, por lo general, no veo cine argentino, entre otras razones porque de lo que farfullan los actores apenas si llego a entender un 40 por ciento, aproximadamente, y a nadie se le ha ocurrido aún incorporar el muy útil recurso del subtitulado, para lograr traducir lo que clasificaría sin vacilar como "una lengua actoral desconocida".

Para colmo de males, descreo bastante de que Guillermo Francella y Luis Brandoni sean dos gloriosos-pilares-de-la-escena-nacional. Más bien pienso que la actitud eternamente trémula y titubeante de Brandoni, combinada con sus miradas de carnero degollado, y la fijación de Francella en el estereotipo del chanta porteño, sobrador y despreciativo, de lo que hablan es de una falta de ductilidad abrumadora. En resumidas cuentas, para mí Brandoni solo puede hacer de Brandoni y Francella solo puede hacer de Francella, y yo prefiero al actor que hoy pueda hacer de Hamlet y mañana de Eva Perón, sin dejar por ello de ser convincente en ninguno de los dos casos.

En fin, que me dejé arrastrar a ver "Mi obra maestra" ―¡ni siquiera se esmeraron en elegirle un título menos obvio!―, y lo único que rescato de la experiencia es haber visto pasar varios cuadros de Carlos Gorriarena, sin duda un pintor a la vez independiente y comprometido con la problemática social de su tiempo, y algunos objetos de nuestro Carlos Herrera, un artista rosarino muy hábil, muy creativo y muy talentoso, que en este caso funciona como "el polo opuesto", en la architrillada polarización "arte contemporáneo versus pintura tradicional".

De valores puramente cinematográficos: nada. Solo hay un viejo pintor ―trémulo y titubeante, eso sí―, que mientras es pobre odia a la sociedad de consumo y hace todo lo posible para sabotearse a sí mismo, y un chanta porteño ―adivinen quién lo personifica-― que también oficia de amigo del pintor y de su marchand. Hay además un gordito español que no se sabe muy bien para qué está allí, aunque un crítico excesivamente sardónico opinó que está para justificar la coproducción con España.

El chanta-marchand declara al comenzar la película que ha cometido un crimen, y ya sobre el final uno ruega que lo cometa de una vez por todas, para tener algo de qué agarrarse, y no haber malgastado más de una hora y media en ver desfilar, en versión corregida y aumentada, todos los lugares comunes que habitualmente se asocian con el mundillo del arte. Pero eso tampoco ocurre, y los protagonistas terminan purgando una descomunal estafa con la ejecución de nobles tareas comunitarias. ¡Marche un happy end para todo el mundo!: para los artistas misántropos, para los modernos, para los contemporáneos, los chantas, los estafadores, y hasta para los gorditos españoles, menos para el espectador medianamente exigente e incómodamente pensante…

Nadie pretendía que, por estar el director del Museo Nacional de Bellas Artes detrás de este tan grotesco acopio de obviedades, la película se transformara, de buenas a primeras, en un discurso semiótico sobre la pintura de Carlos Gorriarena.

Pero a lo que sí se podía aspirar, era a que el producto levantara un poco la puntería ―¿es una comedia o un drama?, porque para drama no da, y para comedia los gags son absolutamente ineficaces―, y no fuera solamente una chantada o, lo que es más preocupante aún, una mediocre y frívola "apología de la chantada".

Cuando recuerdo la película sueca "The square" (Palma de Oro del Festival de Cannes 2017), en la que el universo del arte contemporáneo fue abordado, pero con tanta inteligencia que el film resultante es un planteo casi perfecto, como si se tratara de un bruñido mecanismo de altísima precisión, no puedo menos que concluir que los argentinos estamos condenados ―no al éxito, según la estúpida declaración de Eduardo Duhalde―, sino al sainete de vuelo bajo, y no solo en el estricto rubro cinematográfico…

Aunque a "Mi obra maestra" debo reconocerle un mérito, y es la nada frecuente calidad del sonido: las sandeces que intercambian Francella y Brandoni, mechadas con algunas estratégicas malas palabras ―diría el Negro Fontanarrosa―, para arrancar la carcajada en el sector más concesivo de la platea, son perfectamente inteligibles.

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