OPINIÓN

Narquito

Una pintada trazó una metáfora dolorosa y exacta de la Rosario de la nueva normalidad

Jueves 08 de Abril de 2021

Pintadas hay por todos lados, para todos los gustos, para el bolsillo del caballero y para la cartera de la dama, gratis y pagas, militantes y lúmpenes, artísticas y furiosas, lindas y horrendas, sangrientas, intimidantes, salvajes. Pocas son tan deliciosas como la que apareció en el casco del Barquito de Papel, sorpresiva, temblorosa, urgente, y que con unos pocos trazos apurados, rojo profundo, craneados con la meticulosidad de un orfebre ruso, trazó una metáfora dolorosa y exacta de la Rosario de la nueva normalidad, que en los barrios y en el centro también poco y nada le debe a la pandemia, pero sí mucho, acaso todo, con el narcotráfico.

“Narquito”, siete letras, tres sílabas, una palabra que solo cambia la “B” por la “N”, misma cacofonía, nuevo significado. No hay que ser un lingüista para darse cuenta de que desborda ironía, crítica social, ¿un mensaje mafioso?, tal vez sea así, difícil saberlo, al menos no de este lado de la calle, que es el que transitan con resignación, con esperanzas mínimas, lo héroes de la clase trabajadora que cada día salen al mundo a rebuscarse el mango, en bici, en bondis repletos y con las ventanillas cerradas, a pie, tirando de un carro cargado de cartones, paso lento, zigzagueando entre autos de alta gama, silbando bajito, L-Gante, “Mero Mero”.

Perfecta, hermosa, veloz, luminosa, los que saben dirían disruptiva, ciertamente incómoda, y eso quedó claro por la rapidez con que la hicieron desaparecer, ni el Correcaminos hubiera sido más veloz, duró un suspiro, diría la tía Nélida, suficiente para dejar bien clara la idea. El lugar, Puerto Norte, frente a las torres Dolfines, el gran monumento al “boom de la soja”, más alto, menos glorioso; el día, la madrugada del lunes, cuando la ciudad se despierta del letargo lisérgico del fin de semana; el mensaje, que es el medio, como bien apuntó allá lejos y hace tiempo el bueno de McLuhan, es el Barquito. El link es la delgada línea roja del graffiti.

Para que se entienda: aunque haya sido un guiño mafioso, y es difícil creerlo, las bandas suelen ser más directas, más brutales, te balean la casa, te matan un pibe, te aprietan de caño, aunque haya sido una amenaza, también fue, quién lo duda, esa revancha mínima que empuja a los que no tienen nada, solo la noche, pintura en aerosol y un infierno nada encantador en la cabeza, a levantar las banderas de la calle. Como los estudiantes del Mayo Francés, con su imaginación al poder, o los desclasados del Bronx, desempleados, marginados, afroamericanos, que pintaban de colores los vagones del subte de Nueva York en las narices de Rudy Giuliani.

Está claro, en Puerto Norte, a los pies de nuestras torres gemelas, hay “tolerancia cero” a los graffitis. Hay equipos municipales de respuesta rápida dispuestos a tapar con pintura blanca, pura, inmaculada, los aullidos de la calle. Más los que fastidian a los vecinos del barrio, no sea cosa que se enojen y pongan el grito en el cielo. En los márgenes, donde el narcotráfico manda a sangre y fuego, hay que esperar que pase el tiempo, que todo lo borra. Que un viento sin furia se lleve lejos toda esta oscuridad. Hay que esperar a que la lluvia limpie las paredes. Mansamente.

¡Qué inocentes los 80! Los reyes del punk eran Los Violadores, Sumo les tomaba el pelo y cantaba “Llegando los monos”, sin imaginarse siquiera que iban a terminar devastando este lugar ,y Los Vergara pintaban “Tiemblen fachos, Maradona es zurdo”, antes de que el crack, el más crack de todos, se fuera a Cuba, fumara habanos con Fidel y abrazara la bandera de la Revolución Bolivariana. Antes de que ellos mismos, los hermanitos Korol, se vendieran al oro de Tinelli. Ningún mural del Diez ni del Pájaro, ningún Di+, ninguna Enlovarte, ningún “narquito”. Ni vencedores, ni vencidos. Me voy a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi barrio.

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