Opinión

Murallas

Fortificaciones. Levantar una muralla defensiva para aislar sus dominios del resto del mundo es una manía que muchos césares parecieran transportar en sus genes.

Martes 26 de Febrero de 2019

Levantar una muralla defensiva para aislar sus dominios del resto del mundo es una manía que muchos césares -el Julio César romano les legó su nombre a todos los déspotas que lo sucedieron- parecieran transportar en sus genes.

Y en este orden de ideas, no hay duda de que ninguna fortificación erigida por la mano del hombre puede competir con la Muralla China -¡la Gran Muralla!-, cuya extraordinaria magnitud alimentó la leyenda de ser la única creación humana visible desde la luna, cosa que los científicos de la Nasa -y ¿quiénes si no?- se encargarían de desmentir, "demoliendo" un mito que durante años deleitó a los admiradores del fabuloso imperio de los mandarines.

La construcción de la Gran Muralla, haciendo honor a la longevidad de la cultura china -la cultura más antigua del planeta que todavía sigue en pie-, incluidas las muchas interrupciones demandó siglos, ya que fue iniciada por el primer emperador de la dinastía Ch'in para detener a los nómadas del norte en el siglo III a.C., en tanto que la versión que ha llegado hasta nosotros corresponde a una última reconstrucción llevada a cabo por los Ming, que reinaron entre los siglos XV y XVII.

Menos legendario, obviamente, pero mucho más cercano en el tiempo, el "tristemente célebre" Muro de Berlín, en cambio, fue un invento de la República Democrática Alemana que, actuando en sintonía con el régimen soviético, a cuya órbita pertenecía, en 1961 apeló a ese recurso con el fin de separar Berlín Oriental de Berlín Occidental, y de impedir el éxodo de los berlineses orientales hacia lo que algún optimista definió como "el mundo libre".

Con sus 160 kilómetros de largo, de los cuales unos 45 atravesaban la ciudad, y una efímera duración que no alcanzó ni siquiera las tres décadas, el Muro de Berlín fue el símbolo material más representativo de la Guerra Fría, pero, como no podía ser de otra manera, su desmantelamiento, que comenzó la histórica noche del 9 de noviembre de 1989 se vivió como una auténtica fiesta popular, a punto tal que los berlineses bailaban sobre la aborrecida barrera, y sus escombros fueron obsequiados más tarde como souvenir, o vendidos a buen precio a quienes coleccionan testimonios de la estupidez humana.

Pero como los extremos se tocan o, para mejor decir, los fundamentalismos "no tienen patria", el fantasma de la muralla ahora es agitado, desde la otra punta del arco ideológico por el inefable Donald Trump, quien destinaría unos 8.000 millones de dólares a la edificación de un muro "grande y bello" -así lo definía un sitio web del gobierno norteamericano en 2017-, para reforzar la frontera con México.

El delirante proyecto, que en pleno siglo XXI suena grotescamente medieval, demandaría un gasto exorbitante sin ningún provecho concreto, puesto que el caballo de Troya de la droga está demostrado que ingresa al país por otros corredores, pero todo indicaría que el presidente-cowboy está dispuesto a cumplir la palabra empeñada durante su campaña electoral, caiga quien caiga.

En un cuento llamado "La construcción de la Muralla China", Franz Kafka -aquel checo del que Borges anota que "redactó sórdidas pesadillas en un estilo límpido"-, describe a los pueblos que acechan detrás de la muralla como sigue: "En los cuadros de nuestros pintores, fieles a la realidad, vemos esas caras condenadas, las fauces abiertas, las mandíbulas provistas de colmillos puntiagudos, los ojos pérfidos, escrutando la presa que van a despedazar. Cuando los niños se portan mal les enseñamos esos dibujos y se nos echan al cuello llorando".

Tal vez el césar Donald Trump vea así a los bárbaros del sur, esas bestias inciviles que, blandiendo lanzas, ponen en peligro la seguridad del imperio.

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