Hace ya tiempo que la virtualidad intenta adueñarse de nuestras vidas. Paso a paso, los avances tecnológicos sustituyen las cosas por su reflejo fantasmal en alguna pantalla. Cuando yo era chico (“far away and long ago”, diría el querido William Henry Hudson), existía una hermosa colección llamada Libros de Oro de Estampas, que editaba el gran sello mexicano Novaro (después, pasó al español Susaeta). Llenos de color, de luz y de vida, los títulos saltaban de los clásicos de la narrativa infantil hasta la vida de los animales o los avances de la ciencia: recuerdo “El Ártico salvaje”, “Los remotos días de la Edad Media”, “Instrumentos musicales”, “Galería de pájaros” o “El traje a través del tiempo”. Cuántas horas pasé maravillado delante de sus páginas… Pero claro, ya no existen más. Por suerte logré encontrarlos en la infinita red y entonces la siento en mi falda a mi hija de cuatro años para compartirlos después de la cena, delante de la compu. Y ella pregunta, compungida: “¿Por qué no son de papel, papi?”. Le gustaría poder tocarlos.
































