Opinión

La vigencia de Ibsen

Obra teatral. "Un enemigo del pueblo" se estrenó en 1883 y es absolutamente actual.

Viernes 21 de Septiembre de 2018

Es un lugar común más que trillado el señalar esa curiosa perdurabilidad —una suerte de eterna juventud, que los seres humanos querríamos para nosotros mismos—, de que gozan las grandes obras de arte en la historia de las civilizaciones.

Los aberrantes desatinos de la Iglesia Católica, con la pandemia de la pedofilia como su crimen más vergonzante, no salpican ni a las vírgenes de Rafael ni a los ángeles de Bernini, así como el hecho de que Beethoven haya decidido anular la dedicatoria de su Sinfonía Heroica a Napoleón Bonaparte, cuando supo que el supuesto liberador de Europa se había hecho coronar emperador, no empaña sino que le aporta un dato más conmovedor aún, a nuestro disfrute contemporáneo de la música compuesta por un genio inmortal, que "vivió" entre los siglos XVIII y XIX.

Aunque en este orden de ideas suele darse un fenómeno singular: quizá nos resulte más fácil sintonizar con una comedia de Plauto escrita en el siglo II antes de Cristo, que con otra concebida hace apenas una centuria. Es como si una lejanía temporal demasiado cercana (y valga el contrasentido), conspirase contra la lozanía del producto, y contra el interés que este nos pueda despertar.

Nada de eso ocurre con el drama de Henrik Ibsen "Un enemigo del pueblo", verdadero paradigma del teatro moderno estrenado en Oslo el 13 de enero de 1883, y que en una revisión adaptada, dirigida y musicalizada por Lisandro Fiks, se exhibiera en la sala de "El Círculo" unos pocos días atrás.

La versión de Fiks, como no podía ser de otra manera, aggiorna y sintetiza la célebre pieza del dramaturgo noruego, suprime y funde personajes, traslada la acción de una ciudad balnearia de la península escandinava a una ciudad pequeña de la provincia de Buenos Aires, y el suegro del protagonista —en realidad el padrastro de su mujer—, que Ibsen hace circular por el escenario un par de veces, aquí solo cobra vida —¡y cómo habría de ser, si no!— a través del omnipresente teléfono celular…

El monumento que imaginó Ibsen —cinco actos, once personajes, innumerables comparsas de diversa extracción social, varios colegiales, y hasta un borracho que es un pelmazo inaguantable—, no podía montarse ortodoxa y arqueológicamente en estos tiempos, y la adaptación que se vio, correcta, ingeniosa y sobre todo muy ágil, tiene el mérito (al margen de los guiños alusivos a la desastrosa realidad nacional) de haber instalado una vez más, en medio del fárrago deliberativo del mundo contemporáneo, la tesis ibseniana que el autor pone en boca de su personaje principal, el doctor Stockmann, y que tantas controversias interpretativas ha generado:

"El enemigo más peligroso de la razón y de la libertad de nuestra sociedad es la mayoría compacta. El mal está en la maldita, compacta mayoría liberal, es ella la culpable… La mayoría no tiene razón nunca. ¡Nunca, he dicho! Esa es la mayor mentira social que se ha dicho. Todo ciudadano libre pensante debe protestar contra ella. ¿Quiénes son la mayoría en cualquier población? ¿Los más dotados o los estúpidos? Creo que estaremos de acuerdo si expreso que los estúpidos están en todas partes, formando una mayoría aplastante. Pero creo también que eso no es motivo suficiente para que manden los estúpidos sobre los demás… La mayoría tiene la fuerza, pero no la razón. Tenemos la razón yo y algunos otros pocos. La minoría siempre tiene razón" (Acto cuarto).

¿Se atreve el señor Ibsen, con este aristocratizante parlamento que le hace declamar a Stockmann, a poner en tela de juicio la voluntad del pueblo soberano? ¿Es Ibsen un golpista socavando los pilares de la democracia que, según nos enseñaron, sería la forma de gobierno más evolucionada y más justa que hasta el momento el genio humano haya podido inventar?

"Un enemigo del pueblo" es una obra de arte demasiado rica y demasiado compleja como para reducirla a términos tan simplistas, y las miserias que desnuda valientemente, como la manipulación informativa que los gobiernos comparten y se disputan con los medios de difusión, el predominio de intereses individuales o corporativos por sobre los que beneficiarían a toda la comunidad, la corrupción, el soborno, la hipocresía, la especulación financiera, o la falacia que se oculta detrás de todo discurso político, son los ingredientes que le aseguran una longevidad y una actualidad poco menos que milagrosas.

En pleno siglo XVII el filósofo inglés Thomas Hobbes argumentó que el derecho natural de cada individuo a preservar su vida, colectivamente equivalía a una guerra sin cuartel, a la que llamó "la guerra de todos contra todos". Para conjurar semejante caos y movidos fundamentalmente por el miedo, debíamos firmar un "contrato social" y someternos a un poder soberano (es decir, a un gobierno) que, según su criterio, tenía que ser un poder omnímodo y absoluto. A dicho estado soberano Hobbes lo designó como el "Leviatán", aplicándole el nombre de un horripilante monstruo marino que Jehová describe con lujo de detalles en el Antiguo Testamento, hacia el final del Libro de Job.

De horripilantes monstruos ungidos como gobernantes sabemos no poco, y los nombres de Nerón, de Hitler, o de los miembros de las últimas juntas militares argentinas acuden a nuestra mente, sin siquiera ser evocados…

Pero una vez recuperada la normalidad democrática y republicana, cabría formularse aún esta pregunta: los poderes del Estado, ¿son verdaderamente independientes y actúan como aceitados mecanismos de mutuo control, o todo es un bluff orquestado para consumo del incauto hombre de a pie, mientras que entre bambalinas se cuecen las maniobras y los contubernios más sucios e inconfesables?

¿Hasta qué punto podemos dar crédito a lo que nos informan oficialmente nuestros gobiernos, o a las noticias que propalan, interesadamente, los partidistas y nada ecuánimes medios de comunicación? En la puesta de El Círculo a la que antes hice referencia, hubo una ocurrente respuesta que mereció aplausos y ruidosas muestras de aprobación por parte del público, y que se suscitó cuando el intendente de la ciudad se lamenta de no contar con suficientes fondos en las arcas del municipio, ante lo cual el periodista —si no recuerdo mal—, es quien le aconseja que "ahorre en publicidad".

¿Alguien se ha puesto a pensar, alguna vez, lo disparatado que suena que los dineros públicos —es decir, los aportes de todos los contribuyentes: simpatizantes, opositores y neutrales—, sean discrecionalmente utilizados por una gestión de gobierno para publicitarse obsesivamente a sí misma?

Si como teorizara Thomas Hobbes, erigimos nuestras estructuras gubernamentales mediante la firma de un imaginario contrato social, forzosamente deberá tratarse de un contrato leonino, puesto que —aun "en democracia"— los poderosos de turno siempre se reservarán la parte del león, y defenderán esa prerrogativa con garras y dientes, sin importarles un comino la suerte que corran los demás animales de la selva. Y eso es lo que denuncia artísticamente Henrik Ibsen con lucidez apabullante.

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