opinión

La pandemia del miedo

Pandemia. El aislamiento obligatorio de los sanos, que propone la medida de la cuarentena, es una respuesta sin antecedentes en la historia de las enfermedades.

Lunes 08 de Junio de 2020

"Ensució la majestuosa imparcialidad de nuestra ciencia, puso al descubierto nuestra vida pulsional en su desnudez, (…) empequeñeció de nuevo nuestra Patria e hizo que el resto de la Tierra fuera otra vez ancho y ajeno. Nos arrebató harto de lo que habíamos amado y nos mostró la caducidad de muchas cosas que habíamos juzgado permanentes".

Sigmund Freud, 1915.

Las reflexiones de Freud sobre la guerra podrían ser hoy atribuidas a la pandemia del Covid-19 por su dimensión de catástrofe, efectos devastadores en la realidad fáctica y psíquica de los seres humanos y los lazos sociales.

Las enfermedades metaforizan las problemáticas sociales de cada tiempo. La antigüedad es representada por la lepra. El medioevo por la peste. El mundo moderno por la sífilis. El capitalismo industrial por la tuberculosis. El capi­talismo estatal por el cáncer. La época posmoderna por el sida.

Las enfermedades premodernas tienen en común su condición de epidemias. La lepra era considerada un castigo divino a sujetos impuros y pecadores, la intervención tenía por eje el aislamiento. La peste era considerada un mal del otro, provenía del exterior, mal colectivo asociado a la pobreza. La ideología cris­tiana la resignificó como castigo al pecado. La sífilis fue considerada un castigo merecido al vicio. Los enfermos se dividían en inocentes y culpables asociando estigma social a responsabilidad; enfermedad vergonzante, cargada de conno­taciones morales y un discurso preventivo centrado en la abstinencia sexual, prohibición de relaciones extrama­trimoniales y besos. Su causa se situó también en el extranjero. El sida heredó su caracter estigmatizante y se asoció a ciertas poblaciones.

El Covid-19, como el sida y las enfermedades premodernas (sífilis, lepra y peste), tienen grandes consecuencias de descohesión social a partir del miedo. El miedo es generado por el impacto de un virus desconocido que produce una enfermedad sin cura ni tratamiento que puede ser mortal. El miedo es inoculado también por los gobiernos para lograr el objetivo de la prevención y acatamiento de órdenes y administrado a diario en altas dosis por los medios que comunican historias de horror y muerte, extrapolando realidades epidemiológicas y cifras de mortalidades ajenas.

El estigma de esta nueva identidad como con el sida establece una diferencia entre culpables de enfermar e inocentes. En nuestra sociedad a los profesionales de la salud se los aplaude en los balcones y se los rechaza en edificios o barrios. La percepción del "otro" como posible foco de contagio y amenaza se percibe en vecinos que apedrean viviendas de quienes llegan del exterior o les prohíben el ingreso a comunas y ciudades. El egoísmo alimentado por el miedo naturaliza la denuncia y rol de vigilancia y control de las normas derivadas de la cuarentena obligatoria

En el mundo existen modelos de abordaje del Covid-19 con cuarentenas obligatorias, cuarentenas optativas y/o recomendadas y modelos sin cuarentena. Las cuarentenas obligatorias de muy diversa rigidez en la mayoría de los países han sido reguladas por el derecho administrativo (multas, sanciones no penales a reincidentes). En Argentina ha sido regulada por el derecho penal formal tipificando como delito la trasgresión del confinamiento (aprehensiones policiales, detenciones, imputaciones, antecedentes penales y arrestos domiciliarios). Las cuarentenas parecen haberse naturalizado, como si situaciones pronosticadas extremas ameritaran respuestas extremas sin antecedentes.

El confinamiento obligatorio de los sanos: una respuesta sin antecedentes en la historia de las enfermedades.

La historia de las enfermedades infecciosas no registra la dimensión que conocimos los argentinos como "cuarentena". "Aislar el mal" fue en el siglo XIV la respuesta a la peste negra que azotó Europa y se cerraron ciudades para evitar accesos y expulsaron extramuros a los infectados. En 1377 por primera vez una ciudad fue declarada en cuarentena; Ragusa (hoy Dubrovnik, Croacia) estableció el aislamiento por treinta días de los que llegaban y barracas para infectados y extranjeros y posteriormente su reclusión en islas cercanas. Luego, otras ciudades de Europa copiaron este modelo sanitario aumentando a cuarenta días el aislamiento.

Las prácticas de aislamiento individual están registradas desde hace dos milenios, pero siempre en relación a las personas infectadas o enfermas. El modelo que supone el aislamiento de la población sana se contrapone con sugerencias de expertos de invertir en testeos y educación y detectar y aislar a enfermos y portadores asintomáticos y no a los sanos. El costo social y psicológico, además del costo económico, para las poblaciones pareciera no ser sopesado por el discurso oficial de infectólogos que apoyan el modelo de "cuarentena rígida para todes" y profesionales de la salud mental y sociología debieran integrar los comités de asesores.

El Covid-19 pareciera un retorno a enfermeda­des premodernas, estigmatizantes y que requieren el aislamiento y la exclusión del circuito productivo pero no solo de los infectados sino de todos en tanto posibles portadores.

La pandemia nos interpela a convivir con los riesgos cuando lo ideal de erradicar los riesgos o los virus no es posible. Al quebrantamiento del humanismo corresponde la caída de los ideales y el nihilismo contemporáneo. Este no es un virus más, contradice los manda­mientos de la modernidad imbuido de un sentido apocalíptico. Resquebraja, más aún, los pilares de la confianza en la ciencia y la técnica, el progreso, el hombre. La sociedades retornan a las lógicas disciplinarias: medicalizar la vida y vigilar lo social, como modo de defensa.

En 1920, Freud en "El malestar en la cultura" planteaba que la cuestión decisiva para el destino de la humanidad era si su desarrollo cultural lograría dominar la humana pulsión de agresión y autoaniquilamiento. El desafío entonces es poder hacer frente también a la otra pandemia, tanto o más peligrosa que el Covid-19, la pandemia del miedo con los daños irreparables que produce en los lazos sociales.

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