Un audio, que fastidio cuando llega un audio, más cuando dura más de un minuto, que es mucho más de lo que cualquier mortal puede aguantar sin sufrir un ataque de ansiedad, no importa quién lo mande, la maestra del más chico, el médico que te hizo la colonoscopia o ella, que supo ser la más linda de todas, la reina de Cerebro en Bariloche y de los desfiles de Melocotón cuando todavía se podían hacer los cambios de vestuario en el baño de Contrabando o de Lager, es lo mismo, con las modelos amontonadas, en ropa interior, pasándose el lápiz labial de mano en mano, fumando, hablando a los gritos, sin que nadie tuviera el más mínimo temor de contraer un virus letal y no vivir para contarla.
“That's why I'm easy, I'm easy like Sunday morning...”, la voz de Lionel Richie sonando bajito, lejana, como si cantara dentro en un refugio nuclear. La cadencia es la misma, un ronroneo meloso que en los reservados de Coco, tan oscuros y profundos que le hubieran puesto la piel de gallina a los 33 mineros chilenos, era una sentencia de amor. Aun en el auricular del celular, en un fastidioso audio de WhtasApp, la melodía evoca a los lentos, el aroma embriagador del Channel Nº5 y el primer beso con los ojos cerrados y un ligero temblor en los labios .
“Cuantas noches de boliche, la música en la carnicería”, el mensajito, dos líneas, ni una palabra más ni una menos, y adiós a la magia, a las luces estroboscópicas, el láser y la bola de espejos, adiós a las playlists de Hernán Albano y Alejandro Motta. La cruda realidad. Hoy lo más parecido al boliche es La Gallega el viernes a la tardecita, cuando los jóvenes de ayer van a aprovisionarse de alcoholes y fenoles para resistir hasta el lunes, mando a distancia, Netflix y tapados hasta las narices con una mantita robada de Aerolíneas que ya tendrían que haber renovado, pero quién se anima a subirse a un avión con tanto barbijo, PCR y carnet de vacunación, tanta variante Delta, tanta incertidumbre de no saber cuándo vas a poder volver, que al final de cuentas es lo mejor de los viajes, hogar dulce hogar, vermouth con papas fritas y good show.
¿Qué era ser cool en los 70? Escuchar a los Commdores, sin dudas, y cómo habrá sido que dos de los pibes de la selección que ganó la Copa América se llaman como se llaman por el funk sensual de sus grandes éxitos, puro groove, puro vinilo, pura seducción. También, ir al boliche, solo que en esa época se llamaba discoteca, servían hectolitros de Séptimo Regimiento rebajado con agua de la canilla, tenían la música al palo sin que a nadie se le ocurriera denunciarlas por ruidos molestos y las chicas en hot-pants, medias red y botas de caña alta y los muchachos con pantalones pata de elefante y camisas con cuellos grandes como el ala del Concorde, bailaban ahorrando energías a la espera de que bajen las luces y arranque la sección melódica, los lentos, la hora de la verdad, y todo en una nube tóxica de tabaco que dejaba el pelo, la ropa, la piel con un olor tan rancio y penetrante que no hacía falta usar repelente para que los mosquitos kamikazes del parque Independencia huyeran espantados como si hubieran visto un fantasma.
A la cabeza estaba Tunelmanía, ahí, en la caverna de ladrillo visto por donde ahora pasan autos a máxima velocidad rumbo al “narquito de papel” y Sergio Denis una desgraciada madrugada de 1972 se dio su primer porrazo en un show en vivo, cuando colapsó el piso de vidrio de la tarima sobre la que estaba cantando. Era el boliche mas banana de la city, y eso que estaban Profesor Plum, elegante y refinado, en Santa Fe entre San Martín y Maipú, donde ahora hay una cochera puro cemento y soledad, y Mongo Aurelio, en el corazón de barrio Martin, que era el más cheto, sin mocasines de Modulor y cuenta ganado colgando del cinturón de cuero trenzado no podías ni acercarte a la puerta, y lo tenía a Marito Spirandelli acodado en la barra, vidrio on the rocks en la mano derecha y en la izquierda, abrazada bien fuerte, a Mariela Costa, perfecta, hermosa, veloz, luminosa, como el pop de Virus, mil años antes de que los hermanos Morua soñaran siquiera con tocar en Obras y lo hicieron y fue un éxito y disco maravilloso también.
El centro todavía era el centro, con las vidrieras de los locales iluminadas, sin rejas, tentando a las familias que salían de paseo a la tardecita y más allá, a tomar un helado a Dacol, a comer un Menditeguy en Aguiló, y no el páramo que es hoy por las noches, oscuro, desangelado, abandonado a su suerte. Miradas esquivas, sombras inquietantes, largos silencios. Con suerte, en medio de la madrugada, se escucha el traqueteo cansado de un colectivo que ilumina a su paso los carteles de “se vende”, “se alquila”, con las luz mortecina que se filtra de las ventanillas, como el autobús noctámbulo de Harry Potter pero sin ninguna magia.
Antes era otra historia, se imponía cenar en el Rich, clásico de clásicos, imposible no pedir el flan con dulce de leche de postre; tomar una copa en Paco Tío, ambiente relajado, luces tenues, ideal para las parejas que buscaban privacidad, y si pintaba “mover el esqueleto”, porque aunque usted no lo crea en aquellos tiempos así se llamaba a lo que los millennials ahora llaman “perreo”, poner proa a Baltasar, pista amplia, música disco y a lucir los pasos de “Fiebre de sábado por la noche” aprendidos después de horas frente al espejo del ropero en la pieza de los viejos. La envidia de John Travolta y Olivia Newton-Jonh.
“Durante la semana te llamaban uno, dos, tres, cuatro muchachos y el sábado a la mañana decidías con quién querías salir y con quién no”, cuenta en el más absoluto off una de las figuritas difíciles de aquellos buenos viejos tiempos, y con un brillo cómplice en la mirada añade: “Te llamaban al teléfono fijo, el negro, grandote, y los tenías que atender a escondidas para que padre no se enterara; después, el elegido te pasaba a buscar y te traía de vuelta, todo muy prolijo, muy cuidado”. Era exactamente así, pero no para todos y todas, los que tenían auto corrían con ventaja, aunque fuera del padre y, en vez del soñado Falcon Polara o el Chevy, manejaran un Fiat 125 o un Yeyo, que para hacer pinta frente a la vidriera de La Floridita en La Habana vieja iban como piña, pero en la Rosario que aspiraba al tener del “ruido” de Mau Mau y Sobremonte, eran “mersas”.
Qué importaba si no estaban entre los “must” de la revista Siete Días si te llevaban a nada a Sunset en Alberdi o a Rojo 7000, que estaba en ruta 9, apenas pasando el arroyo Ludueña, techo a dos aguas, tacómetro explotado en el frente y un Torino reluciente al lado de la barra, que era un sueño para unos y una pesadilla para otros, más que nada para los sufrieron en carne propia en en el TC hasta que Carlos Pairetti los pasó por arrib a con el legendario Trueno Naranja. Aquí y allá y en todas partes sonaba Lionel Ritchie y “Easy (like Sunday morning” y esa cosita loca llamada amor estaba en el aire.