Las apps para citas cambiaron la forma de conocer gente y relacionarnos. Ya no solo las usan quienes son tímidos, reservados o solteros y solteras empedernidas sino una enorme cantidad de personas. Tinder, por ejemplo, creada en 2012, es la app más popular del mundo con más de 75 millones de usuarios activos.
La aplicación puede especificar el máximo de distancia deseado para indicar a cuántos kilómetros se encuentran los contactos deseados.
Posiblemente Tinder haya generando una serie de efectos positivos. Por ejemplo: ha reducido la estigmatización de la sexualidad y permitido explorar nuevas experiencias y lugares y también, como no, la oportunidad de forjar una relación amorosa duradera.
Se cree que un tercio de los matrimonios actuales tienen sus orígenes en estas plataformas. Pero como dice Santiago Bilinkins, el negocio de Tinder es que busques no que encuentres y las investigaciones concluyen que estas apps están afectando negativamente la salud mental de algunos usuarios.
¿Vale todo? En septiembre de 2019 la Secretaría de Defensa del consumidor de EEUU demandó a los dueños de Tinder y OkCupid (otra app de citas) por aprovecharse de la desesperación de quienes no están pudiendo encontrar pareja para permitir que sean contactados por perfiles falsos, invitándolos a pagar para entrar en contacto con personas supuestamente interesadas que al final no existen.
Se estima que entre el 25% y 30% de las cuentas creadas en estas plataformas podrían ser falsas. Este problema se encuentra en el corazón del sistema general de estas aplicaciones: no está orientado a crear relaciones y conexiones saludables; más bien, está diseñado para activar el sistema de recompensa del cerebro.
Cuando el usuario recibe una notificación de que ha emparejado con alguien o incluso el simple acto de mirar cuerpos atractivos y fantasear con ellos, provoca una mayor actividad en la región del cerebro involucrada en los circuitos del placer que bombean dopamina.
No hay nada intrínsecamente malo en estimular la producción de dopamina; a corto plazo, esto se siente bien. Sin embargo, construir vías de dopamina de forma excesiva hace que Tinder y otras aplicaciones impacten a largo plazo de forma negativa en el bienestar mental de las personas.
Equipos de psicólogos empleados por estas aplicaciones han creado modelos para brindar una excitación intensa que desaparece rápidamente, por lo que la motivación pasa en seguir buscando perfiles mientras intentan perseguir más de esa sensación.
En lugar de buscar ofrecer ofertas de amor y paz o de sexo, drogas y rock and roll, estas empresas actúan como agentes provocadores.
Es muy fuerte el deseo de encontrar a alguien a quien amar y ser amados pero también nos deja en una posición especialmente vulnerable. Hay quienes olvidan que detrás de esos perfiles hay personas con expectativas, temores e ilusiones.
Cuando valorás al otro como un producto es muy fácil que lo trates en términos de mercado. Depende de los usuarios fortalecer sus recursos mentales tanto como sea posible y divertirse genuinamente sin lastimar a nadie. Tinder tiene sus particularidades, algunas positivas y otras negativas.
Pero no es justo responsabilizar al medio de que el amor sea cada vez más difícil en estos tiempos.
Las grandes historias de amor necesitan de personas responsables, creativas y flexibles en la construcción del vínculo. Por otro lado, los dueños de estas aplicaciones deben poner su parte y hacerse cargo del impacto que sus planes de negocios pueden tener en el bienestar de los usuarios. Si no lo hacen, alguien pagará por eso.