Opinión

El poder y la resistencia

La amenaza de las redes. La libertad del hombre, bien inalienable, se ve acosada por las nuevas formas de comunicación, que lo someten a "la irrelevancia de optar entre banalidades", de acuerdo con la crítica visión del autor de esta nota. Para enfrentar el sometimiento, primero hay que reconocerlo.

Lunes 23 de Julio de 2018

Tanto la manifestación de poder como la interdependencia son inherentes a la condición humana. Hegel lo expresa dialécticamente en la relación amo-esclavo, que me permito traducir así: el hombre es un animal con necesidades, pero es también conciencia que requiere reconocimiento. Ser él reconocido sin reconocer, en un principio. Es que ser hombre es no quedar retenido por algo ajeno, es trascender lo dado, aun su propio cuerpo: es "ser más y ser otro, en relación al ser que apenas vive". Negación que se realiza por la acción. Y si el otro realiza la misma negación, entonces la lucha. Donde al fin, hay uno que ha asumido la posibilidad de morir en tanto que el otro ha elegido vivir. Amo y esclavo respectivamente. El primero, que se hace reconocer su propio "para sí" (así como la propiedad de lo que tiene), sin que reconozca él al otro; pero que irá dependiendo no obstante, del trabajo de aquél; que ya es trabajo, no destrucción de la cosa por mero consumo; por lo que el segundo llegará a hacerse consciente de sí por su actividad; hasta alcanzar reconocimiento en un proceso (dialéctico también) que recorre actitudes sucesivas: estoica, escéptica o nihilista, de la conciencia (cristiana) infeliz. Es así como se desarrolla la historia: lucha por el reconocimiento y trabajo que transforma la naturaleza.

Nietzsche después, mediante una crítica a la religión (expresión de la conciencia infeliz según él), proclama la muerte de Dios afirmando a la vida misma; que ni una cultura escéptica ni nihilista puedan contradecir. Habla de voluntad (partiendo de Schopenhauer pero sin el tono pesimista de éste). Voluntad de poder dice, sin necesaria connotación política.

Quien sí atiende al poder como poder político es Maquiavelo. Ya en el siglo XIV lo hace. Observando cómo se lo ejerce, pragmáticamente y no como doctrina ética o metafísica. Y de cómo se lo practica (antes de qué es y por qué es) lo sigue recomendando Foucault en nuestro tiempo; no sólo refiriendo al gobernante sino extendiendo el análisis a toda relación de poder.

Es que nos enseña el primero, las formas de alcanzar y de mantener el poder que la experiencia histórica ha mostrado eficaces y que consideraciones morales no han logrado detener nunca. Y es que nos advierte el segundo, que el poder está presente en toda relación, tanto interindividual como social, y no sólo en el Estado y la política. Ello por la posibilidad que siempre hay, de que alguien o algunos ejerzan influencia sobre otro u otros.

Desde el siglo XVII, ejercer el poder ha dejado de ser "hacer morir o dejar vivir" para pasar a ejercerse sobre la vida misma. Junto a la política institucional, se establecen dispositivos y prácticas que disciplinan al individuo. Hasta las mismas ciencias del hombre terminan utilizadas para su control y "normalización". Hay, pues, un poder cotidiano que se sostiene en el cuerpo del individuo, como "disposición de conducta".

¿Quiere decir que toda relación interhumana es tensión de fuerzas? Casi que sí. Se lo observa en los casos de relación de dependencia… aun en las relaciones de pareja, de amistad… A tal punto que, para Foucault, el poder gesta al individuo mismo. Pero, precisamente por ser relación de fuerzas, presenta dos aspectos: poder pero también resistencia; acción pero también reacción (lo que puede llevar a cambios). Entonces, en quien es afectado por el poder no deja de darse la alternativa: se resiste o lo acepta.

Y no sólo es el poder político y el cotidiano. También se actúa sobre el otro por la comunicación; mediante la "fabricación" de sentido. "Disciplinarización" de la sociedad por tanto, mediante un "ajuste cada vez mejor controlado entre actividades productivas, redes de comunicación y juego de relaciones de poder".

En efecto, el poder hoy se ejerce asimismo, construyendo significado; desde el discurso se lo hace y a través de redes sociales (M. Castells). Y sirve aun, institucionalizado que haya sido el recurso a la violencia en el Estado (en un contexto de dominación), para legitimarlo obteniendo consentimiento por acceso a los recursos comunicativos.

Hay redes en que operan relaciones de poder entonces; lo hacen además, por articulación entre lo local y lo global. Se configuran a escala global. Conjuntos de nodos interconectados (quedando éstos en función de la red y de los objetivos que persiga). Estructuras comunicativas que procesan flujos (corrientes de información) que circulan por los canales que conectan a esos nodos. Pero son agentes sociales los que crean y programan estas redes, "empoderándose" de tal modo para actuar en los procesos sociales y alcanzar sus objetivos. Lo que siempre implica actuar contra otros actores sociales, sus valores o intereses. Con la probable contraposición que se genera, entre la estructuración de estas "redes instrumentales" a escala global, y la delimitación de la autoridad del estado-nación "en sus límites territoriales". Ellas actúan sobre la opinión pública a través de los medios y redes de comunicación. Y al poder lo ejercen, no tanto por exclusión como por "imposición de reglas de inclusión"; atento a que, como ha sido calculado, "el coste de la exclusión de las redes aumenta más rápido que las ventajas de inclusión en ellas". Pero constituidas al fin, en beneficio de algunos: quienes las crean y programan. Si bien, como en toda relación de poder, también aquí pueden surgir resistencias, que deberán a su vez canalizarse en redes, sustentadas asimismo "por tecnologías de la información y la comunicación".

Todo lo cual, con prescindencia absoluta de alta cultura; tan sólo rige un "informacionalismo" pragmático: los programadores se limitan a centrarse en una meta prefijada, reúnen información relevante a ese efecto, la recombinan y aplican; y lo hacen según objetivos trazados por agentes y por medios electrónicos. Y tampoco es que haya por arriba valores compartidos; sólo se comparte la comunicación misma y la trivialidad de sus mensajes, con lo único que por lo demás todo el mundo acepta por debajo: el valor de cambio. Ámbito comunicacional sin más; en que los discursos se difunden, debaten e internalizan. Así, se incorporan a la acción humana. Tal, su efecto de poder y control.

En resumen: el hombre, midiendo fuerzas en sus relaciones con los demás; y en su situación social, sometido a una diversidad de relaciones de poder, incompatibles en él; sin identidad propia, reducido a "looks" sucesivos, carentes de profundidad y consistencia; invadido por las redes a las que, si no integrado, resulta excluido y a un coste cada vez mayor; que le roban datos, privacidad, intimidad; cuando no pugnando él mismo por exhibirse en ellas sin pudor; empobrecida su libertad a la irrelevancia de optar entre banalidades; librado a sí mismo en servicios esenciales; a merced de grupos que ganan el espacio público por la fuerza y lo privan de ejercer sus derechos;…

Vuelvo entonces al principio. Soy para mí; entonces que los demás me reconozcan en mi ser. También me debo a los demás; entonces, que yo los considere de igual modo. Interacción con reconocimiento recíproco que sea, por tanto, la síntesis (hegeliana). Por la necesaria interdependencia que nos sostiene. Y porque nadie, ni aún en la relación afectiva más entrañable, tiene el derecho a prescindir de la libertad del otro. Para que cada uno pueda verse a sí mismo sin humillación. Que poder mirarse con respeto se llama tener dignidad.

El poder, pero también siempre la posibilidad de resistirse a él; en la medida que el hombre esté así defendiendo su libertad, su identidad, su honra.

¿Y en cuanto al poder mismo? Sólo en tanto ejercido sobre uno mismo como autocontrol; en garantía de los demás. De modo que se cumpla el proyecto histórico de la Ilustración: el individuo humano como persona, con una identidad estable, cultivado y dueño de sí.


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