Opinión

El encierro en tiempos de pandemia de coronavirus

El aislamiento social preventivo y obligatorio fuerza a repensar el confinamiento, que no es igual para quien se queda en casa que para un preso.

Viernes 24 de Abril de 2020

"Siempre pensé que iba a ser joven hasta la eternidad. Pero me di cuenta que la vida puede terminar antes de la muerte".

Jorge, 60. Taller "Historial de soledades" Unidad III Rosario

Durante estos tiempos de coronavirus, la pandemia ha obligado a muchos seres humanos a re-significar el término encierro. Estar confinado por decreto nos atraviesa a todos. Sin embargo, esta realidad no se ha traducido en la necesaria empatía con las personas privadas de su libertad en las sobrepobladas unidades carcelarias.

Aunque somos conscientes de que una crisis de ansiedad o claustrofobia fuera de las cárceles argentinas puede tener la misma intensidad que dentro de una celda y una habitación, una relación tóxica, una institución sanitaria de rehabilitación o una dependencia pueden ser una prisión.

No todos pueden aceptar el mandato del aislamiento social preventivo y obligatorio de quedarse en casa con la misma entereza o docilidad, pero las insubordinaciones al decreto y resistencias al abuso de poder parecieran no tener que ver con la negación del preso que se resiste a tener contados sus minutos de exposición al sol en el patio o —en el otro extremo- su rebelión en mortales motines. Semejanzas y diferencias.

Nos alertaron las repercusiones mediáticas de consecuencias de reclamos y revueltas en cárceles argentinas, fuimos testigos del desconsuelo de una madre ante la muerte de su hijo en confusas circunstancias. Nos conmovió una interna recordándonos: "Estamos presas, pero somos seres humanos". Sin embargo, cuesta asociar la violencia naturalizada en las cárceles con esta violencia que pareciera abonada por los riesgos del coronavirus, pero que en realidad se halla alimentada por las desigualdades e injusticias. Entre ellas, no poder acceder a visitas y por lo tanto a mercancías, alimentos y también drogas.

Diríamos, acorde a la sabiduría popular: "Rico no es quien más tiene, sino quien menos necesita". Paradójicamente son aquellos que más necesitan, que más desean, quienes se vuelven los más vulnerables, menos libres, esclavizados. Doble esclavitud del interno, que requiere de las drogas para hacer su existencia más soportable. Porque las desea o porque las necesita, matices entre el consumo y la dependencia.

A nivel internacional ha crecido en la última década el consenso acerca del fracaso del abordaje prohibicionista en todo su espectro. En Argentina se le ha caído la careta a la penalización de la tenencia para consumo, ya es casi imposible no ver la maximización de daños que acarrea. El consumo en situación de clandestinidad, la posible persecución policial y penal, los daños del encierro.

El coronavirus también interpela a la propuesta de legalización de las drogas y la lógica del control estatal del mercado como asunto de salud pública. Instalar en manos del Estado el control tanto de la producción como de la comercialización y consumo adulto permitiría que hoy las drogas en las cárceles argentinas fueran un medicamento y no un veneno.

Porque en las cárceles argentinas no se consume menos, sino que se consume distinto: se consume en primer lugar lo que hay disponible, desde el alcohol puro de la farmacia al alcohol de los desodorantes. Se consumen fármacos que dejan de ser remedios para convertirse en sustancias tóxicas, en cantidades y combinados. Se consume con desesperación, porque el interno necesita garantizar que no le incauten en una requisa lo que entró con las visitas, que en la frontera no se pierda a manos de la corrupción de quien luego se lo venderá adentro, cuando era suyo.

Todos los estados se magnifican en el encierro y una abstinencia es una abstinencia con A mayúscula, la irritabilidad de la falta de drogas es violencia y la re-venta de drogas y su adulteración no es la excepción sino la regla y más que en un peligro, se traduce en una tragedia. Muertes en circunstancias confusas, peleas por el control del mercado, por una dosis, por cualquier cosa.

La maximización de los daños abunda en tiempos de coronavirus, pero no nace con ellos. Las famosas respuestas que pueden hacer más daños que el problema. Antes, como ahora, la ley 23.737. En estos tiempos, la necedad del poder punitivo y la aplicación de un decreto que conduce a que por haber infringido la cuarentena obligatoria un joven deba convivir hacinado con otros 28 en una celda minúscula de una comisaría durante doce horas, o una joven pareja llegue a estar cuatro días presa. Castigo de los vulnerables, de los necesitados, de los que salen desesperados a conseguir dinero para la manutención de una familia, para los que irracionalmente, sin medir consecuencias, salen a conseguir dinero, alimentos, medicinas, drogas. Antes y durante los tiempos del coronavirus. Antes y después del decreto presidencial 297/2020.

¿Cómo pueden sorprendernos los reclamos de los internos por las condiciones de higiene y salubridad en tiempos de coronavirus, si las mismas y el hacinamiento han sido documentadas en múltiples recursos de amparo colectivos de la Defensa Pública Penal? Se maximizan riesgos y daños en la situación de encierro con el coronavirus como ocurre con el consumo de drogas. Las papas queman, como diría Doña Rosa, y las alternativas humanitarias de las prisión domiciliaria para mayores enfermos y vulnerables surgen más desde la urgencia de resolver lo que no tiene solución: la situación carcelaria, que desde la racionalidad y proporcionalidad de la sanción penal que recurrió a la pena privativa de la libertad.

¿Cómo horrorizarnos de la realidad actual de nuestras cárceles con el avance del coronavirus, si esta situación no es actual y lamentablemente se halla naturalizada? Como se halla naturalizado al interior del sistema penitenciario argentino percibir como prerrogativa la atención sanitaria, ver como privilegio el derecho a la salud.

Los usuarios de drogas detenidos en las cárceles argentinas y los presos que consumen drogas siguen pagando con su vida la falta de una política de regulación de las drogas y de una política humanitaria acorde al artículo 18 de la Constitución Nacional. "Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas".

Los tiempos actuales interpelan la sensibilidad y el intelecto. Quizá sea el pragmatismo lo que comience a devolverle la humanidad perdida a la política de drogas argentina en general y a la política penitenciaria en particular. Quizás un virus, invisible pero insidioso, paradojalmente permita visualizar la necesidad de nuevas respuestas. Respuestas complejas, insolentes, drásticas, pero quizá a esta altura de las tragedias, imperiosas.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario