Esa reconstrucción de la identidad vitivinícola es uno de los principales desafíos que mencionan los productores. Además de invertir en viñedos y bodegas, deben convencer al público de que Entre Ríos volvió a elaborar vinos de calidad, una actividad que permaneció prácticamente ausente durante más de medio siglo. “Creo que estamos rompiendo esas barreras. Mucha gente desconocía la historia de la provincia como productora de vinos y, todavía hoy, sigue siendo difícil comunicar que el vino se hace acá”, indicó Mauro Jacob, sommelier de profesión y uno de los responsables de Los Aromitos, un emprendimiento vitivinícola ubicado en Colonia Ensayo, a unos 20 kilómetros de Paraná, en el departamento Diamante.
También se destaca por su inversión la bodega BordeRío, en Victoria. Se trata de un desarrollo a gran escala, llevado adelante por la empresaria rosarina Verónica Irazoqui. El espacio se construyó ocupando un predio de 50 hectáreas, donde 12 están destinadas exclusivamente al cultivo de distintas variedades de uvas.
La familia Jacob, fundadora y titulares de la bodega Los Aromitos.
Foto: gentileza Los Aromitos.
Empezar casi de cero
La familia Jacob comenzó su apuesta vitivinícola en 2011 y fue una de las primeras en sumarse al resurgimiento del vino entrerriano, un proceso que había comenzado algunos años antes con otras iniciativas pioneras como la de Jesús Vuilliez, en Colón, y Rubén Tealdi, en Victoria. “Cuando arrancamos había apenas dos o tres proyectos de viñedos en la provincia”, consideró Jacob en diálogo con Negocios.
En la misma línea, Jorge Riehme, fundador de Finca Los Bayos, en Urdinarrain, dentro de Gualeguaychú, señaló que el regreso de la actividad implicó mucho más que volver a plantar vides. "Acá se habían perdido los conocimientos y los saberes. Cultivar la vid es muy distinto a hacerlo en Cuyo, así que al principio fue mucha prueba y error", explicó sobre sus inicios. En ese entonces, cuando comenzó a investigar sobre la producción vitivinícola en Entre Ríos descubrió que prácticamente no existían antecedentes en su localidad y en 2017 inició la aventura junto a su familia.
Según recordó, en ese proceso fue clave el aporte de profesionales uruguayos, acostumbrados a trabajar en condiciones climáticas similares a las del litoral argentino, quienes aportaron su know how para que los proyectos pudieran despegar. También es clave el aporte de su hijo, Maximiliano Riehme, enólogo a cargo de la bodega.
Riehme recurrió al asesoramiento del ingeniero agrónomo y enólogo uruguayo Andrés Passadore, quien anteriormente había asesorado a familias como los Jacob, para definir las variedades más aptas para el territorio entrerriano. El proyecto también se apoya en otra producción regional: una plantación de 15 hectáreas de nuez pecán, que fue creciendo de manera escalonada desde sus inicios y hoy complementa la actividad vitivinícola tanto desde el punto de vista productivo como económico.
Matías Fisolo, uno de los impulsores del emprendimiento vitivinícola, Bodega Fisolo.
Foto: gentileza Fisolo Bodega y Viñedo Boutique.
Otra iniciativa que arrancó con ayuda del enólogo uruguayo es el de Fisolo Viñedo y Bodega Boutique, en Aldea María Luisa, especializada en la elaboración de espumantes. Matías Fisolo explicó que, tras comenzar el emprendimiento como un hobby familiar junto a su padre, Raúl Fisolo, llegó un momento en que decidieron profesionalizar la producción y buscar acompañamiento técnico. "Mi papá fue quien me enseñó a hacer vinos y a cultivar el viñedo. La idea era pasar tiempo juntos, nunca pensamos que podía convertirse en un negocio", recordó.
Sin embargo, a medida que las plantas fueron madurando, la producción comenzó a superar ampliamente el consumo familiar. Eso los llevó primero a ampliar el viñedo en 2017 y, más tarde, a profesionalizar el proyecto hasta convertirlo en una bodega dedicada exclusivamente a la elaboración de espumantes, la única de ese perfil en Entre Ríos. A su vez, con el correr de los años fueron incorporando maquinaria para que la elaboración sea más profesional, con una inversión por encima de los 100 mil dólares.
Proyectos familiares que echaron raíces
Como ocurrió con Fisolo, el origen del proyecto de Pablo Menna tampoco estuvo ligado a un plan de negocios. Durante la pandemia, junto a su esposa Eloísa Martínez García, compraron una chacra en las afueras de La Paz con la idea de disfrutar del campo y desarrollar una huerta. Sin embargo, la visita de un amigo que los alentó a plantar vid cambió el rumbo del emprendimiento. En 2021 avanzaron con las primeras plantas y, apenas dos años más tarde, realizaron la vendimia.
Pablo Menna tiene un viñedo que gestiona junto a su mujer, Eloísa y sus dos hijas.
Foto: gentileza Cabañas del Viñedo.
"La primera vez teníamos 850 plantas y cosechamos unos 240 kilos de uva. Ahí empezamos a experimentar, a hacer los primeros vinos y los primeros espumantes. Al año siguiente volvimos a plantar y seguimos ampliando el viñedo. Hoy ya tenemos 1.400 plantas en una hectárea. Me acuerdo de que, en la primera plantación, hubo más de 50 personas ayudándonos a plantar, muchos eran amigos que vinieron a darnos una mano", recordó Menna, quien ocupa el cargo de secretario en la Asociación de Viticultores de Entre Ríos (AVER).
Como ocurre en buena parte de las bodegas entrerrianas, el proyecto también se sostiene sobre el trabajo familiar. En Los Aromitos, Mauro Jacob impulsó el emprendimiento junto a sus padres, Fernando Jacob y Noelia Zapata y junto a sus hermanos Matías y Leandro, con la idea de desarrollar una producción diferente y poner en valor la historia vitivinícola de la provincia. "Mi familia no tiene ningún antepasado relacionado con el mundo del vino. Surgió porque queríamos trabajar la tierra en familia con alguna producción y, cuando conocimos la historia vitivinícola de Entre Ríos, se nos ocurrió hacer un viñedo", contó Jacob.
En sus tierras conviven variedades como Tannat, Marselan, Malbec, Merlot, Syrah y Chardonnay, adaptadas a las condiciones climáticas del litoral. Además de la producción de vino, la familia decidió conservar unas seis hectáreas de monte nativo como reserva natural. Esa impronta también atraviesa la identidad de la bodega: el nombre Los Aromitos homenajea a un árbol característico de la región, mientras que su línea de vinos, Ará, toma una palabra de origen guaraní, como una forma de reivindicar las raíces culturales del Litoral.
Variedades en auge
El resurgimiento de la vitivinicultura entrerriana también implicó descubrir qué variedades podían adaptarse mejor a un clima muy distinto al de las provincias tradicionales del vino. Con mayores niveles de humedad y suelos predominantemente arcillosos, los productores tuvieron que experimentar durante años hasta encontrar las cepas que mejor respondían al suelo local. "Había que aprender qué funcionaba y qué no. No podíamos copiar el modelo de Mendoza porque las condiciones son completamente diferentes", resumió Jorge Riehme.
Jorge Riehme, productor al frente de finca Los Bayos.
Foto: gentileza Finca Los Bayos.
Con esa experiencia, algunas variedades comenzaron a consolidarse en distintos puntos de la provincia. El productor contó que en Finca Los Bayos, por ejemplo, eligieron trabajar principalmente con Merlot y Chardonnay, además de Marselan, mientras que recientemente comenzaron a realizar ensayos con Pinot Noir, una cepa de clima frío que ya está dando buenos resultados en algunos viñedos entrerrianos. “La chacra nuestra tiene 30 hectáreas y de viñedo tenemos un poco más de 2 hectáreas, pero estamos construyendo una bodega nueva. La idea es trabajar más cómodos y agrandarnos a futuro”, sostuvo Riehme.
En el caso de Los Aromitos, al encontrarse sobre una lomada que domina el valle del río Paraná, esa ubicación resulta clave para la calidad del viñedo. Para Jacob, la pendiente favorece el drenaje del agua, los vientos ayudan a disminuir la humedad y la amplitud térmica permite una maduración más lenta de la uva. "Encontramos un lugar con un microclima muy favorable para la vitivinicultura", aseguró.
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Mientras que Fisolo Viñedo eligió elaborar sus espumantes principalmente con Chardonnay y Pinot Noir, aunque también desarrolla versiones con Malbec y ensayos con Tannat. "Elaboramos nuestros espumantes con el método Champenoise, botella por botella. Cada una hace su propia fermentación, primero obtenemos un vino base y luego vuelve a fermentar dentro de la botella", explicó Fisolo. Después, las unidades permanecen entre seis meses y más de dos años sobre sus levaduras, un proceso que aporta mayor complejidad al producto y permite obtener distintos estilos, como Brut Nature, Extra Brut, Sec, Demi Sec o Dulce.
Fisolo es la única bodega entrerriana que se dedica exclusivamente a la elaboración de vinos espumosos.
Foto: gentileza Fisolo Bodega y Viñedo Boutique.
Producción artesanal
A diferencia de las grandes bodegas de las provincias tradicionales, los nuevos emprendimientos entrerrianos todavía producen a una escala reducida. Dejando de lado casos puntuales, la mayoría apuesta por elaboraciones artesanales, con series limitadas y comercialización directa, una estrategia que les permite priorizar la calidad y la atención, por sobre la masividad. Entre los espacios relevados, Los Aromitos es uno de los que alcanzó una mayor escala. La bodega produce alrededor de 15.000 litros anuales de vino a partir de unas 8.000 plantas distribuidas en tres hectáreas y comercializa sus vinos en vinotecas, restaurantes y hoteles de Entre Ríos y Santa Fe.
En Cabañas del Viñedo, el proyecto de Menna también fue ampliando la superficie cultivada y diversificando las variedades. Actualmente elabora alrededor de 2.000 botellas al año, entre vinos tintos y espumantes, una escala que la familia busca ampliar a medida que el viñedo alcanza su madurez. "Hay restaurantes a los que estamos aliados que quieren trabajar con nuestros vinos, pero todavía no tenemos volumen para abastecerlos. Preferimos esperar antes de asumir ese compromiso", sostuvo Menna. Las botellas de vino se venden en torno a los $15.000, mientras que los espumantes rondan los $25.000.
FPersonas trabajando en plena vendimia para las plantaciones ubicadas en Cabañas del Viñedo.
Foto: gentileza Cabañas del Viñedo.
En Finca Los Bayos la producción se comercializa principalmente de manera directa desde la bodega. Una situación similar atraviesa el viñedo de la familia Fisolo, donde la elaboración ronda los 3.000 litros anuales y las etiquetas se venden entre $22.000 y $25.000, aunque, según contó Matías, priorizan consolidar el stock antes de ampliar los canales de venta: “la idea es empezar a comercializar nuestras variedades en restaurantes, vinotecas y otros comercios, incluso en Buenos Aires. Por ahora hemos rechazado algunas propuestas porque todavía no contamos con el stock suficiente", explicó.
El enoturismo como gran impulsor
La elaboración de vino es apenas una parte del negocio. Con producciones todavía acotadas, la mayoría de las bodegas entrerrianas encontró en el enoturismo una forma de diversificar ingresos, dar a conocer sus etiquetas y posicionar a la provincia como un nuevo destino para los amantes del vino.
En ese camino, uno de los proyectos que más invirtió fue Cabañas del Viñedo. Menna explicó que el emprendimiento demandó más de u$s 2 millones de inversión, financiados principalmente con los ingresos de su empresa. El complejo cuenta con siete cabañas, inmersas en monte nativo, cada una con una inversión cercana a los u$s 70.000 y full equipadas, además del viñedo y los espacios destinados a degustaciones y actividades al aire libre.
Una estrategia similar siguen otras bodegas de la provincia. En Los Aromitos, las visitas guiadas duran entre una hora y media y dos horas, incluyen un recorrido por el viñedo, la bodega y degustaciones acompañadas por productos regionales. Según explicó Mauro Jacob, el objetivo también es potenciar la venta directa de vinos, cuyas botellas se comercializan entre $13.000 y $28.000.
Los Aromitos está emplazado en las cercanías del Río Paraná y en una de las lomas más atractivas de la zona.
Foto: gentileza Los Aromitos.
Para el sommelier, el enoturismo también resulta clave para sostener una actividad que exige una fuerte inversión inicial y largos plazos de recuperación. "Cuando empezás a plantar viñedos necesitás invertir en la tierra, las plantas, el sistema de conducción, el trabajo del suelo, el ingeniero y el enólogo. Requiere mucha paciencia y una gran cantidad de dinero inicial que tarda en retornar", resumió.
En Finca Los Bayos, la experiencia se complementa con la venta de la nuez pecán. Los visitantes pueden recorrer tanto el viñedo como la plantación, participar de degustaciones con picadas o menús por pasos y comprar los vinos directamente en la bodega. "Con la producción de nueces encontramos nuestro punto de equilibrio", explicó Jorge Riehme.
Maridaje de vino con gastronomía en la finca Los Bayos,
Foto: gentileza Los Bayos.
Por su parte, Fisolo contó que en el viñedo organizan hasta dos eventos mensuales para grupos de unas 30 personas. La propuesta incluye visitas guiadas por la bodega, recorridas por el viñedo, catas de espumantes y maridajes con gastronomía. “Y las botellas que vendemos en la bodega tienen una etiqueta hecha a mano", destacó el productor.
Más allá de las diferencias de escala o de las variedades elegidas, las nuevas bodegas entrerrianas comparten una misma filosofía ya que se trata de proyectos nacidos del trabajo familiar, con una fuerte identidad local y la convicción de que el vino puede convertirse en un nuevo motor para el desarrollo productivo y turístico de la provincia.