Mi propósito ha sido adaptar esta exposición al plan que lleva adelante el Museo Estévez, de integrar sus muestras temporarias, tanto a otros acontecimientos relevantes que se llevan a cabo en la ciudad, como a su rubro específico que son las "artes decorativas".
La oferta es muy variada, puesto que he reunido pinturas, collages, libros de artista, objetos de mi pertenencia y también poemas (de mi autoría, naturalmente), en un conjunto que tiene la ambiciosa pretensión de eludir el caos y conformar una articulación visual y espacial —el término "instalación" tal vez no sea del todo impropio—, armoniosa, "acompasada", sin disonancias y por tanto decorativa.
Los temas son los que siempre me han convocado: la belleza, el dolor, la transitoriedad y la inevitable destrucción de todo lo que existe (léase: la muerte), el estupor frente al enigma indescifrable de la condición humana y, por qué no, cierta ironía ante la estupidez que, con demasiada frecuencia, todos revelamos en nuestro accionar y particularmente en el trato que dispensamos a nuestros semejantes.
La sangre aparece "mencionada" más de una vez porque, nos guste o no, hay una verdad incontrovertible: el hombre derrama la sangre de su hermano y, en cuanto a las alusiones a la religión, oscilan entre una sincera —y desesperada— inquietud metafísica, cierto escepticismo burlón, y la denuncia de todos los fundamentalismos asesinos que, desde tiempo inmemorial, vienen ensangrentando los caminos de la historia.
En resumidas cuentas, pienso que lo siniestro —¿lo que Jung llamaba "la sombra"?—, cuando está inteligentemente dosificado puede resultar altamente decorativo.
Absurdos
Desde cierto punto de vista,
todas las invenciones de los hombres
son igualmente absurdas:
la espada de Damocles no fue más útil
que el óctuple sendero del Buda,
así como el cañón antiaéreo
no es más razonable que un tratado
sobre las lunas de Júpiter, que
el hockey sobre hielo
o que la canonización de los santos...
Nada de eso puede compararse con el
crecimiento ineludible de un dátil amarillo,
con la ecuación que traza una serpiente
sobre la virginidad de la arena,
o con la brisa que mece la rama de bambú,
con la dulcísima precisión, infalible,
de un cirujano ciego.
Ritual
Elijo la orilla
de un mar de libros,
para sentarme
en la posición correcta
y abrirme el vientre.
El acero penetra
como una caricia
entre los viejos músculos
asombrados,
trémulos por el júbilo
de volver a la nada,
y de anclar en un puerto
del que no se regresa.
(No hay dolor ni sangre).
Prefiero canjear
esas miserias
de los hombres vulgares,
por la daga y el pincel,
dibujando sobre la seda
un adiós
ininteligible.
Dentro de un instante,
cierta mano querida
se encargará de
hacer rodar mi cabeza.