En oportunidad de hacer un reconocimiento a todas y todos los trabajadores de la salud a modo de cierre de año elaboramos unas palabras donde recuperamos y repensamos toda nuestras experiencias en torno a la pandemia. Nos parece importante que este reconocimiento salga de las paredes de las instituciones y se haga extensivo a cada rosarino y rosarina. Además, creemos que estas palabras dejan un mensaje de cuidado que es importante recuperar, especialmente en este final de año y en esta etapa de la pandemia en la cual necesitamos seguir teniendo en cuenta los hábitos de cuidado que ya conocemos para evitar mayores contagios.
Hace poco, leí un artículo que se titula: “El barbijo es el mensaje” (Rucq, Nannini, 2022). Se expresa allí que el barbijo “es la protección” (pp. 346), y por ello “torna obscena la desnudez de las caras descubiertas” (pp. 344), al mismo tiempo que “bloquea, reprime, limita y oculta el sentido del olfato y del gusto en nuestros recorridos en el espacio público” (pp. 346). Creo que la síntesis que mejor recupera todo lo que se dispara en ese análisis es aquella idea de que ese pequeño ítem, hoy ya parte habitual de nuestro paisaje, “condensa todo lo que nos está pasando” (pp. 351): es la marca de nuestro presente, plagado de dudas, incertezas e incertidumbres con relación a una normalidad que conocimos hace no mucho atrás. El barbijo viene a recordarnos que los cuerpos ya no sólo se visten con los pantalones o remeras o vestidos, sino que ahora llevan también, como un elemento indispensable más, un barbijo.
El barbijo es una barrera, una barrera al encuentro, a la comunicación libre -en algunos casos, una barrera para poder entender(nos). Una barrera, pero también una pantalla que protege un último espacio de intimidad, sin que eso sea un gesto de transgresión. Detrás de los barbijos queda aquello que podemos elegir aún no presentar a este mundo digital, que con sus tecnologías nos permea, nos atraviesa, nos desnuda.
Y el barbijo es otra cosa, tal vez más importante, que sintetiza una decisión que muy tempranamente construimos los equipos de salud de Rosario: el barbijo es el mensaje de que decidimos cuidarnos y cuidar, que elegimos la vida, no solo la nuestra, sino la de los demás.
Porque con el barbijo me protejo y también protejo a los demás. Es un mensaje de afecto, de empatía, de decir “te respeto, te cuido”. No siempre está, ni estuvo el barbijo a disposición de todos y todas, pero siempre que estuvo, cuando se incorpora, hay una referencia a un lazo con el grupo, los grupos a los que pertenecemos. Al igual que sucede con las vacunas.
Elijo quedarme con esta última imagen, la del lazo colectivo. Porque podemos construir los lugares más maravillosos, las políticas más innovadoras, las tecnologías más revolucionarias, pero necesitamos gente para hacer de todos estos, elementos que permitan hacer los sueños realidad. Como decía Hermes Binner, para hacer, para transformar hay que estar: hay que estar como personas, singulares, con nuestras fuerzas y nuestros miedos, y fundamentalmente hay que estar como grupo, como entramado de manos que tejen un destino en común.
Quizás lo que la pandemia nos permita sea repensarnos como sociedad. Para quienes integramos los espacios de protección social, la pandemia es una ocasión para visibilizar la centralidad de lo público, de lo estatal, en la construcción de la infraestructura territorial de cuidado (Pérez Sainz, 2021). Y para ello son necesarias las personas, los espacios colectivos, que tengan la suficiente capacidad -fuerza, esfuerzo, conocimiento- para lograr transformar la realidad.
Creo que esas personas están en Rosario, en los equipos de salud, muy particularmente en los equipos de la salud pública. En estos dos años, fueron estos equipos quienes tendieron la mano, el cuerpo, la escucha. Abrazaron, acunaron, con una mirada, con una palabra.
Acompañaron en las situaciones más dolorosas, evitaron que miles tuvieran que atravesarlas.
Contemplaron las necesidades que iban más allá del COVID. Preservaron la salud de individuos y de la sociedad. Impulsaron esa fuerza movilizadora hacia el otro que es el afecto.
Fueron y son protagonistas centrales de esta historia. Para este colectivo tan importante de personas, va este sincero y profundo reconocimiento. Confío también en que este colectivo devendrá aún más potente, aún más transgresor, aún más eficaz, para conquistar una Rosario con luz, justicia y dignidad para sus habitantes.