Sorpresa, temor y curiosidad. La niebla que cubrió las calles de la ciudad este jueves, con inusual espesura en la costa del río, le regaló a los madrugadores postales sobrecogedoras. El paisaje habitual, que en la rutina cotidiana, rumbo al trabajo, a la escuela, a las obligaciones que tanto pesan a esta altura del año, dejó paso a imágenes dignas de una historia de terror de Stephen King.
Humedad, frío y desconcierto rodearon a ese paseo matutino que los rosarinos emprenden en horas de la madrugada, unos con más emoción que otros, a pie, en colectivo, taxi y los afortunados en auto. Veredas mojadas, un escollo más para los caminantes acostumbrados a esquivar pozos y baldosas flojas, árboles que a medida que se alzan al cielo se pierden en la bruma, ambiente bucólico para la ciudad que se pone en movimiento.
El Servicio Meteorológico Nacional fue implacable. El panorama que trazó a primera hora era digno, como insiste hasta el hartazgo el lugar más común para los días de bruma, del pronóstico de Londres, al menos de la Londres que se imagina desde a la distancia, que tiene más de imaginario colectivo alentado por las películas de Drácula, Frankenstein y la Momia que estremecieron a los amantes del terror del mundo.
A la humedad del 100%, casi el estado natural de Rosario, algo que los habitantes de la ciudad sobrellevarían mejor con branquias, se sumó una presión agobiante de 1002,5 hPa y una visibilidad casi nula, que obligó a que las autoridades del control de rutas lancen un alerta a los automovilistas que se desplazaban a primera hora por las carreteras de la zona sur de la provincia.
No hubo ninguna advertencia para los vecinos que se acercaron a la zona ribereña, donde se veía poco y nada. Ellos fueron los que se llevaron el mayor susto del día, "julepe", diría la abuela, que reflejaba el miedo, pero de un modo amable, casi risueño. ¿Qué pasó? ¿Qué los hizo sentir que el corazón les saltaba del pecho, temblar como una quinceañera enamorada, sentir un sudor frío en las manos, pensar que lo peor había pasado y ellos ni se habían enterado?
Una imagen inesperada, súbita, escalofriante. Ahí donde lo veían cada día no estaba, y se les heló la sangre, no por la temperatura que era baja pero no tanto, sino porque el gran símbolo de la ciudad, el Monumento a la Bandera, estaba ausente sin aviso. Después del primer impacto, privó la cordura y surgió naturalmente la explicación. La gran obra de Guido y Bustillo que le rinde tributo al a enseña nacional no desapareció durante la noche, no se lo robaron ni lo abdujeron los marcianos. Para nada.
Simplemente quedó envuelto por una niebla densa, compacta, cerrada que, con inesperada picardía, lo ocultó a los ojos de los rosarinos. Si uno se aceraba lo suficiente, y había que pegar la nariz a sus paredes de mármol para lograrlo, se lo podía ver, como siempre, enhiesto, orgulloso y apuntando al cielo con la soberbia que, desde el 20 de julio de 1957, maravilla a los que se acercan a verlo con la certeza de que representa la argentinidad al palo.