"Hola mami, me estoy yendo a laburar, te amo mucho, a vos y a papá, confío que no me va a pasar nada". El mensaje lo mandó uno de los choferes de colectivo de Rosario a su familia minutos antes de tomar servicio en la unidad tras la saga de crímenes que tuvieron como víctimas al conductor de la línea K, dos peones de taxis y el playero de la estación de servicio que fue ejecutado. En ese escenario, retornar al volante los llena de angustia porque la sensación es de "desprotección", afirmaron a La Capital.
En algunas líneas hay quienes decidieron tomarse licencia y demorar el retorno, y quienes no tuvieron opción más que la de salir al servicio nuevamente, no hacen más que confiar ante la falta de certezas de que van a volver a sus casas sanos y salvos. "La última vuelta, a las diez de la noche, no la querés dar", agregó otro.
"No es fácil volver a salir a las calles después de los hechos ocurridos con nuestros compañeros César y Marcos", asegura un conductor de la línea 110 y cuenta que todos sus compañeros "retomaron la actividad con mucho miedo".
El conductor asegura también que en la empresa hay servicios que están reducidos. "Creo que hay muchos partes médicos", de trabajadores con problemas de salud, en muchos casos agravados por situaciones de angustia o estrés.
"A mí ya me tocó trabajar y la verdad es que salieron menos de la mitad de los colectivos ese día", contó un chofer de la línea 107 que había participado de la despedida de su compañero en las horas de la mañana y que no dejó de repetir: "Uno no se quiere victimizar, pero uno se va de la casa, y no sabes de verdad si vuelve, y eso es terrible. ¿Quién va a cuidar a mi hija si algo me pasa? Eso no me lo saca nadie de la cabeza cada vez que salgo".
La saga de muertes
César Luis Roldán, de 40 años, fue la primera víctima en servicio, hace ya dos meses. El conductor fue acribillado el 3 de diciembre en la zona oeste de la ciudad, más precisamente en Eva Perón y Cullen, cuando conducía una unidad de la línea 116 y fue asesinado de 9 tiros a plena luz del día. El hecho, presuntamente, se dio en el marco de una disputa entre bandas narco, que eligieron a su víctima con la intención de producir conmoción pública.
Marcos Daloia falleció el domingo pasado, después de permanecer tres días internado en la terapia intensiva del Hospital de Emergencias Clemente Alvarez (Heca). El chofer recibió un balazo en la cabeza el jueves pasado, en Mendoza y México, cuando estaba al frente del interno 122 de la línea de trolebuses K.
Las dos muertes, sumadas a las de los dos taxistas y el playero, conmocionaron a la ciudad y al país en los últimos diez días. En el caso puntual del transporte, la muerte de Daloia generó un paro en el servicio de transporte urbano para que los choferes pudieran acompañar el sepelio de su compañero. Recién, el martes pasado, por la tarde, los colectivos volvieron a circular por Rosario.
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"Éramos pocos trabajando, fuimos los primeros en sacar los coches del galpón. Estaban los delegados dándonos su apoyo, diciéndonos que trabajemos con tranquilidad, pero en realidad todos teníamos mucho miedo", contó una chofer de la línea 122 que el lunes por la tarde también retomó su servicio.
Ese día, confiesa, se fue de su casa "literalmente llorando, saludando a toda mi familia, porque sabemos que nos puede pasar cualquier cosa".
"Los mensajes de los compañeros en el primer día son tremendos, todos tenían pánico", sumó el chofer de la 107 que lleva siete años trabajando, que fue abordado y asaltado a mano armada, pero que aseguró que "nada se compara con la sensación de desprotección que uno siente en estos días".
Otro chofer asegura lo mismo: "Uno tiene que salir porque tiene familia y no cuenta con otra posibilidad de trabajo, pero muchas veces me siento en riesgo, porque no tenemos seguridad" y afirma que en estos días habló con su familia sobre qué hacer, "con las cuentas y con la casa, si me pasa algo".
Más presencia
Los choferes coincidieron en advertir que en la calle hubo muchas menos unidades que las habituales, en parte por la ausencia de choferes de licencia. También estuvieron de acuerdo en advertir que por fuera del centro de la ciudad no se notó un incremento de la presencia policial, ni operativos especiales de documentación.
"Tenemos un grupo de whatsapp con los compañeros de la línea, donde nos comunicamos por cualquier cosa que pueda pasar, y la verdad ninguno vio mayor despliegue policial. Yo recorrí Tablada y gran parte de la zona sur y no vi ni uno", señaló uno de los consultados.
"Estos días la calle después de las 20 está vacía, casi como en la pandemia -continuó otro-. La última vuelta a las diez de la noche no la querés dar, no hay nadie y estás solo y con miedo".
A eso se suman la ineficiencia de los controles cuando los hay. "Al colectivo la policía se subió varias veces, pero me controla a mi: me pide la documentación y todo, pero no va hasta al fondo para ver si hay un sospechoso y le pide documentos y que se identifique, de qué sirven controlarme a mí que soy un laburante", se quejó.