La Ciudad

Las tiendas y mercerías barriales que resisten a toda moda, crisis y virus

Se volvió a coser y bordar en pandemia: oxígeno puro para un rubro familiar que pervive como "anticuarios"

Jueves 21 de Enero de 2021

Batones floreados, corpiños armados, bombachas de algodón de las que tapan hasta el ombligo, pañuelos de tela, calzoncillos, telas por metro, cintas, hilos, agujas de coser y tejer, botones, cierres, ropa deportiva, guardapolvos, carteles con precios escritos a mano y la novedad más requerida en el último año: barbijos junto a todos los elementos para confeccionarlos artesanalmente.

Ese es básicamente el patrimonio que se expone en las vidrieras de las antiguas tiendas y mercerías barriales: negocios familiares, minoristas, con el hogar dentro de los locales propios a los que no les cambiaron la fisonomía por varias décadas y mantienen el mobiliario de siempre. Verdaderos anticuarios.

Pero a ese patrimonio se agrega otro: el tener de todo, permanecer siempre abiertos y contar con una inigualable atención, paciente y personalizada, con la que resistieron a todas las modas y crisis. Ni el avance de grandes tiendas y shoppings pudieron con ellas en décadas.

La Capital recorrió solo algunos de estos comercios: Mercería Saavedra (barrio Tablada), San Jorge (Echesortu), La Porteñita (Azcuénaga) y El Gato Negro (macrocentro), y constató que en la pandemia se volvió a coser, bordar, tejer y remendar. Oxígeno puro para labores que parecían olvidadas o sólo una estrofa del Arroz con Leche.

Saavedra y Laprida. Allí en la ochava rosarina de zona sur, reencuentro de los dos próceres argentinos, se levanta desde hace 74 años la Mercería Saavedra, conocida por muchos en el barrio como "la Saavedrita", famosa por hacer los tradicionales delantales de jardín de infantes escolares con hechura sin igual.

Del comercio viven tres familias y varios empleados satélites: la zapatera, la costurera, la bordadora y el sublimador (que estampa sets de merienda para jardín de infantes). Ahora, hay dos empleadas con varias décadas tras el mostrador y la bisnieta del fundador originario de Bilbao (País Vasco), Gabriela Arana. Todas son monitoreadas a varios metros de distancia y tras el barbijo por la dueña y maestra en el rubro, María Cristina Oderiz, quien aclara que a este tipo de negocios solo puede atenderlo quien sepa de manualidades y confección por haber mamado la experiencia.

"Este local comenzó vendiendo botones e hilos, igual que ahora. De hecho mi abuelo y mi tío abuelo hicieron estos mil cajoncitos para botones que seguimos usando", señala Gabriela, la heredera de la familia.

No solo esos cajoncitos sino las vitrinas, el piso, la fachada: todo sigue como en sus inicios. "Acá hasta que se instaló el súper La Reina vendíamos hasta artículos de perfumería sueltos, como el talco", recuerda Gabriela.

Hoy el local expone unos 7 mil artículos de base que se multiplican en sus distintas gamas de colores. Algunos ya no tenían mucha "salida", pero con la pandemia revivieron: correas para máquinas de coser, elásticos para barbijos, breteles para corpiños, escuadras y metros para corte y confección y hasta agujas de crochet con luz para tejer sin parar.

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La tienda conserva muebles originales de más de 70 años

La tienda conserva muebles originales de más de 70 años

_¿Hola tienen aguja doble?

_ Sí, ¿se te rompió? Están algo saladas...pero hay, claro.

El diálogo es uno de los tantos que se da en la incesante entrada y salida de clientes, en su mayoría adultos y adultos mayores y de ambos sexos, que actualmente pagan en efectivo o con tarjetas ("monto mìnimo 250 pesos", se lee en un cartel). El fiado, un privilegio pretérito para los clientes de toda la vida, quedó en el recuerdo.

"Hola, acá mi mujer me anotó: gross negro, de dos y medio", lee un señor desde un papel escrito a mano. El cliente es complacido y se queda charlando con la dueña de economía y ambientalismo.

"Acá la cosa es así. La gente viene a que le soluciones un problema porque algo se le quemó, manchó, rompió y lo quieren arreglar. A veces como en las ferreterías no saben cómo se llaman los cosos y cositos pero nosotros los escuchamos, les explicamos y nos quedamos charlando", asegura Gabriela.

Talle y trato especiales

"San Jorge. Damas. Caballeros. Niños. Mercería. Talles especiales". Sobre un remozado verde manzana y escoltadas por manequíes plateados se leen cada una de estas palabras en la esquina de Suipacha y 9 de Julio. En ese lugar, desde los años 50 levanta sus persianas "la tienda de los turcos", cómo la señalan en el barrio, si bien tiene el nombre del patrono de los católicos ortodoxos.

Es una de las pocas en su tipo y en la ciudad que ofrece la democrática posibilidad de encontrar ropa para todos los cuerpos.

"Además aún podemos sacar un artículo de la vidriera sin problemas si así lo quiere el cliente, algo que molestaría a cualquier vendedor de una gran tienda", asegura Adrián Machamech, cuarta generación árabe (oriundos de Alepo).

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Adrían y la fachada de la leendaria San Jorge. Foto Celina Mutti Lovera

Adrían y la fachada de la leendaria San Jorge.

Foto Celina Mutti Lovera

Junto a él trabajan su hermano Leandro y la tía de ambos, Marta Merdeni. Una combinación justa para persistir a todos los tiempos: distintas generaciones, olfato comercial y conocimiento de costura.

Pocos meses antes de la pandemia a la tienda se le lavó la cara.

"La pintamos, reordenamos el mobiliario para seguir adelante con nuevos ánimos y compramos maniquíes, pero justo llegó el covid. De todos modos la gente siguió viniendo, los clientes del barrio y otros que están de paso. Vendimos elástico como nunca, para los barbijos, también friselina (tela de propileno)", cuenta Machamech.

Las renovaciones no taparon algunos detalles históricos del comercio: una caja registradora inglesa que aún está en uso, detalles decorativos de bronce realizados por el dueño en las puertas principales del local, vitrinas de madera y vidrio típicas para exhibir artículos de mercería.

En esta tienda no sólo pueden encontrar camisones, las señoras; medias de algodón, los señores y ropa deportiva de actualidad, los más jóvenes. También saca de paso a muchas mujeres que visitan a los varones detenidos en la cárcel ubicada a sólo dos cuadras.

"A muchas no las dejan ingresar en las requisas si no tienen la ropa adecuada y vienen aquí", cuenta Machamech.

En este negocio tampoco existe más el fiado, sí corren todas las tarjetas desde las más populares hasta las de nombres sajones. "Superamos todas las crisis económicas con mucho esfuerzo, somo una familia gasolera", dice Merdeni antes de agregar "y a esta crisis también le hicimos frente".

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El cuadro de San jorge siempre presente. Foto Celina Mutti Lovera

El cuadro de San jorge siempre presente.

Foto Celina Mutti Lovera

La Porteñita

A pocas cuadras del ferrocarril, en Mendoza al 4900, La Porteñita pervive como documento histórico de lo que fue el barrio Azcuénaga hace 87 años. Es posiblemente la decana de las mercerías, la única que sigue respirando desde que abrió. Su dueño, Pablo Estrella, conserva el comercio casi como entretenimiento, como museo.

En las vidrieras se exhibe una oferta de botones por 50 pesos el cartón entre camisones, soleras, repasadores, bombachas, ropa de trabajo y "medias sin elástico" (según reza una cartulina escrita a mano). Y adentro se mantienen los muebles como en sus orígenes, pero con menos brillo: vitrinas, estantes, un probador con puerta y espejo y un cartel de vaqueros "Kansas".

"Cuando mi padre, Salvador, abrió este comercio yo tenía pocos meses. Toda una vida acá", dice Pablo antes de recordar que hasta el año 1993 llegaban al local en tren desde los pueblos y también al bazar García, de 99 años en la ciudad y que sigue en pie. Un pasado de actividad comercial que sepultó el menemismo al herir de muerte al ferrocarril.

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"Venían de Villa Amelia, Coronel Bogado, Villa Constitución", enumera Pablo Estrella hijo, que no se dedica al rubro pero ayuda a su padre para mantener abierto el lugar.

"Le hago algunas compras en los mayoristas: se siguen vendiendo medias, bombachas, camisones y pañuelos, algo de mercería sobre todo ahora en pandemia", dice el hijo del dueño mientras muestra algunos artículos que se exhiben en el mismo rincón y en la misma posición desde hace décadas; unos bolsos y valijas, unas piezas de tela y pantalones jeans de varias temporadas atrás.

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La coqueta vidriera de la mercería El gato Negro- Foto Celina Mutti Lovera

La coqueta vidriera de la mercería El gato Negro-

Foto Celina Mutti Lovera

A unas 20 cuadras cuadras más hacia el centro, en Pueyrredón y Córdoba, la ochava noroeste se luce con la Tienda y Mercería El Gato Negro. Su dueña no quiere nota. Aún así, desde la calle se puede valorar el inmueble de líneas italianizantes y en buen estado, y el antiguo cartel en lo alto con iconografía felina.

Y espiando entre los típicos carteles con precios escritos a manos alzada y fotos de revistas se puede ver desde a vidriera un local que repite la mercadería clásica del el rubro. Aún desde afuera se nota que la pandemia no pudo con estas tiendas que lo enfrentaron todo.

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