No fue raro que sonara el teléfono ese domingo, justo cuando Valeria Ríos almorzaba con su familia. Tampoco fue extraño que el llamado llegara desde el Centro de Convivencia del barrio Santa Lucía para pedirle que fuera hasta el Riobamba al 7600 a abrir la escuela. "Lo hacemos todo el tiempo", dice Valeria, con 22 años de profesora de química y seis de directora de la escuela secundaria Nº 569 Carlos Fuentealba, del humilde vecindario que se extiende en la zona oeste de la ciudad, a un costado de la autopista a Córdoba.
En plena medida de fuerza de los gremios que agrupan a docentes de escuelas públicas y privadas (Amsafé y Sadop), en las escuelas ubicadas en los barrios más desprotegidos de la ciudad, a donde las tormentas de la semana pasada dejaron calles y casas con agua hasta la rodilla, seguían recibiendo y distribuyendo donaciones para las personas afectadas por el temporal. Un número que, de acuerdo a los relevamientos de las organizaciones sociales, alcanza a varios cientos.
Sólo durante la jornada del sábado pasado cayeron en Rosario 128 milímetros de lluvia, el equivalente al promedio histórico de todo el mes de marzo. Llovía sobre mojado. Desde el lunes, la estación de la Central de Operaciones de Emergencias Municipal (Coem), midió unos 350 milímetros de agua caída.
Ya con las primeras tormentas, los sectores más vulnerables del barrio Santa Lucía _como El Eucaliptal o la zona rural_ se convirtieron en un lodazal. El martes costaba llegar a la escuela Carlos Fuentealba por la cantidad de agua acumulada en las calles. El sábado por la noche, en las casas de muchos de los adolescentes alumnos del secundario el agua ya llegaba hasta las rodillas.
Y el domingo, Ríos, la vicedirectora, asistentes escolares y profesores abrieron las puertas de la biblioteca y del salón de usos múltiples para guarecer la ayuda que empezó a llegar de amigos, conocidos, colegas y vecinos del barrio. La directora iba con su auto recolectando bolsas de ropa y artículos de higiene, la vice y el personal se encargaban de clasificar las donaciones y anotar las necesidades de las familias. Y la tarea siguió este martes, mientras los docentes movilizaban a la plaza San Martín, frente a la sede local de la gobernación, reclamando por aumento salarial y mejores condiciones de trabajo.
No fue la escuela de Santa Lucía la única en ponerle el cuerpo al anegamiento. Una rutina más o menos similar se desplegó en la escuela Nº 154 Julio Bello, la Nº 825 Leopoldo Herrera, a Nº 1.390 María Elena Walsh, la Nº 519 Alicia Moreau de Justo y el Jardín Nº 63 Juana de Ibarbourou.
Una escuela con historia
El barrio Santa Lucía tiene la forma de un triángulo, al costado de la autopista a Córdoba y cruzado en dos por las vías del ferrocarril. Cuesta entrar y salir del barrio, los taxis y remises lo evitan y los vecinos tienen una sola línea de colectivo, el 153 negro, que no ingresa después de las 21.30. En sus calles, con zanjas llenas de yuyos y poco aseo, hay un centro de convivencia barrial, dos escuelas y un centro de salud que por estos días sólo abre de mañana.
La escuela _que lleva el nombre del docente neuquino asesinado por la policía, en abril de 2007, mientras participaba ese día de una movilización de maestros que pedían un aumento de sueldo_ tiene 250 alumnos y sus docentes destacan que uno de los cuartos años suma 32 adolescentes. En el barrio, generalmente, la secundaria se deja antes.
"Nuestra escuela nunca está cerrada cuando el barrio la necesita", dice Ríos y mientras cruza el patio con destino a la biblioteca, buscando unas sábanas que necesita la familia de Eze, uno de los pibes de los primeros años a quienes el agua lo dejó sin colchón, sin zapatillas y sin útiles.
Las escuelas, continúa Ríos, "son el único lugar a donde los chicos pueden estar tranquilos. Es uno de los últimos bastiones que existen en estos barrios". Por eso, afirma, "la escuela siempre tiene que estar abierta a las necesidades de las familias y vienen porque saben que encuentran respuestas". Los docentes de la escuela acompañaron alumnos al centro de salud y a la comisaría, a la sala de audiencias del Ministerio Público de la Acusación y, también, al cine, a algún museo o a las aulas de la Universidad Nacional de Rosario.
La docente cuestiona una frase que, de repetida, ya suena vacía: que el Estado no está presente en los barrios. "El Estado no está ausente, los docentes, los trabajadores de los centros de convivencia, de los centros de salud somos representantes del Estado, lo que pasa es que se trata de una presencia débil, incompleta y que claramente no está a la altura de las circunstancias".
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El edificio de la Fuentealba no desentona con la geografía del barrio. Es un cubo de ladrillos vistos, dos plantas y un patio central. Todas las puertas, ventanas y pasillos están enrejados, moverse en la escuela demanda abrir varias cerraduras y candados. En la esquina hay un móvil policial, como varias instituciones del barrio, en los últimos días recibieron amenazas. nadie sabe de dónde vienen, pero se descree que sea gente del barrio, con quienes el vínculo se sostiene.
En el ingreso a las aulas hay un letrero, como una promesa, que dice: "Puedo soñarlo, puedo lograrlo". Algo de eso se intenta todos los días, afirma la docente.
Como colaborar
Pasada la peor parte del temporal, las escuelas siguen recibiendo donaciones para asistir a las familias de sus alumnos. Sobre todo, necesitan elementos de aseo y de limpieza y útiles escolares. También colchones o sábanas y ropa de niños.
La escuela Carlos Fuentealba está en Riobamba 7674, pero también se organizaron colectas en la escuela Nº 154 Julio Bello (de Poet Vicente Medina 5694, en Estación El Gaucho), la Nº 825 Leopoldo Herrera (Casiano Casas 1050), el Jardín Nº 63 Juana de Ibarbourou (San Lorenzo y Friuli, Fisherton), la Nº 1.390 María Elena Walsh (la Flor y Surindá, al lado del estadio de hockey) y la Nº 519 Alicia Moreau de Justo (José Ingenieros 8655).
En el centro de la ciudad, se reciben donaciones en la sede gremial de Amsafé (Catamarca 2330).