En Rosario funcionan aún varias ferias informales en las que la venta de artículos usados y
nuevos (los menos), y unos pocos productos de granja, de verdulería o de fabricación casera,
coexisten con el trueque, una práctica residual que sobrevive entre las familias más pobres de la
ciudad. Casi siempre en “campitos” de barrio, sin servicios, haga frío o calor, las
ferias se arman con muy poco: una tela vieja desplegada sobre la tierra sirve para apoyar lo poco
que se consiguió para canjear o poner en venta, es decir, unas prendas y un par de zapatos usados,
dos paquetes de yerba, una sartén. Y, cuando no queda plata en circulación, vuelven a mandar los
“papelitos”.
Al menos siete ferias informales siguen en pie en la ciudad. Aparte de
La Saladita, en el distrito sur (Salvat al 5900), hay una en Empalme Graneros (Juan José Paso y
Garzón), otra en el barrio Ludueña (plaza Pocho Lepratti) y cuatro distribuidas en un amplio radio
del distrito oeste (en rigor, una de ellas está en Cabín 9, jurisdicción de Pérez pero lindera a
Rosario).
De todas, apenas tres funcionan aún con la modalidad del trueque como
alternativa al comercio con dinero y sólo reservada para determinados días.
Pan nuestro. En la feria de bulevar Seguí al 5300, frente al polideportivo Deliot, hace ya
muchos años que entre 300 y 500 familias se las “rebuscan para la diaria”. Martes,
jueves y viernes, compran y venden con dinero; lunes y miércoles, en cambio, hay trueque.
Según explicó Marcelo (42 años), uno de los pioneros de esa forma de
intercambio en la ciudad, durante la peor etapa de la crisis de 2001 llegó a haber más de 80 clubes
de trueque.
En rigor, el archivo de La Capital va más allá: a comienzos de 2002
registró la presencia de unos 200 clubes de Rosario en un encuentro de ferias que se hizo en la
llamada pérgola del Centro de Expresiones Contemporáneas (CEC). Desde la Red de Trueque Solidaria
se estimaba por entonces que unas 45 mil personas vivían de esa actividad.
¿Qué quedó del fenómeno? “Cuando no hay ni un peso vuelven a
aparecer los papelitos”, dice Marcelo acerca de la forma más popular de denominar a los
créditos. Y aclara que en cada una de las tres ferias que mantienen la modalidad del trueque hay
cientos de familias que viven casi exclusivamente de ese intercambio.
Los más y los menos. Claudia (37), una madre de cuatro chicos que atiende un puesto de golosinas
en la feria de Seguí y a su término cobra por dejar limpio el predio, lo explica mejor.
“Esto funciona así: cuando (el comercio) es con plata hay más
gente, pero se vende menos. Con papeles hay menos personas, aunque se trabaja mejor”,
asegura.
“Es que la guita no alcanza y acá, te digo, hay muchos que vienen
a vender ropa solamente para la comida del día o directamente cambian un producto por otro”,
agrega Susana (55), otra puestera que mantiene a dos de sus hijos y tres nietos.
A medida que este diario recorre los puestos los feriantes se acercan,
visiblemente intranquilos.
Aunque, después de un rato de charla, admiten que lo que ocurre es que
tienen miedo de que los “saquen”, que les exijan “permisos” previo pago de
un “alquiler” y que se respete más la queja de los comerciantes establecidos que su
propia necesidad.
Aun así, reconocen que no vendría mal alguna ayuda estatal, como la
provisión de baños (hoy apelan a los del centro de salud Mauricio Casals, que está enfrente).
De hecho, en la zona funcionan otras ferias. Una cerca del barrio Toba,
en Rouillón al 4400, otra, pequeña e intermitente, en avenida Francia y Mosconi y la tercera en
Cabín 9, que es además la más antigua.
En ese último lugar, la Municipalidad de Pérez ya los convocó para ver
si pueden regularizar algunos aspectos de la organización, algo a lo que Roxana (43), otra de las
feriantes, asegura que nadie se niega.
Pero desde el Centro Municipal de Distrito (CMD) Oeste salieron a llevar
tranquilidad.
“No existe la menor intención de sacar a nadie de las
ferias”, afirma el responsable de Promoción Social, Diego Bertone.
El funcionario está convencido de que “la mayoría las personas
está en ellas porque después de la crisis, al no tener un oficio, no pudo volcarse a la producción
o instalar un emprendimiento y sólo le quedó la opción de paquetear para vivir”.
Distintos economistas coincidieron al momento de evaluar que el trueque funcionó en el país en
un momento de emergencia y al diagnosticar escaso futuro a una economía sin dinero. Sin embargo,
son miles las personas que en toda la Argentina siguen ejerciendo la práctica comercial más
antigua. En los últimos años, el trueque resultó cada vez más importante para argentinos excluidos,
desempleados y con necesidades elementales insatisfechas.