Durante el feriado del jueves 8 de diciembre, antes del mediodía, García, de 65 años, recibió a este diario en su casa del segundo piso de un Fonavi de la zona oeste de Rosario, donde reside desde hace más de 30 años con su familia. ¿Casualidad o paradoja? Al margen de las creencias, el catolicismo conmemoraba el día de la Inmaculada Concepción de María. Y para el entrevistado la religión tiene un valor supremo.
Oriundo de Paraná, vino desde muy chico a Rosario. García formó su familia y está casado hace 42 años con Estela, con quien tuvo cuatro hijos que ya son grandes: Cintia María, Etelvina Estela, Lorena Natalia y David, que tiene una discapacidad auditiva y visual. Las fotos de todos cuando niños están dispersas en murales y portarretratos en las paredes y en el aparador del prolijo comedor de ingreso a la vivienda.
La charla fluye sin sobresaltos, García tiene una voz firme, pausada y templada, del hombre que forjó sus convicciones, que vivió y sufrió. Pero el trauma y sus secuelas hacen lo suyo y cada tanto el relato se entrecorta; la angustia se cuela en su garganta, se la aprieta, se le humedecen los ojos. Y se producen silencios.
El infierno
"Siempre fui un hombre de trabajo, mi profesión ya la saben, soy gasista. Todo iba medianamente bien. Nos ocupábamos de nuestra familia, nuestro hogar. Hasta que apareció ese 6 de agosto de 2013 cuando ocurrió el accidente. Me cambió la vida totalmente. Vivíamos tranquilos, siempre en la iglesia (hace años que acude al Santuario de Fe, en Provincias Unidas y Cochabamba). Pero es como que se abrieron las puertas del infierno, estuve en una situación muy terrible. Primero la catástrofe y después los problemas que me trajo", rememora.
Sobre esos primeros días, luego de la tragedia, recuerda: "Estaba desorientado y muy mal. En un momento dado quedé preso, en la cárcel. Los hermanos de la iglesia me visitaron, me auxiliaron. Pero era sólo un momento, el infierno seguía en mí, estaba solo, sin mi familia".
Tras un par de semanas recuperó la libertad. "No coordinaba las cosas y recibí tratamiento psiquiátrico y psicológico. Mi salud se deterioró con el colesterol nervioso. De los golpes que sufrí (el día del accidente), se me había roto la rodilla y me tuve que poner una prótesis completa".
Explica que en medio de la depresión se quedó sin poder generar ingresos para su familia. "Mi economía quebró, se me retiró la matrícula de gasista y no pude trabajar más. Vivo de changas que no son significativas. Tuve que vender mis cosas para subsistir y seguir adelante. Gracias a Dios mi mujer trabaja y eso nos fue manteniendo todo este tiempo".
Aunque su cruz sea pesada, García también se pone en el lugar del otro. "Lo que me sucedió a mí, todo lo que pasé y sigo pasando no se compara para nada con el dolor que han tenido los familiares de las personas fallecidas. Yo sigo sufriendo por mi problema y por aquellos que perdieron a sus seres queridos", insiste.
Y se quiebra cuando cuenta qué hace para aplacar la angustia. "Una de las cosas que hago para alivianar mi carga, los días 6, a la misma hora del accidente, es ir al santuario para orar y clamar a Dios por los que ya no están y por los familiares de los que han fallecido".
—¿Qué hace ante el santuario?
—Empiezo una oración de 15 o 20 minutos, saco fotos con mi celular. Pido a Dios por las personas que quedaron. Reitero todo mi dolor y todo mi problema, mi falta de trabajo, aunque no se puede comparar con el sufrimiento de los familiares de los seres que ya no están.
—¿Se cruzó con familiares o amigos de las víctimas alguna vez?
—Me pareció ver a familiares o amigos allí. Muchas veces me han llamado para hacer notas, pero nunca quise porque me pareció que era una falta de respeto a los familiares, que no era la persona indicada para hablar, por lo menos hasta este tiempo. Pero el hecho va para cuatro años y las cosas están un poco más relajadas, por eso accedí a contar mi situación.
—¿En lo cotidiano, en la calle, se encontró con alguien que lo repudiara?
—No, nunca me ha pasado una situación así. El vecindario me ha apoyado; siempre me ha dado palabras de aliento. Yo vivo en este lugar desde hace 30 años, y he sido una persona solidaria con todos los vecinos, ofreciéndome para situaciones que han necesitado, siempre intenté ayudar a los demás. Nunca he sufrido agravios, y me he mantenido al margen de provocar ira con vecinos o familiares de los fallecidos.
—¿Cómo se vinculó con las noticias y lo que pasó durante las primeras semanas después de accidente, cuando el mundo miraba a Rosario?
—Me fue muy difícil. No quería mirar ni escuchar nada. Como para tratar de calmarme un poco. Inclusive las marchas, que las miro de lejos, igual ahora que pasó un poco el tiempo, me conmueven, me rompen el alma. En los primeros tiempos tenía ataques de pánico, no podía salir a la calle. Miraba para todos lados porque parecía que se me iba a caer un edificio encima. No podía salir, me mantenía encerrado hasta que la medicación psiquiátrica y la terapia me fueron sacando.
—¿Qué fue lo peor que pensó?
—Cuando yo estaba en la cárcel pensé que mi vida se había terminado, que ya no tenía que estar más, hasta llegué a imaginar el suicidio, era desesperante. Me tapaba la cara y escuchaba los llantos y los clamores de las personas que estaban allí en el edificio. No lo podía soportar; incluso ahora eso me pone muy mal. No quisiera que nadie lo viva. Me pone nervioso y depresivo.
—¿Qué hace o dónde busca reparo para volver a tener una vida normal?
—Cada vez que me pasa esto, lo primero que hago es arrodillarme y ponerme ante la presencia de Dios. Busco a Dios con intensidad para clamar que él pueda sacar todas esos espíritus que vienen a hablarme a la mente, al corazón, a la vida. Y clamo no solamente por mi, también por mis hijos, mi familia, mis nietos y por los familiares de los fallecidos, porque siento que ellos han vivido lo mismo. En el espíritu siento que han vivido situaciones así. Me conmueve mucho eso.
—¿Aunque a la vista usted aparece en el extremo opuesto, siente que hay un vínculo, algo que lo une a los familiares de las víctimas?
—Por supuesto. Yo también formo parte de esa tragedia. A ellos los trató muy mal y a mí también. Entonces me siento identificado en el sufrimiento que han tenido.
—¿Si tuviera enfrente a los familiares de alguna víctima, qué les diría?
—Que me perdonen por haber estado en el lugar equivocado, los abrazaría y lloraría todo el dolor que viven, y que vivo yo también.