La ciudad

Cuando un viaje borra fronteras

En los 80, 120 brigadistas partieron de Argentina hacia Nicaragua para sumarse a la cosecha del café y colaborar con la Revolución Sandinista. Ahora, un filme rescata la historia en una travesía que retorna a aquellos escenarios

Viernes 14 de Diciembre de 2018

—¿Una brigada de qué?

—Una brigada de jóvenes que viajaron a Nicaragua a levantar café en solidaridad con la Revolución Sandinista.

Ese diálogo entre un señor mayor y un joven ocurrió en la cola de un cine rosarino para ingresar a ver Los 120. La brigada del café, un documental que cuenta cómo se gestó y concretó esa experiencia realizada a mediados de los 80. El filme actualiza esa vivencia de la mano de aquellos brigadistas que viajan nuevamente para recorrer los escenarios nicaragüenses a los que habían llegado hace más de treinta años cargados de solidaridad. La proyección de la película en una sala rosarina tuvo un plus, la presencia de brigadistas rosarinos que se sumaron a la travesía.

En 1985 120 jóvenes argentinos viajaron a Nicaragua a fin de realizar tareas de recolección de café para colaborar con la economía de ese país, muy dañada por la guerra impuesta por EEUU. Inmediatamente en Argentina, la derecha conservadora, los medios hegemónicos y las fuerzas diplomáticas demonizaron la iniciativa e hicieron todo lo posible para que fracase. Sin embargo, ese viaje se realizó y significó para este contingente una experiencia que les cambió la vida para siempre.

"No volvimos a ser los mismos", dice uno de los rosarinos brigadistas tras ver la película (ver aparte). Ante una sala colmada, un silencio atento siguió cada cuadro de la película.

El filme no sólo tiene el valor de mostrar imágenes históricas de ese momento político del país y del viaje de esa primera brigada rumbo a Nicaragua sino que sigue en particular la vivencia de cuatro brigadistas que no hace mucho volvieron a ese país. "Siempre quisimos volver", confiesa uno de ellos.

La cuestión del viaje es un ir y venir en todo el filme, valga la redundancia. Un ir y venir entre un pasado reciente y el presente del grupo que retorna a los escenarios donde pasaron varios meses en la cosecha del café. Es un viaje, además, en el que el espectador puede desarrollar su propio recorrido, incluso si poco sabe sobre lo sucedido.

Los 120. La brigada del café puede presentarse como un documental clásico, enrolado en el cine político. En ese marco, el desafío de lograr un equilibrio entre lo informativo y lo emotivo es un logro al que llega su directora, María Laura Vásquez.

No es un filme militante aunque sí político porque sigue de cerca uno de los procesos revolucionarios de Latinoamérica que dejaron huella en los militantes de mediados de los 80.

En diálogo con La Capital, Vásquez cuenta cómo se gestó la película y cómo manejó los tonos de su filme.

—¿Qué edad tenías cuando partió la brigada para Nicaragua?

—Nací en el 76, tenía ocho años, nunca me lo había preguntado.

—¿Cómo llegaste a conocer acerca de las brigadas a Nicaragua?

—Yo hasta hace cuatro años y medio no tenía idea de esta historia. En una reunión lo conocí a Chicho, uno de los protagonistas que aparece en la película. Y me comentó la historia de "Los 120", en una charla informal. Me pareció un gesta fantástica y me dijo que un grupo de ellos hacía años que soñaba con volver a Nicaragua, algo que no habían podido concretar. Inmediatamente me pareció que contar la gesta de "Los 120" y además tener el plus de poder hacerlo a través de una posible vuelta de ellos era una película fantástica, con lo cual dije: "Chicho, hagamos una película, busquemos financiamiento, yo les cumplo el sueño de la vuelta y me dejan registrar esa experiencia". Desde esa noche nos pusimos a trabajar. Conocí a los otros brigadistas amigos de él, que son con quienes viaja, y encaré la investigación para llegar al proyecto, tarea que duró como un año. Con Chicho me encontré en 2014. Fue un trabajo arduo, porque, además, era una película cara. Había que viajar con ellos más el equipo, ante lo cual se optó por pedir al Incaa un subsidio importante. Por eso las presentaciones fueron muy exigentes. Empezamos a filmar en julio de 2016.

—Es muy valioso el material de archivo, la película en sí misma se torna un reservorio de imágenes ¿cómo accediste al fílmico?

—Supe que había un documental realizado por un brigadista. Eso fue muy importante porque me permitió acceder a imágenes de ellos en ese momento. Y a la vez eso le daba un plus histórico al tratamiento del tema en la película. Eso permitió no sólo relatar y ver fotos sino poder verlos en acción, en movimiento. Me contacté con quien había hecho el material, era un documental de 40 minutos y tenía como dos horas de descarte. Trabajamos sobre ese telefilme que era bastante precario. Las imágenes seleccionadas se volvieron a escanear cuadro a cuadro y quedó la calidad que tienen ahora que es bastante buena. Se hizo un trabajo de recuperación muy importante.

—El guión también lo escribiste vos, ¿eso te obligó a una investigación sobre lo ocurrido en Nicaragua?

—Sí, claro. Igual hace 20 años que trabajo en cine sobre las revoluciones latinoamericanas, conocía bastante la historia del Frente Sandinista. También leí mucha literatura. Intenté meterme en la piel de los brigadistas, qué mundo veían en ese momento, qué les había llegado de Nicaragua, qué conocían antes de ir allá. El libro que más me marcó, y que marcó a ellos como generación, fue La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, de Omar Cabezas. De hecho, en la película los textos que ellos leen formando como un collage son de ese libro.

—¿Para vos como realizadora debe haber sido todo un desafío trabajar los datos históricos sin anular lo emotivo ni el carácter de entretenimiento del cine?

—Sí, fue un desafío. Eso que vos decís es desde siempre una preocupación en mi trabajo y estoy muy pendiente de no olvidar que el cine es entretenimiento pero también es una obra dramática que tiene que tener personajes, nudo, desarrollo y desenlace. El espectador es alguien que tengo que mantener atento, que no se tiene que aburrir. También es importante que la película cumpla con cierto cometido didáctico. Para mí es fundamental que el documental o cine político genere nuevos conocimientos y produzca agitación intelectual y emocional, a la vez. Además de las cuestiones ideológicas e históricas propiamente dichas, me resultó atractivo contar la historia de "Los 120" con la posibilidad de la vuelta a Nicaragua, algo que le otorgó una estructura dramática natural al material.

—La posibilidad del viaje es lo que da el tono más emotivo.

—Absolutamente, sin el regreso de ellos a Nicaragua la película hubiese tenido cierto carácter emotivo pero no habría estado generado a través de una acción, sino sólo a través de la palabra.

—¿Haber podido concretar el viaje modificó el guión original?

—Mirá, lo que me hizo reordenar algunas cuestiones fue el viaje que yo realicé antes. Fui para conocer las locaciones, para buscar a algunos de los que habían estado con ellos. Y ahí conocí a los compañeros con quienes ellos después se encuentran en la película. Y lo que me impactó fue la huella que habían dejado. No me lo había imaginado. En el guión estaban más o menos boceteados el tránsito y las emociones posibles que ellos podían tener estando en Nicaragua, pero no sabía qué les iba a pasar a los otros, cuán trascendente había sido el paso de "Los 120". Me encontré con algo mucho más intenso de lo que había imaginado, eso implicó hacer algunas modificaciones en el rodaje, donde el protagonismo de los nicaragüenses adquiere un valor mucho mayor.

—¿El trabajo de edición debe haber sido clave?

—La película se terminó hace cuatro meses, porque hubo un trabajo de edición muy arduo. El primer corte tuvo tres horas; el segundo, dos horas. Se hicieron muchos cortes tratando de equilibrar la necesidad de información porque otra de las cuestiones importantes es que si bien hago cine político no es cine para militantes. Para mí es clave que cualquier persona que la vea, milite o no, entienda la película. Obviamente, no responde todas las preguntas pero bueno... el espectador también puede irse con inquietudes. Esa también es la idea.

—Las brigadas a Nicaragua tuvieron un encuadre partidario, la Federación Juvenil Comunista. En la película eso aparece como dato. ¿Hoy la visión de lo que ocurrió permite verlo en otra dimensión?

—Sí, si bien en ningún momento se oculta que ellos eran parte de la Federación Juvenil Comunista, y que eran del PC, la idea no fue hacer la historia de "Los 120" en la Fede o el PC, sino revalorizar una generación y trabajar sobre el tema del internacionalismo, desde una perspectiva amplia, como un valor.

—También es cierto que Nicaragua es otra y Argentina también.

—Cuando nosotros fuimos Nicaragua estaba pacificaba, por eso hay un texto aclaratorio al final del documental. No era el país que es ahora con conflictos internos, una realidad muy compleja que hubiese complicado el relato. Es importante decir que lo que teníamos en claro es que no íbamos a hacer un trabajo mostrando a cuatro de "Los 120 " viajando para evaluar qué había pasado con la Revolución. Hacer eso nos parecía una absoluta falta de respeto al pueblo de Nicaragua y un acto de soberbia. Creo que la película no se hubiese podido hacer en este marco actual.

—¿En lo personal que significan estas brigadas?

—Creo que hacer esta película y conocer a algunos de "Los 120" es una de las cosas más hermosas que me han pasado en la vida. Porque me permitió contarme a mí misma. Viví en Venezuela durante 12 años y reviví la emoción que se siente cuando una está participando de un proyecto colectivo de transformación, cuando una siente que eso te interpela e interpela al mundo, intentando ser mejor persona, intentando aportar a esa construcción. Y por otro lado, la película está teniendo una aceptación por parte del público que no me esperaba, algo que creo que tiene que ver con los valores de este documental pero también porque llega en un momento donde la gente tiene necesidad de conectarse con otro tipo de relato, de sensaciones.

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