Como contó La Capital, las intervenciones por niñez en Rosario crecieron 21% en el último trimestre y el factor económico aparece como una variable clave para entender muchas de las situaciones. La crisis, el desempleo y la caída del poder adquisitivo impactan directamente en la ciudad y se ven alteradas las dinámicas familiares. Andrea Fortunio, directora general de la Dirección de Infancias y Familias del municipio, explicó que “una familia que le cuesta llegar a fin de mes, que no tiene un trabajo estable y que se mueve en la informalidad, claramente pone su preocupación en lo alimentario y en la supervivencia”.
En ese escenario, advirtió, “cuando la preocupación está puesta en sobrevivir, muchas veces se debilita lo que tiene que ver con el cuidado respetuoso”, lo que impacta directamente en las familias. “Ahí emergen vínculos que se complican en lo que tiene que ver con el cuidado, y aparecen situaciones de malos tratos o de fragilidad en el ejercicio del rol del adulto que cuida”, describió.
Lejos de los casos extremos, desde la gestión actual aclaran que la mayoría de las intervenciones que realiza el sistema local no están vinculadas a delitos ni a hechos de alta violencia, sino a situaciones menos visibles pero persistentes: malos tratos, descuidos, desorganización familiar, fragilidad en el ejercicio del rol adulto.
“No toda situación es una vulneración de derechos”, explicó Fortunio en diálogo con este diario. Aunque aclaró que “muchas son alertas tempranas que, si no se abordan a tiempo, pueden escalar”.
El peso del contexto económico
La precarización laboral, la inestabilidad de ingresos y la falta de redes de apoyo afectan a los cuidadores. “No es solo económico. También es social y cultural. Hay una redefinición de roles y de vínculos que tensiona los cuidados”, explicó.
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Ese diagnóstico es compartido por el secretario de Desarrollo Humano y Hábitat, Nicolás Gianelloni, quien advirtió sobre una profundización de la fragilidad del tejido social. Según señaló en diálogo con este diario, en el último año la demanda de ayuda social directa al municipio creció alrededor de un 30%, en áreas que van desde niñez y alimentación hasta vivienda y situación de calle.
A la crisis económica se suma, según ambos funcionarios, el retiro del Estado nacional de políticas sociales, que dejó a muchas organizaciones barriales sin financiamiento. “Esas organizaciones cumplían un rol de contención muy fuerte. Hoy muchas de esas demandas llegan directamente al municipio”, explicó Gianelloni. “Hay una aceleración de la desigualdad que impacta de lleno en lo social", sentenció.
A la hora de hablar de números, lo cierto es que la tasa de desocupación del Gran Rosario subió más de tres puntos en un año y llegó al 8,9% en el tercer trimestre de 2025. Es la tercera más alta del país, después de Río Gallegos y Resistencia.
En doce meses se sumaron 25 mil desocupados en la región. Si bien se crearon 16 mil empleos, ese crecimiento no fue suficiente para absorber a las 41 mil personas que se sumaron a la fuerza laboral.
Las primeras señales
Las alertas tempranas para proteger a las infancias suelen aparecer en los espacios más cotidianos. Por ejemplo, una sala de tres años donde un niño empieza a faltar con frecuencia. Llegadas tarde reiteradas. Falta de aseo. Vacunas incompletas. Hermanos que dejan de asistir a propuestas socioeducativas. Cambios de conducta que llaman la atención de una docente o de un profesional de la salud. “No es una vulneración en sí misma, pero sí una señal de que algo está pasando en ese hogar y hay que mirar”, señaló la funcionaria.
La detección no se da en un solo lugar. Escuelas, centros de salud, Centros Cuidar, clubes, polideportivos, espacios culturales y organizaciones sociales forman parte de una red territorial que permite identificar esas situaciones antes de que se conviertan en hechos graves. Para que esa detección tenga impacto, aclaró Fortunio, el trabajo tiene que ser articulado: “Si cada institución actúa sola, la mirada es fragmentada y pierde potencia”.
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Acompañar al adulto, no separar al niño
Cuando se detecta una situación de fragilidad en el cuidado, la intervención no apunta a separar automáticamente al niño de su entorno. Todo lo contrario. El eje está puesto en acompañar al adulto, fortalecer su rol y sostener a la familia.
“El niño es un sujeto de derecho doblemente protegido: como ciudadano y como niño. Pero para que ese derecho se ejerza, alguien tiene que cuidar”, explicó Fortunio. “Y muchas veces ese adulto está desbordado”.
Las intervenciones pueden incluir entrevistas con el adulto responsable, espacios de consejería, articulación con centros de salud y escuelas, incorporación a propuestas socioeducativas, recreativas o culturales, y, cuando es necesario, la vinculación con programas de inclusión sociolaboral o de acompañamiento en consumos problemáticos.
“No hay recetas ni soluciones rápidas. Son procesos que se sostienen en el tiempo y que pueden funcionar o no”, admitió la funcionaria. Por eso, insistió, el sistema no habla en términos de éxito o fracaso, sino de trayectorias.
Cuando la prevención no alcanza
No siempre la intervención temprana logra revertir una situación. Hay casos en los que la fragilidad se profundiza y aparecen vulneraciones de derechos más graves. “Ahí se activa otro nivel de intervención, y si hay presunción de delito, interviene la Justicia”, profundizó Fortunio.
Aun en esos escenarios, resaltó, la separación del niño de su familia es una herramienta de última instancia. “Siempre vamos a trabajar para sostener al niño en el núcleo familiar primario, ampliado o con adultos referentes. Sacarlo de ese entorno es lo último”, aclaró.
Para la Dirección de Infancias y Familias, la clave está en llegar antes. Antes del delito. Antes de que una situación cotidiana se transforme en un hecho irreversible. “La mayoría de las políticas de niñez no se juegan en los casos que llegan a los medios, sino en ese trabajo silencioso y cotidiano de sostener los cuidados”, resumió Fortunio.