En la década del 60, en las barrancas de Alberdi y La Florida había cañaverales y ranchos de pescadores; abajo areneras, pastos, tierra arenosa típica del litoral. La inauguración del Paseo Ribereño con motivo del Mundial 78 y otras remodelaciones desde el advenimiento de la democracia reconfiguraron una zona que, más integrada a la urbe, adquirió valor; hoy la transformación pasa por el desarrollo de imponentes condominios sobre las pendientes de la costanera norte. Asociada al aprovechamiento del suelo, la tendencia se repite en otro barrio de casonas antiguas dentro de enormes predios, como Fisherton, y está cambiando el paisaje entre Gurruchaga y la avenida Colombres (frente al club náutico Cirse) y la bajada Escauriza.
Esa línea comprende casi tres kilómetros de costa, desde Colombres al 1000 a Carrasco al 3100. Junto a mansiones y chalets señoriales con amplios jardines, pérgolas y piscinas, en la margen oeste proliferaron en los últimos años complejos premium de viviendas compartidas. Algunos habitados parcialmente y otros en construcción, se destacan por su magnitud Oasis del Yacht (frente al Yacht Club, del que toma el nombre) y Barranca del Buen Aire, frente a la rambla Catalunya. Allí las unidades disponibles más pequeñas se comercializan a partir de 240 mil (loft de un dormitorio) y 311 mil dólares (dos dormitorios) respectivamente.
Los terrenos vacantes en esa franja de la ribera son pocos, mientras se promocionan para la venta siete lotes de importantes dimensiones. Algunos muy arbolados y otros con edificaciones, la mayoría tienen entrada por la primera arteria “de arriba” (José Hernández o Álvarez Thomas según el tramo). Siempre sobre la barranca, en el punto medio entre las calles Vieytes y Punta Lara al sur y Ricardo Núñez al norte, se asientan casi 400 familias de pescadores que se reivindican colonizadores del territorio y pugnan para que el barrio sea reconocido como tal.
La Municipalidad confirmó que desde la rotonda de la Usina Sorrento hasta el extremo norte de la costanera concedió en los últimos años nueve permisos de edificación, algunos aprobados antes de marzo 2020 y cuyo inicio se demoró por la pandemia. “En su mayoría son obras que buscan reconvertir casas particulares de gran escala en viviendas múltiples con usos compartidos”, apuntaron desde la Secretaría de Planeamiento y describieron el fenómeno: “Este sector de la ciudad cuenta mayormente con lotes de viviendas unifamiliares de gran tamaño, los cuales procuran adaptarse a modos de vida y realidades socioculturales más contemporáneas. Son, por lo general, casas muy difíciles de alquilar o vender para una sola familia como fueron pensadas en su inicio, por eso hoy los propietarios intentan darles una nueva finalidad”.
Desde Planeamiento aseguraron que “la normativa actual busca proteger la barranca, permitiendo edificaciones que se acomoden a los desniveles existentes. Así, además de proteger la topografía, se preserva el suelo absorbente y la vegetación”.
Nueva fisonomía para las barrancas del norte
Muchos carteles de venta de residencias y lotes en la costanera norte llevan la firma de la inmobiliaria Guillermo Rodríguez, que a su vez ofrece unidades de los condominios más imponentes. Consultado por La Capital, su titular reveló que años atrás intervino en la venta de los predios a los desarrolladores de Oasis del Yacht y Barranca del Buen Aire y confirma la tendencia a la construcción de estas edificaciones de alto nivel. “ Hay varias obras de condominios sobre barrancas: algunas terminadas o bastante adelantadas y otras en proyecto”, dice Guillermo Rodríguez. También están en auge en Alberdi y La Florida los edificios de departamentos de planta baja y tres pisos, señala como novedad.
En cuanto a la venta de casas particulares, se registra una sobreoferta como en toda la ciudad. Los inversores guardan sus dólares a la espera de que se deprima aún más el precio de las propiedades y haya certidumbre en el plano económico nacional mientras los dueños, sin créditos hipotecarios ni capacidad de ahorro, planean mudarse a viviendas más pequeñas y guardarse la diferencia, analiza Rodríguez. En otras palabras, “la mayoría de la gente quiere achicarse”.
Como contrapartida, hay demanda para habitar condominios que salen al mercado con un elevado costo y se caracterizan por cambiar la fisonomía que las barrancas tuvieron en las últimas décadas. “En Rosario nunca se construyó algo similar a Oasis del Yacht, por el tipo de construcción y los detalles de terminación. Son 60 unidades todas distintas una de otra, por lo que tienen distintos valores. Es algo digno de Miami, que también se ve en Brasil por ejemplo”, describe el dueño de la inmobiliaria y junto a su hijo Martín Rodríguez caracteriza el emprendimiento. Son dos torres erigidas en una superficie de cinco mil metros, con un sector parquizado, salón de usos múltiples, piletas de natación, cocheras, parrilleros, calefacción central, doble ingreso vehicular por Álvarez Thomas y avenida Carrasco, además de una vista espectacular del río Paraná y una ubicación estratégica. Comenzaron a construirse hace dos años y se van a entregar en cuatro o cinco meses. La unidad más pequeña sale a la venta a 240 mil dólares.
En tanto el condominio Barranca del Buen Aire, escalonado en varios niveles sobre una superficie total de 20 mil metros, está habitado parcialmente, cuentan desde la inmobiliaria Rodríguez. Ya fueron ocupados los departamentos con ingreso por Álvarez Thomas al 2800, cuyos residentes tienen acceso al Club House (una casa colonial de los años 30, típica del barrio, sometida a reformas). En cambio las unidades más chicas, que dan a la rambla, no están terminadas, agregan. En sitios webs del rubro los departamentos se ofrecen a partir de 311 mil dólares.
De confín agreste a destino cotizado
Las hermanas Mercedes y María del Carmen (Cari) Méndez nacieron hace 70 años en Alberdi, donde vivieron hasta su juventud. Son hijas del constructor gallego José María Méndez, que erigió decenas de casas en el barrio desde los años 20 del siglo pasado, en principio para personal del ferrocarril y de la empresa de aguas. Hizo también chalets californianos, la residencia en la que el exgobernador Antonio Bonfatti fue baleado, la primera sede social del club Remeros, la ochava de la bajada Puccio y costanera que durante años funcionó como boliche, la llamada “casa barco” sobre Puccio. El relato de la infancia y la adolescencia que comparten las hermanas Méndez es también un registro de las transformaciones del barrio.
Con domicilio en bulevar Rondeau al 2300, hacían su vida “arriba”, alrededor de la plaza Alberdi, las escuelas, la iglesia, el cine, como casi todos los vecinos. Es que en los 60 las barrancas eran un confín rústico y agreste donde los chicos iban a jugar, hacían “expediciones” entre las cañas, rodaban por la pendiente hasta el río que desde otros puntos de la ciudad nadie visitaba. Lo llamaban “la selva”, no estaba habitado más que por algunas casas sobre José Hernández, y por las noches se volvía un territorio oscuro. En los sauces de La Florida se guarecían del calor intenso, pescaban, remaban y nadaban sin guardavidas a la vista, a veces entre camalotes, hasta la arenera de la Cruz y Rozas (luego trasladada). No estaba vedado el paso de los bañistas a la costa.
Ya en la adolescencia bajaban con amigos a guitarrear junto al Paraná, cantar zambas, tomar sangría y comer sándwiches o pescado frito que tenían la suerte les prepararan en algún rancho: ese sector hoy tan cotizado no tenía ninguna infraestructura, ni siquiera calle. Los pescadores se veían entre Gallo y Ricardo Nuñez, y más allá en el Remanso Valerio. “Había muchos árboles y menos gente”, recuerda Cari Méndez y subraya que los caserones de Puccio al sur datan de los 70 y 80.
“Los nuevos edificios hacen que se vaya perdiendo el estilo de Alberdi, de casas grandes con jardines, aunque no sean señoriales. Ojalá haya sensibilidad con el río, con el verde, con el paisaje”, repite la mujer, casi como un mantra.
Los pescadores, un actor en tensión en un punto estratégico
“Nosotros mismos hicimos el desbarranco para poder levantar las viviendas, por eso algunas están en altura. No las ves porque los árboles las esconden pero en total somos 380 familias hasta Ricardo Núñez”, dice Stella Maris Ledesma en la rambla Catalunya, donde comienza el barrio que cobija a los pescadores hoy, en el límite con el condominio Barranca del Buen Aire. De sus 64 años, pasó 42 pescando. Antes lo hicieron sus padres y ahora lo hacen sus hijos. “Somos los creadores de los condominios en esta zona. En definitiva el barrio tiene la misma estructura, en escalones, y se ingresa por pasillos”, ironiza Stella mientras avanza hacia la sucesión de 14 puestos de venta de pescado, que terminan frente al portal del balneario La Florida.
Conocida como La Gringa, cuenta que el área fue colonizada por trabajadores del río hace 128 años, que forma parte de la cultura rosarina aunque el asentamiento no sea reconocido formalmente, por lo que carecen de servicios básicos y mensuras de los terrenos que habitan. Históricamente en ranchos, reemplazados en su mayoría durante las dos últimas décadas por construcciones de material. “Vivimos de la caza y de la pesca, de nuestra propia miseria. Desde 1950 nos quieren sacar y nos han ido corriendo pero el sector de la pesquería resiste. Esta es nuestra tierra, acá murieron nuestros familiares, somos gente humilde y trabajadora”, insiste La Gringa y advierte: “Esto no es un parador, es el barrio Colonia de Pescadores Florida”.
Desde la costanera se adivinan las casas precarias entre algunos comercios pintados con colores fuertes ya que de la mano de los jóvenes cultores de la pintura callejera se están decorando muchos frentes. Suena una cumbia pegadiza y el sol pega en el río, más bajo que nunca. “El problema que tenemos ahora es la falta de trabajo, porque podemos pescar solo 12 días por mes. Necesitamos modernizar los puestos de venta y generar una gran feria con otros microemprendimientos de la familia pesquera”, propone Stella.