"A la escuela no la balearon, la acribillaron y lo hicieron con armas automáticas". Ana Ugarte, directora de la escuela Nº 84 José Mármol, una de las dos atacadas durante el fin de semana, lo dijo parada sobre una tarima en la plaza San Martín y lo hizo de cara a quienes ella llamó "mi gente": alumnos, padres, auxiliares docentes y maestros que son parte de la institución de Empalme Graneros. Ellos, parados alrededor del mástil central, con carteles hechos en las últimas horas, se sumaron al acto contra la violencia convocado por los gremios docentes Amsafé Rosario y Sadop, y la Asociación Trabajadores del Estado (ATE) que nuclea a los no docentes. Lo dicho por Ana marca lo que la escuela, ella y los demás adultos que la conforman, saben que tienen por delante: "El trabajo hormiga de lograr que todos vuelvan a la escuela, que todos vuelvan a sentirla un lugar seguro, aunque yo, después de ésto, no les pueda prometer nada", dijo a La Capital.
El miedo no es cosa nueva en los barrios. Ya estaba instalado en Empalme Graneros mucho antes de que el sábado la José Mármol fuera blanco de una lluvia de balas. Y lo mismo en Ludueña, donde ese mismo día fue atacado el Complejo Rosa Ziperovich. Y no solo las escuelas de estos sectores de la ciudad, los más "calientes" como suelen decir, conviven desde hace rato con la sensación de que hay límites que se desdibujaron.
Así se vio y se escuchó este martes a media mañana, en la plaza San Martín, frente a sede de Gobernación donde maestros, auxiliares docentes y delegados gremiales llegaron de escuelas de Las Flores, Tablada y también de barrios del oeste rosarino para exigir respuestas al Estado contra la violencia y para dejar claras las responsabilidades.
El lugar de los ataques parece casi una ironía y así se viene recalcando en las últimas horas, y lo repitió durante el acto el secretario general de Amsafé Rosario, Juan Pablo Casiello. "Justo en Empalme Graneros y Ludueña, dos de los barrios más custodiados de la ciudad", señaló el dirigente en relación al desembarco en las últimas semanas de las fuerzas federales en la ciudad en los sectores de mayor conflictividad.
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"Este es un salto en la impunidad de las bandas narcopoliciales que muestran el completo control del territorio", afirmó el dirigente, que criticó las "respuestas represivas" como las únicas en los barrios. "Vayan hoy a Los Pumitas (donde semanas atrás mataron a Maxi Jerez) y van a encontrar un gendarme cada 50 metros, pero el resto es inacción del Estado: basura, mugre, falta de iluminación y de políticas públicas".
En el mismo tono, el titular de Sadop, Martín Lucero, remarcó las responsabilidades. "Que las escuelas estén abiertas y seguras es responsabilidad del Estado provincial y nacional, de la Justicia provincial y Federal, y de los legisladores, pero nunca de los chicos y de las chicas, de los maestros y las maestras", afirmó antes de reclamar "educar en paz, aprender en paz y vivir en paz".
Cómo volver
Con los carteles que habían hecho ellos mismos, un grupo de alumnos y padres de la escuela Nº 84 se movilizaron con los docentes y no docentes a la plaza. "Vinieron en los colectivos con nosotros", empezó diciendo Ana, la directora y no escondió el miedo.
"Los chicos tienen miedo. Y eso no se soluciona con un móvil en la puerta de la escuela. Yo lo agradezco, pero el miedo que yo tuve el sábado a la noche cuando vi la escuela acribillada a balazos con armas automáticas no se lo deseo a nadie y me pregunto qué están esperando cuando se meten todos los días con los niños y con las infancias", agregó la directora.
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Celina Mutti Lovera/La Capital
Con más preguntas que respuestas ("¿Hasta cuándo?", "¿Depende de nosotros?"), para Ana y las docentes de la José Mármol la violencia y el miedo no eran una novedad: dos de sus alumnas habían sido baleadas en el barrio y las situaciones de violencia son parte del contexto con el conviven y sobre que el dialogan para no naturalizarlas.
"Mientras estábamos acá en el acto, mataron una chica en el barrio, nos acabamos de enterar -continuó-. Hablamos de todas estas cosas en la escuela, aunque es muy difícil, tenemos una escuela de puertas abiertas donde todos pueden venir con sus problemas, los chicos, sus familias y plantearlos, pero sabemos que en estos días algunos van a venir y otros no, por miedo; nuestro trabajo será escuchar y hacer todos vuelvan a la escuela y a sentirse seguros, aunque después de esto no les pueda prometer nada".
Que no se naturalice
Si bien en las últimas 72 horas la atención fue casi exclusiva sobre estos dos establecimientos, en Las Flores, cuentan los maestros de la escuela Itatí, "si bien el barrio está más pacificado en relación a los últimos dos años, los conflictos se siguen resolviendo a los tiros y si suenan cerca de la escuela nos damos cuenta de que estamos desprotegidos". Y en ese contexto la pelea es por no naturalizar esos escenarios.
"Se habla como todos los conflictos y las violencias que llegan a la escuela porque es la única forma de evitgar que eso se naturalice", señaló uno de los docentes. En la Nº 1.238 de barrio Tablada la convivencia con las balaceras fuera de la escuela "es cosa de todos los días", dice una de las maestras de grado, además crecida y vecina del barrio.
"Los chicos vienen con miedo, lo cuentan con miedo y también las familias", agrega la docente, que además recalca cómo los cambios de hábitos en el barrio producto de la violencia, la imposibilidad de jugar en la vereda, de hacer un mandado o andar en bicicleta, también son cosas que los chicos y los adultos llevan con preocupación a las aulas.
El tiempo y el espacio para eso, es clave, dice la maestra y afirma que aún en estas condiciones "la escuela sigue siendo el lugar seguro donde todos quieren estar" y acota: "En las escuelas trabajamos mucho sobre la violencias urbanas, pero también situaciones donde los papás y las mamás están ausentes, o casos de abuso que se dan dentro de los ámbitos familiares y a los que estamos muy atentos. Todo eso hace que el escenario sea muy complejo".
Para abrir discusiones y debates sobre lo que les sucede, la tienen algo más difícil los profesores del nivel secundario, como es el caso del docente de la escuela Ceferino Namuncurá, de Felipe Moré y Godoy. "Cuando uno logra hablar con ellos, te das cuenta que de uno u otro modo, directa o indirectamente, fueron violentados", dice el profesor de Lengua y Literatura.
"Que no tengan miedo o vergüenza a expresarse es fundamental, darles lugar a que digan ante una realidad que los invade es fundamental", considera el docente, y agrega: "Hay que seguir trabajando en que no tengan miedo a contar, porque ese espacio de discusión es el que nos permite actuar en el marco de los protocolos escolares y de las herramientas que tenemos a la mano".