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"Frente a los narcos hacen falta garrote y zanahorias", apunta un cura colombiano

Juan Carlos Velásquez Rúa es sacerdote y se encarga de procesos de mediación entre el gobierno y bandas del crimen organizado de Medellín. Apuesta a una sociedad más humana.

Domingo 28 de Septiembre de 2014

En el mismo momento en el que se ordenó sacerdote, hace 14 años, fue designado por el arzobispo de Medellín para encargarse de los procesos de paz y mediación con las bandas del crimen organizado de esa ciudad. El cura Juan Carlos Velásquez Rúa tiene 40 años, pelo oscuro que le llega por debajo de los hombros, barba prolija de varios días y pinta de bohemio. Habla bajo y pausado, como buen colombiano. Muy pocos podrían imaginar al verlo que es un hombre que está acostumbrado a sentarse a dialogar mano a mano con jefes narcos y sicarios. Aunque es artista plástico y terminó una maestría en Ciencias Políticas, está más acostumbrado a convivir con la muerte y el dolor que a visitar salones de arte. Cree que el Estado por sí solo no está en condiciones de enfrentar a los narcotraficantes y que, en esa lucha que se libra cotidianamente para rescatar a los jóvenes, hacen falta "garrote y zanahorias". Tampoco sirven de mucho los esfuerzos individuales. "Hay que sumar, nunca restar", dice en base a su experiencia, y apuesta a una sociedad más humana para cambiar una realidad brutal. Pero no se engaña. Sabe que hoy el consumismo es para buena parte de la sociedad un valor más apreciado que la espiritualidad y la fe.

—¿La presencia de la Iglesia en los barrios más pobres de Medellín contribuyó a disminuir la violencia?

—Uno de los grandes defectos que hemos tenido como sociedad es arrogarnos los éxitos y señalar a los demás como parte del fracaso. Pienso que ha sido una suma de esfuerzos. A fuerza de golpes hemos aprendido a trabajar en conjunto, a mirar y a reconocer el trabajo de los demás. Por ejemplo, es imposible no reconocer que la policía y la fuerza pública han hecho una excelente labor. Hubo garrote y zanahorias, y las zanahorias las pusimos nosotros.

—¿Cuáles fueron esas zanahorias?

—El afecto, la cercanía, abrir programas de integración, creer que el otro puede cambiar. A la vez la policía y el gobierno deben judicializar, perseguir, capturar. Ellos hacen una parte que no es antagónica de la nuestra, sino que es un complemento. Es necesario para crecer juntos.

—La Iglesia acerca la espiritualidad a los jóvenes de esos barrios. ¿Les ofrecen además otras opciones?

—Sí, opciones de vida para formar un ser humano integral. Fue un proceso muy largo, de años, porque casi siempre cada sector veía solamente su lado del problema. Nosotros los curas creíamos que el problema del sicariato, las drogas y los bandidos era sólo una cuestión espiritual; para los pedagogos era falta de educación. Cada uno de nosotros tenía una mirada muy corta. Después de un largo tiempo, que nos costó muchos muertos, hemos aprendido a tener un trabajo conjunto. Por eso cuando me preguntan si la reducción de la violencia fue gracias a la Iglesia, digo: sí, gracias a la Iglesia, También gracias a los educadores, al gobierno, a las organizaciones no gubernamentales internacionales, como la OEA y la Cruz Roja, y a muchas otras instituciones.

—Usted se sentó cara a cara con jefes narcos, con sicarios. ¿De qué les habló? ¿De Dios, de espiritualidad?

—Más que eso. Fue para hacerles sentir que sus vidas tienen sentido. Muchas veces al narco sólo se lo ve como narco, ¿y su parte humana qué, o acaso pensamos que el joven de la pandilla sólo consume drogas y aprieta un gatillo? Nadie les pregunta por sus sueños.

— ¿Usted se los preguntó?

—Sí, eso hace que se sientan personas.

—¿Lo amenazaron o lo agredieron alguna vez?

—Nunca. Debe ser porque yo jamás ataqué ni señalé a nadie, siempre llevé una propuesta humanizante.

—¿Está conforme con los logros de estos años de trabajo?

—Hoy le puedo decir que sí, tal vez dentro de diez años tenga otra mirada.

—¿Cuáles son sus sensaciones cuando alguien mata o muere en su barrio?

—A mí me sostiene la esperanza. Y ese dolor siempre fue un incentivo para seguir. Las muertes violentas van creando situaciones negativas dentro de las mismas comunidades. Para mí la muerte y el asesinato nunca han sido normales. Uno de los grandes riesgos en nuestras sociedades occidentales es que cuando un fenómeno se va generalizando terminamos diciendo que es normal. Entonces pasan a ser normales la muerte, el crimen, los robos. Y lo justificamos porque en otras ciudades pasa lo mismo y creemos que no estamos tan mal porque bajamos 5 por ciento, 10 por ciento los índices de asesinatos.

—Su prédica de la solidaridad y la cercanía parece estar en desventaja frente a los millones de dólares que mueve el negocio del narcotráfico...

—Hay que comenzar por la base, y la base es humanizar. También es necesario reconocer que hacen falta mecanismos de control, de regulación y de acompañamiento.

—Es usual que frente al recrudecimiento de la violencia una parte de la sociedad reclame la aplicación de mano dura. ¿Usted qué piensa?

—Voy a traspolar una frase de la guerrilla colombiana de los años 60: la solución es la lucha por todos los medios. Son necesarios mecanismos de control dentro de los parámetros de la Justicia porque el día que respondamos a las balas con balas nos estaremos transformando en aquello que rechazamos. Tampoco podemos ser una sociedad condescendiente, donde todo resulte igual. La ley y la normatividad son tan necesarias como el afecto, la cercanía y la humanización.

—El Estado llega muchas veces con programas de ayuda y estímulo, pero los jóvenes pueden ganar mucho dinero como soldaditos narcos. ¿Cómo se gana esa batalla?

   —El Estado solo no puede hacer frente a los narcos. Eso ya se comprobó en Colombia, México y El salvador. El Estado debe ser humilde y sumar organizaciones, a las Iglesias, a los empresarios, al ciudadano común. Hay que terminar con el empresario que piensa únicamente en ganar dinero o el político que sólo actúa en función de su imagen electoral.

   —Usted está hablando de una sociedad comprometida y solidaria, pero no siempre es así...

   —Somos seres muy egoístas. Vale la pena preguntarse, por ejemplo, si la gente que vive en departamentos millonarios de Rosario alguna vez se ha puesto a pensar en los que viven en las villas. Los empresarios de Medellín recién prestaron atención al problema social cuando los productos que ellos vendían no podían llegar a los barrios. Cuando les tocaron el bolsillo comenzaron a pensar en el otro; muchas veces fue demasiado tarde.

   —Desde su experiencia, ¿cómo ve la situación de Rosario?

   —Es muy difícil para mí opinar sobre Rosario. Para poder hacerlo con fundamento hay que vivir en el territorio. Una cosa son las cifras de los muertos y otra la percepción y el sentir. No es lo mismo hablar de 200 muertos que hablar del muerto, de lo que significa para su familia, el rencor, el dolor. Lo que puedo decir sin temor a equivocarme es que hay que sumar y nunca restar y no hay que cometer el error de señalar al otro cuando las cosas no salen bien. Que no pase como en Colombia, que en una época se hacían marchas diciendo “los buenos somos más”.

   —Las sociedades se enfrentan hoy a un dilema: un llamado solidario y espiritual por un lado, y la carrera consumista por otro. ¿Cuál tiene más fuerza?

   —Está claro que hoy se impone el consumo. En muchas ocasiones el parámetro de la felicidad es tener y consumir, cuando debería ser tener lo básico para poder vivir. Nosotros también hemos sido parte del consumo.

   —Se refiere a la Iglesia.

   —A la sociedad en general. Nos limitamos a buscar la satisfacción personal, hemos perdido la visión del otro.

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