El 27 y 28 de enero y el 1º de febrero son días fatídicos para la Nasa, la agencia aeroespacial
norteamericana: en esas cercanas fechas, aunque en distintos años, ocurrieron las tragedias del
Apollo-1, en 1967; del Challenger, en 1986, y del Columbia, en 2003, ocasionando en total la muerte
de 17 astronautas. La última nave, un transbordador espacial, se desintegró junto a sus siete
tripulantes. Curiosamente, los siete murieron tras celebrar el primer acto de homenaje en el
espacio a los siete colegas del Challenger, muertos 17 años antes, el 28 de enero de 1986, cuando
la nave explotó en el aire 64 segundos después de despegar.
“Hicieron el máximo sacrificio al dar sus vidas por su país y toda
la humanidad”, recordó emocionado a bordo del Columbia su comandante, Rick Husband, el 28 de
enero de 2003, sin saber que cuatro días más tarde, por una extraña ironía del destino, correría la
misma suerte de los homenajeados, elevando a 17 el total de muertos.
Un tercer dato cierra el círculo fatídico: el día anterior, 27 de enero,
se había cumplido otro aniversario de la muerte, en 1967, de los astronautas Virgil Grissom, Edward
White y Roger Chaffee, en la Apollo-1, como consecuencia de un súbito incendio antes del
lanzamiento.
En total son 21 los astronautas fallecidos en misión, en más de 40 años
de conquista espacial, ya que a los 17 de la Nasa se le agregan cuatro soviéticos. Ellos son
Vladimir Komarov, cuya nave, la Soyuz-1, se estrelló en tierra el 23 de abril de 1967; y Viktor
Patsayev, Georgi Dobsovolsky y Vladislav Volkov, muertos el 29 de junio de 1971 por un fallo en el
estabilizador de presión de la Soyuz-11.
Extrañas similitudes. Las tragedias del Columbia y el Challenger, separadas por 17
años y cuatro días, compartieron similitudes: en ambas naves había mujeres y civiles. Además, las
vieron en directo millones de personas; en un caso, porque los restos cayeron sobre tres Estados;
en el otro, porque se la transmitió en vivo por TV.
La desintegración del Columbia tuvo lugar al reingresar a la atmósfera,
cuando faltaban 16 minutos para el aterrizaje, a consecuencia de un desperfecto ocurrido 15 días
antes, durante el lanzamiento, y que fue minimizado por la Nasa.
La nave había recibido el 16 de enero el impacto de un trozo de
poliuretano que se desprendió del fuselaje y que (aunque no medía más de dos baldosas ni pesaba más
de un kilo) al golpear a unos 800 kilómetros por hora, ejerció la fuerza de una tonelada.
El problema recién se materializó el 1º de febrero de 2003, a las 9 de
la mañana: el impacto había dañado unas losetas de protección térmica y por ahí se coló el calor
abrasivo del plasma que se forma al reentrar a la atmósfera para el aterrizaje.
El fuego desprendió el ala izquierda de la nave, la que se
desestabilizó, se desintegró y cayó como lluvia de restos metálicos y humanos, sobre Texas,
Louisiana y Nuevo México.
En ese vuelo, además del comandante Husband, viajaban los pilotos
William McCool y Kalpana Chawla, una mujer astronauta nacida en la India; los científicos Dave
Brown, Michael Anderson y Laurel Clark, también mujer; y el especialista en carga útil Ilan Ramon,
primer astronauta israelí.
El último viaje del Columbia estaba dedicado a la ciencia y su objetivo
era realizar investigaciones diseñadas por 70 científicos de Estados Unidos, Australia, China,
Alemania, Israel, Japón y Canadá, además de la propia Nasa.
La misión del Challenger, en cambio, era la de poner en órbita un
satélite de comunicaciones e imponer la idea de que viajar al espacio era seguro para cualquiera.
Su comandante fue Francis Scobee; lo acompañaban Michael Smith como
piloto; los especialistas Ronald McNair, Ellison Onizuka y Judith Resnik; el ingeniero Gregory
Jarvis, y la maestra Sharon Christa McAuliffe, elegida entre otras 11.000 para dar la primera clase
magistral desde el espacio.
No pudo ser: una acumulación de nieve produjo el fallo de los aros de
goma de las juntas del cohete impulsor y el 28 de enero de 1986, a 64 segundos del lanzamiento y a
14.000 metros de altitud, el Challenger estalló ante los ojos horrorizados de millones de
espectadores que veían en vivo el lanzamiento por TV, entre ellos, los padres, el marido y los dos
pequeños hijos de la maestra. l (Télam)































