En los últimos años, el campo argentino comenzó a tomar conciencia de una silenciosa pero preocupante realidad: nuestros suelos se están deteriorando. Altos niveles de compactación, aparición de costras superficiales, contenidos cada vez más bajos de materia orgánica y caídas abruptas de la actividad biológica hacen que los rindes se encuentren estancados. Si consideramos además que este fenómeno se combina con costos cada vez más elevados y un clima cada vez más volátil e impredecible, es evidente que la situación amerita cierta preocupación. Este combo queda de manifiesto cuando llega el momento de cerrar la campaña: los márgenes se estrechan cada vez más.
¿Y cómo estamos respondiendo como sector frente a esta situación? Insistiendo. Nos aferramos a seguir por el mismo camino. Incrementamos las dosis de fertilizantes, aumentamos el número de aplicaciones y utilizamos genotipos mejorados genéticamente para exigirle cada vez más a nuestros cultivos, sobre suelos que ya no dan abasto. Este modelo de agricultura lineal, simplificada, en donde se piensa al campo como una fábrica, comienza a poner de manifiesto sus debilidades y fracturas. No basta con aumentar los inputs de materia y energía al sistema. En un agroecosistema hay otro factor que debemos considerar, probablemente aún más importante que los propios insumos externos: los procesos biológicos.
En este contexto, surge un nuevo paradigma de producción que permite hacer frente a las necesidades de este complejo escenario: la producción regenerativa. Según Schreefel et al. (2020), puede definirse como un enfoque que utiliza la conservación del suelo como punto de partida para regenerar y contribuir a la provisión de múltiples servicios ecosistémicos con el objetivo de que esto mejore no solo las dimensiones ambientales, sino también las sociales y económicas de la producción sostenible de alimentos. Lejos de ser una tendencia pasajera, hoy gana fuerza a nivel global por su capacidad para restaurar la salud de los suelos, mejorar la biodiversidad y aumentar la resiliencia de los sistemas productivos.
Esta nueva forma de producir plantea analizar al agroecosistema bajo un enfoque sistémico, haciendo hincapié en la gestión holística del mismo y poniendo en el centro de atención a los procesos biológicos que en el mismo ocurren. Entiende que promover estos procesos y respetar los ciclos biogeoquímicos constituyen la llave para restituir la fertilidad de nuestros suelos.
Bajando estos principios a la realidad de un agroecosistema, una de las máximas de manejo que aplica este enfoque es maximizar los aportes de carbono al suelo. El carbono es el componente esencial de todos los seres vivos y su ciclo el punto de encuentro de los diferentes procesos biológicos. Maximizar su aporte al suelo bajo la forma de materia orgánica tiene un impacto directo sobre el funcionamiento integral del suelo como sistema, dando lugar a un círculo virtuoso de beneficios que contribuye a potenciar su fertilidad física, química y biológica. La actividad biológica, en sus diversas formas, es la que en última instancia contribuye a incorporar y estabilizar el carbono en el suelo, retroalimentando así este círculo virtuoso positivo. De aquí la importancia de respetar y favorecer los procesos biológicos en todo sistema que aspire a un manejo regenerativo, entendiendo que favorecer la estabilización del carbono en el suelo constituye una de las claves para recuperar y sostener su fertilidad.
Por otro lado, otro objetivo fundamental a perseguir es maximizar la biodiversidad. Los sistemas agropecuarios han tendido durante las últimas décadas hacia la simplificación. Esto resulta evidente a simple vista. Se observan extensas áreas dominadas por uno o por unos pocos cultivos, mientras que cualquier otra especie vegetal que intenta crecer entre ellos es considerada una maleza y debe ser deliberadamente reprimida. Esta simplificación tiene también su correlato bajo tierra. Cada especie vegetal genera alrededor de sus raíces un ambiente rizosférico particular, que sirve de hábitat y fuente de recursos para diferentes comunidades microbianas. La simplificación de las especies vegetales se traduce así en una simplificación de las comunidades microbianas del suelo, reduciendo su abundancia y diversidad.
La importancia de estos “bichitos del suelo” es muchas veces subestimada. Por ejemplo, suele pensarse que la nutrición de los cultivos depende únicamente del suministro de nutrientes bajo la forma de fertilizantes. Sin embargo, muchas veces se pierde de vista que una proporción importante de los nutrientes que las plantas absorben deben atravesar algún proceso mediado por microorganismos antes de encontrarse disponibles en formas asimilables. Este es un claro ejemplo de la importancia que reviste aumentar la diversidad en los agroecosistemas para promover los procesos biológicos que contribuyen a restituir y sostener su fertilidad edáfica.
La aplicación de los principios de la producción regenerativa ya tiene lugar en diversas regiones del mundo, donde existe una creciente conciencia sobre sus beneficios. Esta tendencia es tal que incluso ha comenzado al ámbito de las políticas públicas. En la Unión Europea por ejemplo, la Política Agrícola Común (PAC) 2023–2027 incorpora los denominados eco-regímenes, que destinan incentivos económicos a productores que adopten prácticas vinculadas con la agroecología, la conservación de los recursos naturales y la captura de carbono. Australia constituye otro caso relevante: su Estrategia Nacional de Suelos y el Plan de Acción Nacional de Suelos 2023–2028 establecen la salud del suelo como una prioridad de política pública, complementada por programas que financian la adopción de prácticas agrícolas orientadas a mejorar la sostenibilidad, la resiliencia climática y el manejo de los recursos naturales.
¿Pero cómo podemos hacer para trasladar todos estos principios y beneficios a la realidad del agro argentino? Enumeremos brevemente algunas prácticas concretas de manejo que los productores pueden considerar aplicar para potenciar la salud y la productividad de sus agroecosistemas:
- Mantener raíces vivas durante todo el año: pensar en ocupar los períodos de barbecho con especies vegetales que mantengan abierta la fábrica de carbono mediante la fotosíntesis y su consecuente aporte al suelo. Este rol puede ser asumido por los cultivos de servicio.
- Mantener el suelo cubierto: conservar una cobertura vegetal, idealmente viva, que permita atemperar las fluctuaciones de temperatura, regular los intercambios de materia y energía y prevenir los procesos de degradación por erosión.
- Limitar al mínimo la remoción del suelo: reducir las perturbaciones que destruyen su estructura e interrumpen los procesos biológicos que en el mismo ocurren.
- Aumentar la diversidad de cultivos y especies: rotar entre distintas especies, idealmente pertenecientes a diferentes familias botánicas, y diseñar combinaciones polifiticas al incorporar cultivos de servicio.
- Integrar la agricultura con la ganadería: la integración entre ambos sistemas genera una serie de sinergias que redundan en beneficios concretos tanto para el agroecosistema como para la empresa agropecuaria.
En definitiva, este nuevo paradigma agronómico busca mostrar que existe una forma diferente de producir. Una forma de producción que ya da que hablar en distintas partes del mundo, donde su aplicación es creciente, y que presenta un gran potencial de articulación con los sistemas productivos de nuestra región. Hoy, la producción regenerativa constituye el más claro ejemplo de que, contrario a lo que muchas veces se cree, la sostenibilidad y la rentabilidad no necesariamente son antagónicas, sino que pueden constituir dos caras de un mismo sistema: aquel que comprende, respeta y promueve los procesos biológicos que en el mismo ocurren.
En cuanto al autor:
Ing Máximo Uranga
Director de Producción Agropecuaria Sostenible de la FNGA