Terminó la aventura extraordinaria de la selección argentina en el Mundial 2026. Y como la vida misma, el plantel generó y experimentó todos los estados anímicos, emocionales y psicológicos que se pueden transitar. Hubo euforia, alegría, felicidad, preocupación, angustia, dramatismo, coraje, miedo, desahogo, hermandad, festejo y en el final cierta cuota de decepción, porque se estuvo cerca de lograr algo inédito para el fútbol argentino, pero que no se dio. Con esta montaña rusa de emociones transitó cada día la Scaloneta su largo periplo por suelo norteamericano en la Copa del Mundo.
El saldo es de orgullo y misión cumplida, desde adentro y desde afuera del vestuario. Nada para reprochar. Nada para objetar desde el compromiso y la lealtad a la camiseta. Porque esta selección otra vez lo dio todo y con la gota de nafta que le quedó en el tanque batalló a los ponchazos ante una España que terminó ganando con justicia y recién en el alargue la finalísima de Nueva York.
Este grupo comenzó el Mundial con esa sensación de que era posiblemente el cierre de un círculo virtuoso, de un proceso fantástico que tiene en el lomo el título de Qatar 2022 y dos copas América. Y desde adentro, La Capital fue testigo, de que en cada partido y en cada práctica todos miraban atentamente a Lionel Messi, al mejor jugador de todos porque en este Mundial nadie lo destronó jugando dentro de la cancha, en lo que fue sexta Copa y, por lógica y calendario, la última del diez.
Messi y el cierre en las grandes ligas
Desde el día uno, Messi sabía que era una especie de despedida de las grandes ligas, o al menos lo tomó así porque los imponderables del fútbol y los suyos mismos no pueden asegurar lo que ocurra dentro de cuatro años, con un jugador que se animó romper todos los récords, incluso los propios.
Por eso Messi encaró cada práctica como la última. Sonriente, pleno, mirando cada detalle como si lo hiciera por primera vez. Compartió bromas con sus compañeros y a la hora entrenar lo hizo con la exigencia de que quería llegar al máximo y dar su última gran gala mundialista. Así se despachó con ocho goles y jugó casi todos los minutos de un torneo maratónico y extenuante, con el agregado de un partido más y con las distancias siderales entre las sedes.
Pero a Leo eso lo potenció, lo estimuló más. Brilló en esa fase de grupos de ensueño con las victorias ante Argelia en Kansas City y Austria y Jordania en Dallas. Allí renació el romance con la gente. “Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”, sonaba cada vez más fuerte. Cada partido fue un renovado baño de afecto entre los jugadores celebrando en la cancha y los hinchas delirando en las tribunas.
El equipo lucía distendido, feliz, tranquilo y sabiendo que había material y razones para ir por más. Los asados en la concentración unían más a la tropa y en cada contacto con la prensa los jugadores se mostraban cordiales, descontracturados y todo fluía para potenciar el objetivo.
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Toda la adrenalina de los mata-mata
Entonces llegaron los cruces mata-mata y el equipo bajó considerablemente su nivel de juego y tuvo baches pronunciados que pudieron costarle carísimo. Pero se hizo fuerte desde el coraje y mostró que el antídoto para la falta de un funcionamiento aceitado era tener el cuchillo entre los dientes. Así llegaron las victorias agónicas ante Cabo Verde en Miami, Egipto en Atlanta y Suiza otra vez en Kansas City. Y el punto más saliente del Mundial fue en la remontada heroica frente a Inglaterra, jugando por lejos el mejor partido del torneo, de nuevo en Atlanta.
Ese duelo con los ingleses marcó el punto cumbre de fútbol y emoción de la selección en esta Copa del Mundo inolvidable. El estadio fue una caldera y los golazos de Enzo Fernández y el Toro Martínez mandaron a la lona a Inglaterra. Desataron un carnaval apoteótico en las tribunas, en lo que fue el último gran festejo de la Scaloneta. Y tal vez el último gran gusto que se dio Lionel Messi en su paso por los Mundiales, ganarle al rival de toda la vida y además que otorgue el boleto a la final del certamen.
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El triunfo que valió casi una estrella
Ese día la comunión fue total. Casi se celebró como un título. Porque el adversario era el único con el que no se podía perder, porque había en juego más que tres puntos y un pase a la final. Había que bancar el honor y el recuerdo imborrable de los héroes y veteranos de Malvinas. Y renovar ese mojón histórico del Mundial de México 1986, donde Diego Armando Maradona inventó en el estadio Azteca la Mano de Dios y luego el Gol del Siglo, apilando ingleses desde la mitad de cancha hasta cerrar con el mejor gol de la historia de los mundiales.
Fue tanta la descarga de adrenalina y emoción que se vivió este último miércoles inolvidable de Atlanta que la Scaloneta quemó sus últimas energías. Quedó poco más que la reserva de combustible para el duelo con España, encima un rival que fue de menos a más y llegó en la máxima curva de rendimiento a la final de Nueva York.
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Sin energías en la final
Por esta crisis energética, potenciada por un plantel que ya llegó con varios lesionados y al límite físico a Estados Unidos, se dio una final despareja. Con una España arrolladora y dominante en el trámite y una Argentina padeciendo el partido desde el minuto uno al ciento veinte del alargue, que encima lo terminó con diez por la expulsión de Enzo Fernández.
Fue derrota entonces en la última escala y allí surgió la cara más triste de este proceso hermoso de la Scaloneta. Con Messi quebrado, como repasando en su cabeza la película de los 20 años de mundiales, mirando a los hinchas de frente y escuchando las ovaciones que le llegaban como caricias desde la tribuna; mientras que a unos metros, pero como en otro planeta, España recibía la copa del Mundo.
Fue la imagen final de un ciclo de los mejores de la historia del fútbol argentino. Porque esta selección, con aciertos y errores, con gloria y dolor, enamoró de manera unánime a todos los argentinos y estuvo a un pasito de ser bicampeona. Le falto resto físico para forzar esa oportunidad. Claro que algunos jugadores se quedaron con las ganas de jugar más.
Scaloni y lo que viene para el DT
También fue un Mundial especialísimo para Scaloni, que durante el lapso de la Copa siempre bancó a muerte a sus jugadores, hizo malabares para minimizar el daño de las lesiones, pero en la final se quedó sin plan B. Ahora deberá resolver su continuidad de cara a lo que viene y elegir si sigue al mando para el próximo proceso mundialista, el de 2030, que tendrá un partido en Argentina, y desde el calendario acaba de comenzar ahora mismo. Incluso hasta el extraordinario Dibu Martínez puso en duda su continuidad en el equipo.
La emoción de Messi, Scaloni y todos los Muchachos fue el sentimiento compartido que se vivió en el estadio MetLife de Nueva York y que se trasladó a cada rincón de la Argentina, donde el abrazo a estos jugadores fue de contención y respaldo.
“Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, es la frase de Joan Manuel Serrat, sí justo un español futbolero, pero que se ajusta a la sensación que vive puertas adentro y afuera del vestuario argentino. Por varios meses seguirá imperando esta especie de duelo por lo que pudo ser y no fue. Y porque tal vez la número diez tendrá otro dueño y el banco de suplentes otro DT. De solo pensarlo ya se pianta un lagrimón.