La idea de vacaciones alude a un período determinado dentro del año en el que las personas que trabajan o estudian toman un descanso o receso de su actividad, quedando exceptuados los feriados por fiestas nacionales o tradicionales. Su sentido es el descanso y la recreación que se genera a partir de la interrupción de la agenda diaria a la que ese sujeto está sometido habitualmente.
La palabra vacaciones se origina en el término latino “vacati”, que da significado a un tiempo de vaciamiento y suspensión de las actividades normales para vacacionar. Siguiendo este hilo de pensamiento, el retiro debería ser concebido como un sereno adentramiento en la profundidad de nuestro ser, lejos del tráfago que, como torbellino, nos rodea todo el año.
Las vacaciones de julio son instituidas por el calendario escolar, llegan promediando el ciclo lectivo para hacer un alto, un corte de 15 días a modo de impasse en la rutina estudiantil que se brinda como una interrupción al ajetreo y las tensiones diarias.
Los aprendientes, como sus docentes, necesitan tomar vacación de sus rutinas, preocupaciones y responsabilidades cotidianas, dormir hasta más tarde, desayunar en pijamas y no estar pendientes de un horario estricto, disfrutar del tiempo libre y descansar de la demanda académica estableciendo un impasse con relación al quehacer habitual.
Es real que no siempre es así y más de una vez resulta complejo darle este sentido al receso escolar, ya que por lo general no todos los adultos del grupo familiar tienen la posibilidad de interrumpir la labor cotidiana y el tener los niños en casa suele transformarse en una situación conflictiva. No por mala disposición del adulto, sino porque quienes cuidan suelen trabajar en el horario de clases.
Este paréntesis en las actividades ofrece un escenario vacío y aquello que suponemos puede ser motivo de disfrute como es el disponer de tiempo y tranquilidad, puede presentarse como un elemento de discordia, ya que los grupos familiares no suelen estar acostumbrados a una convivencia tan estricta en el día a día. La vertiginosidad de la vida ha reducido notablemente el espacio de encuentro entre los adultos y los niños que se ubica en breves momentos en los que los unos trasladan a los otros hacia sus actividades o satisfacen necesidades de la vida diaria, pero es real que por lo general no suelen compartir largos ratos de ocio. El tiempo de no escuela, de no rutina, genera encuentros en interiores, sin apuros ni apremios, lo que suele no resultar tan tranquilo como parece.
Las vacaciones invernales muchas veces se viven como un verdadero dolor de cabeza para los padres o para el resto de los habitantes de una casa, quienes no encuentran cómo canalizar las energías y “necesidades de entretención” de sus infantes y las más de las veces los atiborran de actividades lúdico recreativas, con lo que los infantes vuelven a tener una agenda tan cargada de actividades como en la época de clases.
Bien vale pensar este imperativo que recae sobre los adultos acerca del “satisfacer la necesidad de disfrute” de los menores, que no resulta ser lo más apropiado, y privilegiar cierta prudencia para conservar el espíritu con el que han sido concebidas las vacaciones para permitir que algo del orden del vacío aparezca en los infantes y en sus padres.
Aprovechar esta instancia para darse tiempo de estar con los hijos, de conversar, escucharlos, preguntarles qué desean hacer, ofertarles propuestas diferentes, innovadoras y reorganizar juntos actividades que generen nuevas búsquedas o formas de diversión no tradicionales para los tiempos que corren.
Las pantallas
Durante este período es frecuente que los niños pasen muchas más horas de las recomendables frente a las pantallas que resultan entretenimientos de fácil acceso y están al alcance de la mano. Es tarea del adulto dosificar los horarios de exposición frente a la pantalla. No se trata, entonces, de prohibir la tecnología, sino de poner reglas claras con relación al tiempo y a la calidad de los juegos o programas que se les permite ver.
Si bien hay niños y niñas que disfrutan de estar en casa sin necesidad de estar “pegados a las pantallas”, hay un gran número que no sabe qué hacer cuando está de vacaciones y reclama al adulto desde su aburrimiento, lo que de alguna manera abre todo un espacio para pensar acerca de las actividades infantiles, el lugar del juego en la infancia, el tiempo libre y la creatividad en los tiempos que corren.
El hecho de tener los hijos en casa puede ser la oportunidad de compartir aquellas actividades del hogar para las que habitualmente no se dispone de tiempo y que pueden resultar un punto de encuentro y no de confrontación entre los adultos y los niños. Se puede ordenar el cajón o el archivo de las fotos, lo que supone un encuentro con la propia historia, armar el álbum familiar y el personal. Compartir la cocina, amasar fideos, aprender a hacer el repulgue de las empanadas, cocinar postres, tortas. Hacer pororó, panqueques o buñuelos.
Leer cuentos, dibujar, modelar son actividades que pueden resultar muy atractivas y para las que generalmente no hay espacio en la rutina diaria. Juegos de mesa, dominó, cartas, juegos de tableros, pueden desplegarse en compañía de padres, abuelos, hermanos, amigos o vecinos.
Resulta interesante y respetuoso consensuar con los niños las actividades a realizar. Dado que las vacaciones de invierno se ven condicionadas por las inclemencias del tiempo, las salidas a plazas y parques, ir a pescar o de picnic ocupan espacios acotados que dejan tiempo para actividades a puertas cerradas para cuando cae el sol o llueve.
En tal caso, se puede privilegiar el cine, museos, exposiciones, teatro y demás actividades, que en exceso ofrece la cartelera, pero en forma dosificada.
La oferta es variada en cantidad y en variedad, la hay de libre acceso, gratuita y la hay onerosa, algunas proponen gritos, aturdimiento y excitación, otras entretenimiento y creatividad de calidad. Es común que en época de vacaciones los espectáculos infantiles estén sobrecargados de demanda, por lo que más de una vez se suele ver a infantes y adultos en interminables filas que agotan el buen humor y la paciencia de ambas partes mucho antes de ingresar a la sala. Es conveniente prever esta circunstancia para que la salida resulte realmente un programa y no un sufrimiento.
Otro tema que suele condicionar las actividades de este receso es el económico, enfrentar los 15 días con espíritu de descanso no depende tanto del presupuesto familiar, sino de las posibilidades de disfrutar el encuentro con el otro en un clima de distensión y armonía. Retornando al sentido que se le diera a las vacaciones como un tiempo de vaciamiento y suspensión de la rutina diaria, podemos pensar que la posibilidad de “estar de vacaciones” no pasa por disponer de grandes sumas de dinero, de agendas sobrecargadas, ni de programas excepcionales, sino de disponerse a disfrutar del ocio con los nuestros, del encuentro con el otro, sin que los negocios del entretenimiento que impone el mercado y la cultura del consumo sean la única opción posible.
Tratemos, entonces, de vacacionar en vacaciones.
(*) Especialista en educación diferencial.